jueves, 5 de marzo de 2026

El salto exitoso de “la barrera de color” de los Rebolledo, de Tecalitlán.


El origen del mariachi se ha mitificado en un pueblo indígena marginal al Camino Real de Colima. En el mito se han inventado el origen de la dotación instrumental y del nombre del conjunto musical vinculados a Cocula y su área circundante. El debate que abrió el redescubrimiento de El Mariachi, como locativo, que tal vez hace referencia a un tipo de árbol, y los argumentos de perspectivas profesionales desde la historia, la antropología y la etnohistoria sobre el tema, han apoyado la hipótesis de una tradición multinaciente, no centrada en una localidad, en todo el occidente de la Nueva España; lo cual no gustó a los coculenses; por ello, se han fabricado pruebas documentales apócrifas para sustentar estos dichos, cuyo origen son las inferencias que hizo Ignacio Dávila Garibi, únicamente con información local dispersa, sin ningún análisis crítico de sus fuentes, ni su contraste con otros potenciales “lugares de origen”; además, esto se da en medio de otra discusión decimonónica, una sobre la existencia de un pueblo y una lengua llamados “Coca”, en la cual el argumento del origen de mariachi, servía para apoyar la importancia y “centralidad” del pueblo y la lengua indígena que Dávila proponía.
En este texto vamos a dar cuenta de como la familia de don Plácido Rebolledo Sánchez, dio el salto a “la barrera de color”, es decir, cambió de “calidad”; pasó de que los consideraran “mulatos”, primero a ser reconocidos como “mestizos”, e incluso algunos miembros de la familia alcanzaron el de “español/a” de acuerdo con su fenotipo. Es muy probable, como sucede con otros linajes musicales en el Jalmich, que varios miembros de la familia Rebolledo, además de don Plácido, tuvieran una práctica musical; sin embargo, hasta el momento sólo podemos referir lo que recordaba don Silvestre, de sus charlas con su padre y sus tíos respecto a Plácido.
Don Plácido Rebolledo nació en 1820 en Tuxpan, Jalisco, registrado como “mestizo”; pero la mayor parte de su vida la desarrolló en el vecino Tecalitlán. Tocaba el violín y la guitarra, y “formó el primer mariachi, allá por el año 1840”, contó don Silvestre Vargas, en los años 70 del siglo XX, en una entrevista. Este mariachi formado alrededor de 1840, sería el primero que conocieron los Vargas, cuyo linaje residía entonces en los ranchos de Quitupan, aunque algunos miembros iniciaron el cambio de residencia hacia 1846, con la Guerra de Intervención Norteamericana. La mayoría de los músicos que refiere don Silvestre los conoció cuando era niño, hacia 1910, y habían nacido en la década de los 40 del siglo XIX; por lo que algunos de ellos, o sus padres pudieron formar parte de ese grupo primigenio.
La memoria de don Silvestre Vargas es, por el momento, el único referente histórico para conocer estos linajes musicales, que conformarían hacia 1860 los grupos musicales de Tecalitlán y su región, que forma parte de la Tierra Caliente. No discutiremos si se llamaban “mariachi” o “conjunto de arpa”, pero se trata ya de las músicas de la tradición occidental mexicana, cuya dotación básica era el violín, el arpa grande y la guitarra de golpe. La otra dotación con violín, vihuela y guitarrón, probablemente, se gestaría al norte de la región, en la cuenca de los lagos de Chapala, Cajitlán, Atotonilco, Zocoalco y Sayula, en algún momento y como una familia de instrumentos, que es un campo para explorar. En los años 20 todavía había claramente una separación entre los dos espacios, tanto en dotación instrumental, como en técnica de interpretación, sobre todo en la función del bajo, y en los repertorios, como lo aseguró en sus memorias el trompetista don Miguel Martínez.
Don Plácido Rebolledo tenía su propio mariachi, y hacia 1889, avisaba a los chicos los sitios donde había “fandango” y, terminado su trabajo en el campo, los niños corrían para deleitarse viendo la actuación del mariachi de su “tío”.
El mariachi conformado por Gaspar Vargas López y su primo Refugio Hernández Vargas, en 1898, cuando tenían 19 años, es en parte heredero de la tradición musical de don Plácido Rebolledo. El padre de Gaspar, Amado Vargas Andrade (1851 Quitupan-1904 Tecalitlán), fue músico, y si el conocimiento musical no lo tuvo su padre, don José Ma. Vargas, es posible que aprendiera con estos músicos que, en 1865 tenían, varios grupos en Tecalitlán y sus alrededores.

