Yo alcancé a conocer a los miembros de ese conjunto ya muy ancianitos, entre ellos a Don Demetrio Olais que tocaba el arpa; Don José Martínez, guitarra, y Don Jesús Reyes, violín.
Sitio para compartir reflexiones sobre: las Artes Tradicionales Performativas del Occidente de México. Arte, Tradición e Identidades Sociales.
lunes, 16 de febrero de 2026
La familia Martínez de Tecalitlán
domingo, 15 de febrero de 2026
Los Villa Pérez una familia de mariacheros del Jalmich.
A decir de la familia, todos se dedicaron a las labores del campo, ayudando a su padre; pero don Melesio tocaba un poco la guitarra séptima, y hacía 1920 decide invertir en sus hijos comprándole a Ernesto un arpa, y a José una vihuela, con lo que empiezan su aprendizaje musical....Ernesto tenía un oído espectacular no tenía ningún problema en seguir todas las notas musicales, pero pues Rubén Fuentes empezó a querer que todos se pusieran a estudiar notas musicales y aquí se armó la buena, Ernesto Villa tenía un gran sentido musical, aparte el tocaba su arpa del lado derecho, al revés de todos, sacándole al arpa un hermoso sonido y bajeo espectacular, lo que hizo ganarse un lugar en la historia de la música mexicana. Pero tenía un defecto, era muy explosivo y siempre cargaba una punta muy filosa, que aún conservo; si alguien se equivocaba de inmediato sacaba la punta y les tiraba a dar.Por su mismo carácter se ganó la salida del mariachi Vargas. Un día le dijo Rubén Fuentes: “mire don Ernesto aquí o se aplica a saber nota o se va”, en ese momento “desfundó” su pistola calibre 38 y se la puso en la cabeza a Rubén diciéndole: -A mi, ningún muchachito “caguengue” me va a enseñar música, ni cómo tocar. Con esto, Rubén le dice a Vargas: -O corres a Ernesto o me voy yo. Y así fue su salida.
A partir de entonces mi hermano y yo pasamos a formar parte del “Mariachi Pulido” que era de unos primos lejanos míos, pero primos al fin... ellos eran Pancho y David Pulido, cuando yo llegue a ese mariachi sabía que ellos nunca habían tocado en la radio.
viernes, 30 de enero de 2026
Espacio geográfico, repertorios compartidos y límites políticos
Las artes performativas no obedecen a fronteras políticas. Una región comparte formas artísticas, como comparte geografía, montañas, valles, cañadas y ríos; como entrelaza su economía familiar, con su trabajo individual y la producción regional. En esos marcos hay linajes familiares que tienen formas comunes de “buscar la vida”, ocupaciones laborales, estrategias para sortear la pobreza o dar “el salto a la barrera de color” como familia y como individuos, “mejorar la raza”. En las artes performativas, como en lo laboral o en lo social, no hay fronteras o límites; lo político, por más que se base en cierta medida en lo geográfico no corta el comercio, la llegada o salida de trabajadores, de feligreses, o de danzantes.
Las prácticas culturales y artísticas tienen su región, definida, como el espacio geográfico en el que viven las personas que las realizan y que les proveen de sustento material y social; en el que se crean, reproducen, de dónde desaparecen, o migran con sus agentes, no como entes autónomos. Estos espacios fluctuantes, con muchas condiciones entrelazadas, hacen difícil definir la región cultural o artística en tiempo y espacio, más cuando lo que tenemos son testimonios incompletos, de prácticas que han cambiado, desaparecido o migrado.
La centralidad geográfica de una práctica no obedece al tamaño de los núcleos poblacionales en donde se resguarda, incluso no comparte espacio con cabeceras políticas, religiosas o económicas. La capital del “huapango” (o del mariachi, del sarape, de la tlayuda, el mezcal, etc.) no es la capital del estado, ni la sede de la parroquia o del obispado; incluso diría, varios pueblos se disputan esa denominación, y serán los pobladores desinteresados, los artistas preservadores, y los escuchas quienes consideren tal o cual lugar el centro, a tales lugares los puntos de frontera, pero que comparten el “gusto”, las prácticas comunes; y por último, los que descartan a lugares y personas como fuera del espacio del gusto, donde ya no se realizan las prácticas, o no se hacen “correctamente”, y son “los otros”, distintos al “nosotros”. Muchas veces las personas asocian esa identidad geográfica con prácticas culturales compartidas, y esas representaciones imaginarias del espacio y la cultura son reconocibles para los observadores externos, son objetivas, u objetivables, se pueden “constatar”; pero hay que tener cuidado porque las diferencias, muchas veces sólo de carácter estilístico, son exageradas para separar por motivos ideológicos o políticos a un grupo, al que se asocia con los distinto.
