jueves, 5 de marzo de 2026

El salto exitoso de “la barrera de color” de los Rebolledo, de Tecalitlán.


El origen del mariachi se ha mitificado en un pueblo indígena marginal al Camino Real de Colima. En el mito se han inventado el origen de la dotación instrumental y del nombre del conjunto musical vinculados a Cocula y su área circundante. El debate que abrió el redescubrimiento de El Mariachi, como locativo, que tal vez hace referencia a un tipo de árbol, y los argumentos de perspectivas profesionales desde la historia, la antropología y la etnohistoria sobre el tema, han apoyado la hipótesis de una tradición multinaciente, no centrada en una localidad, en todo el occidente de la Nueva España; lo cual no gustó a los coculenses; por ello, se han fabricado pruebas documentales apócrifas para sustentar estos dichos, cuyo origen son las inferencias que hizo Ignacio Dávila Garibi, únicamente con información local dispersa, sin ningún análisis crítico de sus fuentes, ni su contraste con otros potenciales “lugares de origen”; además, esto se da en medio de otra discusión decimonónica, una sobre la existencia de un pueblo y una lengua llamados “Coca”, en la cual el argumento del origen de mariachi, servía para apoyar la importancia y “centralidad” del pueblo y la lengua indígena que Dávila proponía.
En este texto vamos a dar cuenta de como la familia de don Plácido Rebolledo Sánchez, dio el salto a “la barrera de color”, es decir, cambió de “calidad”; pasó de que los consideraran “mulatos”, primero a ser reconocidos como “mestizos”, e incluso algunos miembros de la familia alcanzaron el de “español/a” de acuerdo con su fenotipo. Es muy probable, como sucede con otros linajes musicales en el Jalmich, que varios miembros de la familia Rebolledo, además de don Plácido, tuvieran una práctica musical; sin embargo, hasta el momento sólo podemos referir lo que recordaba don Silvestre, de sus charlas con su padre y sus tíos respecto a Plácido.
Don Plácido Rebolledo nació en 1820 en Tuxpan, Jalisco, registrado como “mestizo”; pero la mayor parte de su vida la desarrolló en el vecino Tecalitlán. Tocaba el violín y la guitarra, y “formó el primer mariachi, allá por el año 1840”, contó don Silvestre Vargas, en los años 70 del siglo XX, en una entrevista. Este mariachi formado alrededor de 1840, sería el primero que conocieron los Vargas, cuyo linaje residía entonces en los ranchos de Quitupan, aunque algunos miembros iniciaron el cambio de residencia hacia 1846, con la Guerra de Intervención Norteamericana. La mayoría de los músicos que refiere don Silvestre los conoció cuando era niño, hacia 1910, y habían nacido en la década de los 40 del siglo XIX; por lo que algunos de ellos, o sus padres pudieron formar parte de ese grupo primigenio.
La memoria de don Silvestre Vargas es, por el momento, el único referente histórico para conocer estos linajes musicales, que conformarían hacia 1860 los grupos musicales de Tecalitlán y su región, que forma parte de la Tierra Caliente. No discutiremos si se llamaban “mariachi” o “conjunto de arpa”, pero se trata ya de las músicas de la tradición occidental mexicana, cuya dotación básica era el violín, el arpa grande y la guitarra de golpe. La otra dotación con violín, vihuela y guitarrón, probablemente, se gestaría al norte de la región, en la cuenca de los lagos de Chapala, Cajitlán, Atotonilco, Zocoalco y Sayula, en algún momento y como una familia de instrumentos, que es un campo para explorar. En los años 20 todavía había claramente una separación entre los dos espacios, tanto en dotación instrumental, como en técnica de interpretación, sobre todo en la función del bajo, y en los repertorios, como lo aseguró en sus memorias el trompetista don Miguel Martínez.
Don Plácido Rebolledo tenía su propio mariachi, y hacia 1889, avisaba a los chicos los sitios donde había “fandango” y, terminado su trabajo en el campo, los niños corrían para deleitarse viendo la actuación del mariachi de su “tío”.
El mariachi conformado por Gaspar Vargas López y su primo Refugio Hernández Vargas, en 1898, cuando tenían 19 años, es en parte heredero de la tradición musical de don Plácido Rebolledo. El padre de Gaspar, Amado Vargas Andrade (1851 Quitupan-1904 Tecalitlán), fue músico, y si el conocimiento musical no lo tuvo su padre, don José Ma. Vargas, es posible que aprendiera con estos músicos que, en 1865 tenían, varios grupos en Tecalitlán y sus alrededores.