El núcleo de análisis del linaje familiar de los Rebolledo en este escrito es don José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, “mestizo”, nacido el 10 de octubre de 1820, registrado en Tuxpan, Jalisco, como “de este pueblo”, hijo de José Rafael Rebollero, y de María Anna Sánchez; fueron sus abuelos paternos: José Francisco Rebollero y Juana María Castellanos; los maternos Fernando Sánchez, y María Pasquala Gómez.
La familia descendió de Sayula a Zapotlán El Grande (la actual Ciudad Guzmán), tal vez para no seguir registrados en los libros de castas, y se avecindó fundamentalmente en los ranchos de Zapotiltic, en particular en El Cuahuayote, con estancias en Tuxpan y por último en Tecalitlán, el más lejano y recién fundado en 1777. Estos ranchos reciben el nombre de un árbol nativo de México, de unos 15 metros, que da un fruto en forma de calabaza, “ayotli” en náhuatl, por eso se llama “cuahueyotli”, árbol de calabazas; del nombre indígena derivan cuajayote, cahuayote, aunque en la costa de Veracruz también se le llama chompipa, chupipi, y meloncillo. El fruto se coce con piloncillo, como la calabaza “tamalayota” para producir una “manácata”, un puré dulce que se come solo o con leche.
Los padres de don Plácido Rebolledo tuvieron dos hijos antes de contraer matrimonio formal, sin embargo, en los registros aparecen ya como “legítimos”. El primero es Joseph Martin, nacido el 22 de noviembre de 1768, en “Los ranchos del Quaguillote”, de calidad mulato, hijo legítimo de Joseph Fernando Sánchez y de María Pascuala. El segundo fue Basilio Anastacio, nacido el 14 de abril de 1772, en Zapotlán, El Grande, hijo legítimo de Fernando Sánchez, y de Ma Pascuala Gomez, mestizos de este pueblo; apadrinado por: Juan Reymundo Sánchez y María Madrueña, “españoles de este pueblo”, pareja que por otros documentos sabemos que eran sus tíos abuelos.