Hay que separar a la tradición que está en las localidades, preservada por gente común y corriente; de la tradición escénica, que llamamos “ballet folclórico”. La mayoría de los cuadros que vemos montados por los ballets son coreografías que usan como fuente de “inspiración”, sonidos, movimientos, indumentaria que las personas emplean en sus actos festivos, rituales, cívicos, paródicos, fársicos, catárticos, cómicos y que las y los coreógrafos consideran, por alguna razón, característicos dentro del amplio repertorio de las prácticas de una población, o de un conjunto de poblaciones en una región, y que solemnizan al subir a un escenario; aunque quieran “representar la alegría”, sus gritos suenan falsos, porque se dan sin los contextos que provocan las emociones “genuinas” o “espontáneas”, cuando menos.
Aunque discursivamente se muestran como antiguos o inmemoriales, la invención de los “cuadros” de danza y baile, realizada por los ballets folclóricos en México, es de los años 50, muchos de ell@s con el apoyo estatal a ballets y coreógraf@s, como Marcelo Torreblanca, Nelly y Gloria Campobello, Amalia Hernández, Nieves Paniagua, Silvia Lozano que crearon una “escuela mexicana de ballet folclórico”, una tradición escénica, dedicada a representarse en escenarios con un frente, luces, escenografía, tarimas o tablados, con sonidos y músicas grabadas (salvo excepciones); o los que en los estados hicieron lo mismo, "crear" ballets a partir de lo que “veían” y “oían” en viajes de algunos días, donde no había etnografía, sino registros someros que llevan a interpretaciones individuales, muchas veces descontextualizadas.
En los estados se emuló lo que sucedía a nivel “nacional”, en realidad sólo en la capital de la nación. En Jalisco Francisco Sánchez Flores, “Pancho Panelas", y María del Refugio García Brambila, “miss Cuca”, son la génesis de los Ballets que se vuelven institucionales, con todos los vicios que conlleva la burocratización del arte, al vincularse a los gobiernos de los estados, las escuelas normales y a las universidades públicas. En Colima: Rafael Zamarripa Castañeda; en Nayarit: Jaime Buentello Bazán y en Michoacán Roberto García Marín; aprendieron a “bailar” de sus profesores, pues muchos de ellos primero fueron profesores normalistas; se prepararon para “imitar” el movimiento, con más o menor capacidad de “mímesis”, pero no recibieron una formación en etnografía, por lo que la mayoría no hicieron trabajo de campo, sólo tienen registros fotográficos, grabaciones electromagnéticas, algunos apuntes tomados al vuelo entre un trazo coreográfico y la copia del “vestuario” y la “indumentaria”; pero los sentidos del movimiento están ausentes. Es por ello que, sin ningún rubor, se lanzan a “crear”, “modificar”, “inventar” y transformar lo que “vieron”. No hay una reflexión sobre ¿cómo se implicaron con la comunidad, cuando menos la de los preservadores, músicos y danzantes? ¿No hay reflexión fenomenológica que use su propia experiencia para tratar de empatizar con la del otro? ¿No hay reflexión sobre el tipo de emociones que provoca el arte performativo oral y para qué lo usan las comunidades que mantienen tales prácticas? Solo gritos huecos al unísono ¡Eh!, coordinados con un fuerte remate con pie derecho mientras se levantan las manos; más parecido a las acciones de un artista circense.
Una región no obedece a fronteras políticas, aún cuando sus actores, como Silvestre Vargas, sentía con pasión su identidad y pertenencia a Tecalitlán, “mi pueblo”, como todo emigrante que evoca el recuerdo de algo que sólo existe ahí, en su mente. En entrevistas narra la emoción que experimentaba al ver su pueblo desde la lejanía y sus hijos constatan que, comenzaba a gritar al pasar de Tepalcatepec hacia Jilotlán, y al ver a su pueblo, Tecalitlán. ¡No te rajes Jalisco! Fue su grito estereotipado, pero característico. Es claro que en ciertos contextos y momentos era “auténtico”, provocado por la emoción, como los rancheros gritan y descargan sus pistolas cuando alguna canción, o una copla dentro de la misma les mueve “fibras profundas”, para recurrir al lenguaje estereotipado de las emociones. Él había nacido y crecido en los contextos del mariachi familiar, al que ahora se trata de atrapar con el epíteto tradicional, había pespunteado jarabes en el suelo, había disparado al aire, y gritado con algún son; no “entendía” el contexto, lo vivía, incluso cuando ya vuelto un artista famoso y en un escenario internacional, algo detonaba un recuerdo y esto movía un sentimiento que derivaba en una expresión corporal “auténtica”, “espontánea”, “incontrolada”, “inconsciente”, o en un “grito”, aunque fuera estereotipado.
