En otros espacios del occidente, en particular en la Tierra Caliente, podemos ver ciertos lineamientos estéticos en lo festivo que parecen compartirse con las formas festivas en la cuenca del Río Quitupan-Tuxpan-Coahuayana, región cultural que es vecina, y que podemos "dividir" para caracterizar en: el Jalmich, al norte, el Eje Neovolcánico (que incluye las sierras de Quitupan, Santa María del Oro, los planes cañeros, la Sierra Madre del Sur y la Costa.
La asociación entre timbres graves, tiempos lentos y una postura encogida al bailar, en los valles más calientes, propicios para la agricultura de monocultivo y de comercialización fuera de la región (como la caña de zucar, el añil y la ganadería extensiva), que se ven en los lugares donde la presencia de afroindígena se puede observar no sólo en lo genético, sino también en estas marcas culturales. Lo anterior contrasta con criterios estéticos casí “opuestos”, donde los tiembres agudos, los tiempos cortos y una postura estirada al bailar que tienen los rancheros de apariencia “criolla”, o eruomestiza, como diría Gonzalo Aguirre, dedicados a la agricultura y ganadería de autosubsistencia, cuyos excedentes se venden en los mercados locales de los pueblos y villas a las orillas de la región.
Tenemos algunas referencias para pensar que estaban diferenciadas al norte de la región, donde la influencia de las culturas del Bajío (que incluye a los lagos y lagunas del occidente, donde el río Lerma se transforma en el Santiago) y su variante de Los Altos se reunen en la cuenca de Chapala; territorio de origen de la familia de instrumentos musicales de la vihuela mexicana, o “mariachera”, que incluyen a la más pequeña (la “coculense”, el “vihuelón” y al guitarrón). El “bordoneo” del guitarrón, el bajo de esta región (cuyo centro mitificado es Cocula), era “sencillo” (se tocaba una sola cuerda), y “goteado”, es decir, tocaba a tiempo en el acorde, a veces sólo en el bajo fundamental se acentúa. En cambio, al sur de la región de estudio, el arpa es el instrumento que realiza el bajo; usualmente toca cuerdas dobles (bajos octavados) “alegrando”, es decir, realizando las tres notas del acorde y secuencias de “pasatono”, que son 4 notas para ir de una tonalidad a otra; pero además, suelen hacer contratiempos y síncopas (omitiendo algunas notas del acorde), cambiando los acentos.
En la ciudad de México, Ernesto Villa, arpero nacido en Zapotiltic, con un origen familiar en Teocuitatlán, fue el encargado de enseñar a tocar esos bajos dobles, que él hacía en el arpa, al jóven guitarronero Gonzalo Meza García, también de Teocuitatlán, pero ya en la ciudad de México. Ernesto Villa era un músico “lírico”, es decir que no conocía la lectoescritura musical, y por la insistencia de Rubén Fuentes en obligarlo a aprenderla, y algunos problemas de dinero, decidió salir del Vargas. Ese estilo “alegre”, improvisado, por el cual algunos consideran a “El Grosello” (Gonzalo Meza García) el mejor guitarronero de todos los tiempos, no fue entendido por Rubén Fuentes, quien quitó toda la improvisación y exigió que el bajo se ciñera a lo que anotaba en sus arreglos; así que apartir de ése momento, el bajo “sobrio”, que “toca lo que está en el papel” sin agregar nada, de Natividad de Santiago, fue considerado “el mejor”, para un mariachi de estudio de grabación y un público urbano que no conoce la tradición festiva en la que se inserta esa música.
A partir del “éxito” del mariachi de los Vargas en la música de masas, las técnicas interpretativas cambiaron y se volvieron referentes, en cada periodo de su propuesta musical mediática, así que los mariachis populares emulan a “guitarroneros” del Vargas, sin saber que lo que emulan, en realidad son dos estilos ubicados en espacios distintos, uno al sur de la región, caracterizado por la libertad interpretativa y riqueza rítmica, y otro cuyo referente es el bajo discreto, anotado en los arreglos, que no “opaca” al resto de la música, y que fue creado por Ruben Fuentes en el medio urbano, pensado para el estudio de grabación y el “sistema de estrellas” de la industria cultural mexicana. Del que algunos folcloristas intentamos distanciarnos en nuestra ejecución performática nostálgica.
Una disgresión complementaria sobre el vocabulario. En la región se suele colocar al lexema que caracteriza al instrumento musical, por ejemplo “violín”, los sufijos derivativos que indican que se trata del ejecutante, como “er/o” y que puede variar en número “violineros”, o en género “violinera”; incluso hay un son, “La Violinera”, que fue interpretado por Las Hermanas Padilla y el Mariachi Vargas de Tecalitlán, que nos muestra la forma usal en la región para formar palabras derivadas que indiquen la ejecución de un instrumento musical por una o más personas. La Violinera forma parte de esas apropiaciones “tan comunes”, pero tan éticamente incorrectas, de registrar patrimonios culturales regionales como propios, para su usufructo económico y de prestigio, que Rubén Fuentes y Silvestre Vargas hicieron sin pudor alguno.
Regressando a la disgresión, es interesante que luego, la forma urbana, recurre al morfema “ista”, y usualmente se piensa como “correcta”, y por ello aparecen en los medios escritos o locutivas: “violin/ista”, “vihuel/ista”, “arp/ista” y “guitarron/ista”, que en el habla local suenan “raros”.
Pa que tanta brincaderaestando el suelo tan parejo,que me siga la tambora
y que traiga la violinera
En nuestros escritos usamos la forma regional de construir los términos que refieren a los y las ejecutantes de instrumentos musicales, y no caemos en el garlito de pensarlos “incorrectos”, por el contrario, quedan muy claros y no nos confundiremos con los intérpretes de orquesta urbana y escénica.


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