La pareja formada por Fernando Mariano Sánchez Mardueño y María Pascuala Gómez de Lugo se casó hasta el 28 de noviembre en Zapotlán El Grande, él aparece ahí como “español”, originario de Sayula, vecino desde hace 14 años en Zapotlán, hijo legítimo de de Pablo Sánchez, difunto, y de Matiana Mardueño. María Pascuala aparece como “mestiza”, originaria también de Sayula y vecina desde hace cuatro años, hija legítima de Juan Teodoro Gómez y de María Bernarda de Lugo.
Una vez casados ante la Iglesia registraron el 26 de enero de 1773, en Zapotiltic, a María Teresa Timotea, “española del Rancho del Quahuayote”, de tres días, hija legítima de Fernando Sánchez y de Ma Pascuala de Lugo. Fueron padrinos Don Pedro Joseph de Mendoza y Velas, y Doña Teresa Gertrudis Rodríguez y Aguilar, su esposa. Es probable que, por su fenotipo, y la calidad de los padrinos no le anotaran como “mestiza” o como “mulata”, como sucedió a sus hermanos mayores.
El 14 de enero de 1777, nació en El Quahuayote, su hermana Paula de Jesús, ella si anotada como “mulata”, aunque sus padrinos fueron “Mathías de Llamas y Ana María de Agundis, su madre, españoles, vecinos del Quahuayote”,
Todavía el 25 de julio de 1786, se bautizó a José Magdaleno, “mestizo del Quaguayote”; fueron sus padrinos: Francisco Vargas y Da. María Gertrudes Paz, probablemente “española”, por el título de “doña”.
Es probable que por esas fechas se avecindaran ya en la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de Tecalitlán. Lamentablemente don José Rebolledo, “adulto de este pueblo”, fue enterrado el 20 de septiembre de 1799, mestizo, casado, de mas de 50 años, “no recibió sacramento alguno, porque lo mató un rayo”. No se trata del padre de nuestro músico, pero si algún hermano o pariente, que comparte apellido y calidad.
Es ya en el siglo XIX que los miembros de la familia de fenotipo más próximo al “criollo” (imaginado) logran dar el “salto de color”, es decir, abandonar los “libro de castas”, y aparecer en el de “españoles” en las parroquias de la región. El 8 de julio de 1813 se casaron, en la iglesia parroquial de Zapotlán, “Don” José Marcial Sánchez, “español”, soltero, “originario y vecino de Tecalitlán”, residente desde hace 8 meses en Zapotlán, entonces de de 18 años, hijo legítimo de José Fernando Sánchez y de Ma Pascuala Gómez, difunta; con doña Ma Josefa Carrillo, española, originaria y vecina del pueblo, entonces de 16 años de edad, hija legítima de José Feliciano Carrillo y de Ma. Bernarda Ximenez, difunta. Fueron padrinos don José Isidro Carrillo y Ma Ignacia Solorzano cónyuges. Atestiguaron por su “calidad”; don Juan Gerónimo Ramírez y don Juan Zúñiga. El ciclo se cumplió y necesitó de poco más de 100 años, e involucró a cuatro generaciones.
Nosotros seguiremos a la familia de tez más oscura, ya avecindada en Tecalitlán. El hermano de Plácido, Timoteo Rebolledo Sánchez se casó con María de Jesús Hernández, y es por esta vía que a don Plácido le decían “tío”. A veces, está pareja aparecen en los documentos como “padres” de Plácido Rebolledo, lo que causa confusión, pues su hermano Timoteo, era mayor sólo dos años, había nacido en 1818.
Placido Rebolledo Sánchez contrajo nupcias con Ma. Severiana Guerrero, en la parroquia de Santa María de Guadalupe, Tecalitlán, el 28 de noviembre de 1842. Fueron padrinos Pablo Olivera y Juana Torres; atestiguaron el acto: Ambrocio Hernández y Nazario Torres, aunque no me queda claro por qué se velaron hasta enero del año siguiente. Es importante observar los apellidos Hernández y Olivera, que son dos linajes musicales en Tecalitlán.
La hija de don Plácido y Severiana,Ma Ignacia de la Trinidad, de dos días de nacida, fue bautizada el 1 de agosto de 1849, en la parroquia de Tecalitlán. En la fe de bautismo aparece como hija legítima de Plácido Reboyero y Severiana Guerrero. Sus abuelos paternos Rafael Reboyero y Mariana Sánchez; y los maternos: Gregorio Guerrero y Juana Olivera. Fueron padrinos Trinidad Hernández y Cesaria Hernández. De nuevo linajes musicales, aunque no tengo la certeza de la práctica musical.
Esta hija se convirtió en una joven que contrajo nupcias, en Tecalitlán, el 5 de febrero de 1870, con Amado Vargas, “es originario y vecino del pueblo”, pero había nacido en Quitupan, soltero, labrador y de 24 años, hijo legítimo de José María Vargas, difunto, y de Guadalupe Andrade, vecina, viuda y de 60 años. María Ignacia dijo ser “originaria y vecina” del pueblo, doncella, de 17 años de edad, hija legítima de Plácido Rebolledo, vecino, casado, jornalero y de 50 años y de Severiana Guerrero, también vecina y de 39 años. El matrimonio civil se realizó el 22 de febrero, se acostumbraba entonces tener “padrinos” y lo fueron “Ramón Flores y su esposa Bonifacia Cano de esta vecindad y mayores de edad”, y los testigos fueron: “Jesús Toro, Rafael Munguía, José María Ortiz y Juan Juárez, todos de esta vecindad y mayores de edad”. Sin que podamos deducir si ellos tenían una práctica musical, como la que tenía don Amado Vargas, a decir de su nieto Silvestre.
La pareja tuvo tres hijos, lamentablemente dos niñas murieron muy pequeñas. Ignacia murió de parto el 8 de febrero de 1873, a los 20 años de edad, fue sepultada en la parroquia, pues alcanzó a confesarse. El viudo, Amado Vargas contrajo matrimonio con Juliana López el 18 de octubre de 1873, con la que procrearían a Gaspar Vargas.
Un sólo hijo de María Ignacia Rebolledo llegó a la edad adulta, José Trinidad Vargas Rebolledo, quien murió de fiebre a la una de la mañana del día 4 de abril de 1891, cuando tenía 20 años de edad. Por esos años rondaba los 10 años su hermano Gaspar, y tal vez por esta razón, como por el parentesco político de su hermano Timoteo con los Hernández, es que los niños Gaspar y Refugio le dijeran “tío” a don Plácido Rebolledo. Es probable que el cariño que tuvo a su nieto Trinidad, y sus enseñanzas musicales, se reflejaran en estos pequeños de la nueva familia de su yerno; o tal vez, sea porque en la Tierra Caliente y otras regiones del Occidente de México se les llama así a las personas mayores, para mostrar respeto, pero de manera afectuosa. De cualquier manera el “mestizo” o “mulato”, José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, violinista y guitarrero, afectuoso maestro de música, y primer mariachero en la memoria de Silvestre Vargas, tiene un lugar en la historia de la música del occidente del país.