El núcleo de análisis del linaje familiar de los Rebolledo en este escrito es don José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, “mestizo”, nacido el 10 de octubre de 1820, registrado en Tuxpan, Jalisco, como “de este pueblo”, hijo de José Rafael Rebollero, y de María Anna Sánchez; fueron sus abuelos paternos: José Francisco Rebollero y Juana María Castellanos; los maternos Fernando Sánchez, y María Pasquala Gómez.
La familia descendió de Sayula a Zapotlán El Grande (la actual Ciudad Guzmán), tal vez para no seguir registrados en los libros de castas, y se avecindó fundamentalmente en los ranchos de Zapotiltic, en particular en El Cuahuayote, con estancias en Tuxpan y por último en Tecalitlán, el más lejano y recién fundado en 1777. Estos ranchos reciben el nombre de un árbol nativo de México, de unos 15 metros, que da un fruto en forma de calabaza, “ayotli” en náhuatl, por eso se llama “cuahueyotli”, árbol de calabazas; del nombre indígena derivan cuajayote, cahuayote, aunque en la costa de Veracruz también se le llama chompipa, chupipi, y meloncillo. El fruto se coce con piloncillo, como la calabaza “tamalayota” para producir una “manácata”, un puré dulce que se come solo o con leche.
Los padres de don Plácido Rebolledo tuvieron dos hijos antes de contraer matrimonio formal, sin embargo, en los registros aparecen ya como “legítimos”. El primero es Joseph Martin, nacido el 22 de noviembre de 1768, en “Los ranchos del Quaguillote”, de calidad mulato, hijo legítimo de Joseph Fernando Sánchez y de María Pascuala. El segundo fue Basilio Anastacio, nacido el 14 de abril de 1772, en Zapotlán, El Grande, hijo legítimo de Fernando Sánchez, y de Ma Pascuala Gomez, mestizos de este pueblo; apadrinado por: Juan Reymundo Sánchez y María Madrueña, “españoles de este pueblo”, pareja que por otros documentos sabemos que eran sus tíos abuelos.