Muchas veces, ni siquiera podemos pasar de los puntos discretos, sobre un espacio geográfico, para conformar el espacio cartográfico; las fronteras son difusas y las personas tienen prácticas culturales que se traslapan. El área de una práctica musical se traza a partir de las poblaciones que tienen músicos con prácticas compartidas (pueden ser dotación instrumental, repertorios, técnicas de ejecución, discursos musicales), de los lugares a dónde son contratados (los espacios de auralidad), podemos suponer que los espacios geográficos donde confluyen músicos y escuchas es la “región” de.... ¿qué? ¿Del género musical, del gusto, de las prácticas musicales? ¿Cómo trazamos las fronteras? No sólo entre géneros, dotaciones, repertorios, etc., en espacios regionales, sino en las propias localidades.
En el Tuxpan de 1921, cuando vivió en él Silvestre Vargas, había, tríos de música urbana “romántica”, “orquestas de cuerdas y maderas” con repertorios modernos e internacionales, “mariachis tradicionales” [porque no había de otros ni en Tuxpan ni en México], bandas de viento, duetos de “pito y tambor” para acompañar danzas, violines solistas que acompañaban otras danzas, arperos solistas que tocaban por piezas en las cantinas y en las fiestas familiares de los pobres, coros femeniles en la Iglesia que sólo servían para el culto religioso. Unos “leían música” otros eran “líricos”. Algunos, como el propio Silvestre, tocaban en varias agrupaciones, distintos géneros musicales, leían en un espacio y orejeaban en el otro, tocaban música urbana “nacional” y música rural “local”.
Me pregunto si esa complejidad podemos resumirla, sintetizando tanto como para afirmar que ¿En la región del Jal.-Mich., nombre que por cierto, no me gusta, “hay mariachis”?, o peor aún “es la cuna del mariachi”, cuando es claro que en otras regiones vecinas también hay mariachis, o a los “mariachis” no se les llama mariachis, pero comparten dotación instrumental, repertorio, técnicas de ejecución e incluso los músicos están emparentados. ¿Qué hace que un conjunto de arpa grande no sea un mariachi? ¿o quien dicta los criterios para que un mariachi no sea un conjunto de arpa grande, con trompeta?
jueves, 29 de enero de 2026
Y vuelve la puerca al maiz ... sobre el "mariachi tradicional"
Hoy... llegó el libro e inicia las desmariachización
Ismael Alcaraz Correa
En el occidente de México y en la Tierra Caliente hay pueblos y villas que fueron indígenas, o mantienen esa adscripción identitaria desde el periodo colonial, que se convirtieron en el núcleo geográfico y económico de áreas geográficas con muchas comunidades rancheras y rurales; por lo que fueron la sede de familias de criollos, mestizos y mulatos dedicados al comercio pequeño y grande, a la arriería que une transporte y comercio local, regional y nacional, las actividades artesanales de cierto prestigio y necesidad local, las artes y la manufactura artística de orden ritual (sobre todo la música, pero también la pintura, la escultura en madera y piedra, el dorado, la cerería) y las profesiones liberales (como la medicina, la abogacía, la teneduría de libros). Muchas veces estos pueblos se convirtieron también en la residencia de hacendados (que controlaban la producción regional) y de los poderes políticos (muchos de ellos municipales, pero también de intermediación regional como los Distritos o Departamentos). Algunos, debido al crecimiento poblacional se volvieron villas en el siglo XIX y ahora son pequeñas ciudades que tienen concentradas muchas actividades económicas, sociales y políticas que no se pueden obtener en las comunidades rurales y pequeños pueblos de su área de influencia, lo que los hace atractivos, en ciertos aspectos, para los habitantes de zonas más rurales.
En estos pueblos medios sastres, peluqueros, abarroteros, farmacéuticos, y otras actividades comerciales pequeñas y locales, que tienen tiempos “muertos” dentro de su tiempo laboral diario, es posible el ejercicio de la práctica musical informal, ya sea desde el aprendizaje de la ejecución de un instrumento musical, de la lectoescritura musical, la “escoleta” en ensambles musicales y las actividades que requerían un conocimiento mayor de la teoría musical, como la creación de arreglos musicales, la orquestación y transcripción de partes para cada instrumento en dotaciones instrumentales distintas.Tuxpan fue un pueblo indígena cercano a Tecalitlán (ahora es una pequeña ciudad), que ha sido una capital cultural de la región, pues su sistema de gobierno tradicional ha necesitado a muchos músicos para mantener el ciclo ritual; es reconocido regionalmente como “un pueblo de músicos”. Es probable que desde el periodo colonial existan linajes musicales que han tenido conocimiento y práctica de la lectoescritura musical, por lo que hay muchos individuos que ejercen la docencia formal e informal de los conocimientos de teoría musical, sin que necesariamente sus actividades laborales sean exclusivamente las musicales, en particular oficios con actividad manual intermitente, como la peluquería y la sastrería.
Muchos años se dedicó, juntamente que a su oficio, al comercio de su tienda instalada al final de la avenida 20 de Noviembre, en que vendía ollas de barro, cazuelas, platos y jarros y a la vez el tepache sabroso que fabricaba de piña.