viernes, 27 de febrero de 2026

José Refugio Hernández Vargas, violinista

 

Cuando era niños, los primos Gaspar Vargas López y José Refugio Hernández Vargas, recibieron sus primeras lecciones musicales de su tío, don Placido Rebolledo Hernández, violinista y ejecutante de la guitarra de golpe, que nació en 1844, y formó un mariachi hacia 1865 (Orfeón Videovox, s. f. [1963]: 1). Después aclararemos cual Plácido Rebolledo, pues hay dos y ambos músicos. Lo importante es que Gaspar y su primo Refugio Hernández Vargas aprendieron a tocar el violín y la guitarra de golpe, y formaron ellos mismos un mariachi que después cobraría fama. 

José Refugio fue hijo de Miguel Hernández, nacido en 1845,  y de María Jesús Vargas, hermana de Amado Vargas, el padre de Gaspar. Doña María Jesús todavía nació en Quitupan, en 1853, origen de la familia, como hemos mostrado.

            Probablemente también eran parientes por el apellido Hernández, pues Juliana López, madre de Gaspar, nacida hacia 1854, fue hija de Marcelino López y de Francisca Hernández.

        La presentación matrimonial se hizo el 27 de enero de 1872, y el matrimonio el 9 de febrero del mismo año. Miguel Hernández, dijo: que es originario y vecino de este pueblo, soltero, jornalero de 26 años de edad [nacido en 1845], hijo legítimo de Miguel Hernández, difunto, y de Calixta Delgado que vive en ése momento. La novia era María de Jesús Varga, quien dijo: “que es vecina de este de este pueblo hace doce años y originaria de Quitupan”, soltera, de 19 de edad [nacida en 1853], hija legítima de José María Vargas, difunto y de Guadalupe Andrade, quien estaba viva y presenció el matrimonio. Apadrinaron el enlace civil: José Martínez y Seferina Silva.

        La pareja presentó en el Registro Civil el 19 de diciembre de 1872, a su hija Adelaida, nacida el día 16 del corriente en el cuartel número 3 de este pueblo. En el acta aparece Miguel Hernández, casado, jornalero “y de 30 años de edad” (nacido hacia 1842), 4 años más que en su boda. Su esposa María Jesús Vargas, aparece de 20 años de edad. Los abuelos paternos de Adelaida fueron, José Hernández y Calixta Delgado, y los maternos: José María Vargas, finado, y Guadalupe Andrade. Fueron padrinos de la ceremonia civil [que sólo se registra en este periodo] la abuela materna, Guadalupe Andrade, y su hijo Domingo Vargas. Los testigos fueron Rafael Munguía y el tío Plácido Rebolledo Hernández “y no firman por no saber”.

        No tenemos el acta de nacimiento o la fe de bautismo de José Refugio Hernández Vargas, sin embargo, al presentarse el 4 de enero de 1896, para contraer matrimonio con Bonifacia Barajas, dijo que tenía 20 años (por lo que nacería hacia 1876), era soltero, jornalero, su padre Miguel había muerto, y su madre María Jesús Vargas, era viuda, de 45 años.  Bonifacia Barajas López, dijo ser “doncella”, tener 18 años, originaria y vecina de Tecalitlán, hija legítima de José Guadalupe Barajas, jornalero, de 54 años y María Dolores López, de 40 años.

         El matrimonio se verificó hasta el 18 de enero de 1896, a las 7 de la tarde, en Tecalitlán; fueron testigos: Prudencio Panduro, José Santos Panduro y Román Ortiz, casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de Tecalitlán.

        La primera criatura nació el 25 de abril y fue registrada en Tecalitlán, el 3 de mayo de 1898. Recibió por nombre María Guadalupe, hija de Refugio Hernández, jornalero, de 24 años, casado con Bonifacia Barajas de 19 años; fue nieta por línea paterna de Miguel Hernández y de Jesús Vargas; y por la materna de Guadalupe Barajas y María Dolores López. Aparece como testigo su tío Amado Bargas y Juan Barajas, ambos casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de este lugar.