La pareja formada por Fernando Mariano Sánchez Mardueño y María Pascuala Gómez de Lugo se casó hasta el 28 de noviembre en Zapotlán El Grande, él aparece ahí como “español”, originario de Sayula, vecino desde hace 14 años en Zapotlán, hijo legítimo de de Pablo Sánchez, difunto, y de Matiana Mardueño. María Pascuala aparece como “mestiza”, originaria también de Sayula y vecina desde hace cuatro años, hija legítima de Juan Teodoro Gómez y de María Bernarda de Lugo.
Una vez casados ante la Iglesia registraron el 26 de enero de 1773, en Zapotiltic, a María Teresa Timotea, “española del Rancho del Quahuayote”, de tres días, hija legítima de Fernando Sánchez y de Ma Pascuala de Lugo. Fueron padrinos Don Pedro Joseph de Mendoza y Velas, y Doña Teresa Gertrudis Rodríguez y Aguilar, su esposa. Es probable que, por su fenotipo, y la calidad de los padrinos no le anotaran como “mestiza” o como “mulata”, como sucedió a sus hermanos mayores.
El 14 de enero de 1777, nació en El Quahuayote, su hermana Paula de Jesús, ella si anotada como “mulata”, aunque sus padrinos fueron “Mathías de Llamas y Ana María de Agundis, su madre, españoles, vecinos del Quahuayote”,
Todavía el 25 de julio de 1786, se bautizó a José Magdaleno, “mestizo del Quaguayote”; fueron sus padrinos: Francisco Vargas y Da. María Gertrudes Paz, probablemente “española”, por el título de “doña”.
Es probable que por esas fechas se avecindaran ya en la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de Tecalitlán. Lamentablemente don José Rebolledo, “adulto de este pueblo”, fue enterrado el 20 de septiembre de 1799, mestizo, casado, de mas de 50 años, “no recibió sacramento alguno, porque lo mató un rayo”. No se trata del padre de nuestro músico, pero si algún hermano o pariente, que comparte apellido y calidad.
Es ya en el siglo XIX que los miembros de la familia de fenotipo más próximo al “criollo” (imaginado) logran dar el “salto de color”, es decir, abandonar los “libro de castas”, y aparecer en el de “españoles” en las parroquias de la región. El 8 de julio de 1813 se casaron, en la iglesia parroquial de Zapotlán, “Don” José Marcial Sánchez, “español”, soltero, “originario y vecino de Tecalitlán”, residente desde hace 8 meses en Zapotlán, entonces de de 18 años, hijo legítimo de José Fernando Sánchez y de Ma Pascuala Gómez, difunta; con doña Ma Josefa Carrillo, española, originaria y vecina del pueblo, entonces de 16 años de edad, hija legítima de José Feliciano Carrillo y de Ma. Bernarda Ximenez, difunta. Fueron padrinos don José Isidro Carrillo y Ma Ignacia Solorzano cónyuges. Atestiguaron por su “calidad”; don Juan Gerónimo Ramírez y don Juan Zúñiga. El ciclo se cumplió y necesitó de poco más de 100 años, e involucró a cuatro generaciones.
Nosotros seguiremos a la familia de tez más oscura, ya avecindada en Tecalitlán. El hermano de Plácido, Timoteo Rebolledo Sánchez se casó con María de Jesús Hernández, y es por esta vía que a don Plácido le decían “tío”. A veces, está pareja aparecen en los documentos como “padres” de Plácido Rebolledo, lo que causa confusión, pues su hermano Timoteo, era mayor sólo dos años, había nacido en 1818.
Placido Rebolledo Sánchez contrajo nupcias con Ma. Severiana Guerrero, en la parroquia de Santa María de Guadalupe, Tecalitlán, el 28 de noviembre de 1842. Fueron padrinos Pablo Olivera y Juana Torres; atestiguaron el acto: Ambrocio Hernández y Nazario Torres, aunque no me queda claro por qué se velaron hasta enero del año siguiente. Es importante observar los apellidos Hernández y Olivera, que son dos linajes musicales en Tecalitlán.
La hija de don Plácido y Severiana,Ma Ignacia de la Trinidad, de dos días de nacida, fue bautizada el 1 de agosto de 1849, en la parroquia de Tecalitlán. En la fe de bautismo aparece como hija legítima de Plácido Reboyero y Severiana Guerrero. Sus abuelos paternos Rafael Reboyero y Mariana Sánchez; y los maternos: Gregorio Guerrero y Juana Olivera. Fueron padrinos Trinidad Hernández y Cesaria Hernández. De nuevo linajes musicales, aunque no tengo la certeza de la práctica musical.
Esta hija se convirtió en una joven que contrajo nupcias, en Tecalitlán, el 5 de febrero de 1870, con Amado Vargas, “es originario y vecino del pueblo”, pero había nacido en Quitupan, soltero, labrador y de 24 años, hijo legítimo de José María Vargas, difunto, y de Guadalupe Andrade, vecina, viuda y de 60 años. María Ignacia dijo ser “originaria y vecina” del pueblo, doncella, de 17 años de edad, hija legítima de Plácido Rebolledo, vecino, casado, jornalero y de 50 años y de Severiana Guerrero, también vecina y de 39 años. El matrimonio civil se realizó el 22 de febrero, se acostumbraba entonces tener “padrinos” y lo fueron “Ramón Flores y su esposa Bonifacia Cano de esta vecindad y mayores de edad”, y los testigos fueron: “Jesús Toro, Rafael Munguía, José María Ortiz y Juan Juárez, todos de esta vecindad y mayores de edad”. Sin que podamos deducir si ellos tenían una práctica musical, como la que tenía don Amado Vargas, a decir de su nieto Silvestre.
La pareja tuvo tres hijos, lamentablemente dos niñas murieron muy pequeñas. Ignacia murió de parto el 8 de febrero de 1873, a los 20 años de edad, fue sepultada en la parroquia, pues alcanzó a confesarse. El viudo, Amado Vargas contrajo matrimonio con Juliana López el 18 de octubre de 1873, con la que procrearían a Gaspar Vargas.
Un sólo hijo de María Ignacia Rebolledo llegó a la edad adulta, José Trinidad Vargas Rebolledo, quien murió de fiebre a la una de la mañana del día 4 de abril de 1891, cuando tenía 20 años de edad. Por esos años rondaba los 10 años su hermano Gaspar, y tal vez por esta razón, como por el parentesco político de su hermano Timoteo con los Hernández, es que los niños Gaspar y Refugio le dijeran “tío” a don Plácido Rebolledo. Es probable que el cariño que tuvo a su nieto Trinidad, y sus enseñanzas musicales, se reflejaran en estos pequeños de la nueva familia de su yerno; o tal vez, sea porque en la Tierra Caliente y otras regiones del Occidente de México se les llama así a las personas mayores, para mostrar respeto, pero de manera afectuosa. De cualquier manera el “mestizo” o “mulato”, José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, violinista y guitarrero, afectuoso maestro de música, y primer mariachero en la memoria de Silvestre Vargas, tiene un lugar en la historia de la música del occidente del país.

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