        En 1 de abril de 1925 hubo un revuelo en la casa número 46, de la calle de Allende, pues falleció de “fiebre” y “sin asistencia médica”, la señora Bonifacia Barajas, casada, de 50 años, hija de Guadalupe Barajas y de María Dolores López. El primo hermano del viudo Gaspar Vargas, casado, labrador de 45 años, originario y vecino de Tecalitlán, fue quien dio parte ante el Registro Civil, y se ocupó de los trámites burocráticos para que el cadáver fuera inhumado “en la fosa común de 3a clase en el Panteón Municipal”, aparece como testigo José Panduro, jornalero, casado, mayor de edad y vecino de Tecalitlán.

        Refugio estuvo en el despegue de mariachi de Tecalitlán en sus primeros años, participó en las primeras salidas a Guadalajara, la estancia en Tijuana, en el acompañamiento al General Lázaro Cárdenas en su gira proselitista y en sus primeros años en la policía de la ciudad de México. Poco es lo que hay en los registros genealógicos con posterioridad, tanto que no hemos encontrado el lugar y la fecha de su deceso; pero bueno, por el momento se cumplen los objetivos de mostrar las relaciones entre linajes musicales que vienen desde mediados del siglo XIX.

jueves, 26 de febrero de 2026

Trinidad Olivera Flores, “El Potrillo”, violinista.

Trinidad Olivera nació hacia 1897, aprendió a tocar el violín y fue el segundo violín del mariachi de Gaspar Vargas, cuando el primero lo hacía Refugio Hernández, primo de Gaspar. Hacia 1930 fue maestro de Nicolás Torres Vázquez, violinista, también del mariachi de Gaspar Vargas. Hacia 1932 Silvestre decidió usar también el guitarrón, junto con el arpa, así que puso a tocar el guitarrón a Trinidad Olivera; tocó con el mariachi de Vargas hasta 1934. Al dejar el mariachi se dedicó al comercio y a la agricultura. No sabemos si continuó la enseñanza a niños y jóvenes, o el interés con la formación musical de Nicolás Torres se debió a que tenían un parentesco lejano.

              Nicolás nos cuenta esa aproximación de la siguiente manera: 

...A mi me tocó una buena suerte conocer a uno de los primeros que se agrupó con los señores Vargas. Él se llamó J. Trinidad Olivera, yo tenía alrededor de catorce años cuando me vio que andaba en plan de juego con un amigo mío, mi amigo tocaba guitarra y yo mandolina, al vernos con instrumentos, él me pregunto ¿Te gustaría enseñarte a tocar?
        Le conteste: es que no tengo, y dijo: pues si tú quieres, yo te presto uno de los que tengo y si aceptas te espero ahí donde ensayo. En cuanto nos pusimos al ensayo luego dijo lo siguiente: tú vas hacer un segundo violín, es por eso que te debo decir de qué manera lo hagas...
        Al término de seis semanas, me llevó a mi primer tocada, la cual le pagaron a él $4.50 (moneda nacional) por el tiempo de tres y media horas. Guardo toda mi gratitud al señor Trinidad, más bien conocido con el sobrenombre «El Potrillo», quien fue mi primer maestro. 

       El maestro Trinidad Olivera le presentó a Nicolás a los Vargas y empezó a tocar con ellos, cuando vivían en La Cañada de Taxinaxtla, en el municipio de Zapotiltic, pero próxima a Tecalitlán. 

Recuerdo que mi maestro Trinidad me dijo que tenía el compromiso de ir al ingenio alcoholero que se llama “La Cañada”, esto sucedió en el año de 1928. Teníamos que irnos tres personas en loma de bestia a unirnos en el lugar indicado con los dos señores Vargas, padre e hijo. Fue la primera vez que toque con los compañeros Vargas. Poco tiempo después fue que trabajamos más frecuentemente.

En los años 1928 a 1930 íbamos a ciudades cercanas de Tuxpan, Tamazula, Cd. Guzmán, y a la capital de Colima. Cuando se terminaban las fiestas religiosas en Cd. Guzmán en seguida eran las de Colima. Así se pasaron dos o tres años.

              Don J. Trinidad Olivera Flores nació en 1897, aunque todavía no hemos encontrado documento que lo avale. Tal vez porque fue hijo “natural”, pero reconocido, pues su padre, don Emigdio Olivera Martínez, se casó dos veces, pero no con doña Fermina Flores Alvarado, hija de Valentín Flores y Andrea Alvarado, bautizada el 8 de julio de 1865, en Tecalitlán. Las cosas se complicaron con la muerte de su padre en hacia 1908.

         El linaje musical le viene de la familia Martínez, su abuela, Andrea Martínez, era hija de J. Trinidad Martínez, casado con Ma. Isabel López, y tal vez con ellos aprendió el oficio, aunque su padre fue carpintero, y uno de sus tíos obrajero.

 Antes de contraer matrimonio formal, don Trinidad Olivera tuvo un hijo “natural”, José Olivera, con Refugio Chávez García. El tenía 27 años, era soltero, jornalero, originario y vecino de Tecalitlán, la madre tenía 18 años, era hija de  Adolfo Chávez y Encarnación García. El infante nació en la casa número 34 de la calle de Abasolo, a unas casas de la residencia del padre.

         En 1930, en la casa número 52 de la calle de Abasolo, vivía Trinidad Olivera, de 30 años, registrado por el Censo Nacional como “músico”, soltero; en la misma casa vivían: su madre Fermina Flores de 60 años (aunque había nacido en 1865), y Juliana Vargas, viuda, de 65 años, probablemente una tía.

Don Trinidad contrajo matrimonio el 7 de noviembre de 1940, en Tecalitlán. El enlace se celebró en la casa número 14, de la calle Xicoténcatl, que era la misma en la que vivían los Vargas. En el acta aparece: J. Trinidad Olivera, soltero, comerciante de 43 años de edad, hijo legítimo de Emigdio Olivera, finado, y de Fermina “Ramírez”, en realidad Flores, y su consorte: la señorita Baudelia Contreras, célibe, sin profesión, de 18 años de edad, hija legítima de Luis Contreras, viudo, y de Mercedes Pérez, finada. Ambos contrayentes eran de Tecalitlán, “son de raza mezclada”, católicos, mexicanos. Es interesante que los testigos fueran también músicos, Amado Vargas, padre de Gaspar, y J. Trinidad Martínez, del linaje Martínez, ambos en ése momento casados, labradores, mayores de edad, de Tecalitlán y “sin parentesco con los contrayentes”.

Tras su separación del Vargas en 1934, don Trinidad Olivera regresó a Tecalitlán y se dedicó al comercio, y también a la política. En 1943 era el presidente municipal del pequeño pueblo, y oficial del Registro Civil. El 3 de mayo tuvo que registrar la muerte, “sin asistencia médica”, de su hija recién nacida, María Fermina, de apenas 7 días de nacida, en la casa número 13 de la calle de Abasolo.

En ése momento ya tenía un año su hijo Dámaso Olivera Contreras, y al parecer, no tuvo más descendencia con Baudelia.

           La señora Baudelia Contreras Pérez falleció el 6 de mayo de 1966, en el Sanatorio Ayala, de la ciudad de Guadalajara Jalisco, con la asistencia médica del doctor Salvador Sánchez Ruíz, a consecuencia de Absceso Hepático. En ése momento tenía 41 años, y fue inhumada en primera clase en el Panteón Municipal. Según declaró su hijo Dámaso Olivera Contreras.

              Don Trinidad Olivera aparece en las actas hasta el 18 de enero de 1970, cuando comparece ante el Registro Civil, en la pequeña ciudad de Tuxpan, Jalisco, para dar parte de la muerte por “coma diabético”, de su hijo José Olivera Chávez, casado, mexicano, obrero, de 44 años, en la casa número 46 de la calle Hidalgo, donde vivía con su mamá María Refugio Chávez, de 60 años, y con su esposa, Olivia Castrejón, de 22 años. Fue inhumado su cuerpo en una fosa de 3a clase por 5 años en el Panteón Municipal.

  No duró mucho don Trinidad, pues el mismo año, el 3 de noviembre, murió de “paro cardiaco”, después de sufrir bronquitis crónica, según certificó el doctor Enrique González Mora. Quedó asentado en el acta como viudo, de 73 años de edad, originario de Tecalitlán y vecino del mismo, en la casa número 57 de la calle de Xicoténcatl, según declaró su hijo Dámaso Olivera, casado, de 29 años. Fueron testigos los ciudadanos: Arturo de la Mora Ochoa y Abel Vázquez Ruetz.

 Trinidad Olivera con Gaspar Vargas.