domingo, 15 de febrero de 2026

Los Villa Pérez una familia de mariacheros del Jalmich.


La familia que formaron don Melesio Villa y doña Seferina Pérez, oriundos los dos de ranchos en La Manzanilla de la Paz, recorrió varios pueblos al sur de la Sierra de Santa María del Oro; es por ello que nacieron sus hijos en Zapotiltic, pero una vez pasada la Revolución, volvieron a su querencia y el Censo Nacional de 1930 los encontró en Teocuitatlán de Corona, viviendo en la casa número 4 de la calle Corona; viven en el hogar Melesio Villa, labrador, de 35 años, casado por las dos leyes con Seferina Pérez, de 35 años, ambos saben leer y escribir; con sus hijos Ernesto Villa Pérez, soltero, músico, de 18 años [nacido hacia 1912], su hermano José Villa, de quince años, “labrador”.
A decir de la familia, todos se dedicaron a las labores del campo, ayudando a su padre; pero don Melesio tocaba un poco la guitarra séptima, y hacía 1920 decide invertir en sus hijos comprándole a Ernesto un arpa, y a José una vihuela, con lo que empiezan su aprendizaje musical.
El hermano mayor se llamó Ernesto Villa Pérez y aprendió a tocar el arpa grande, al estilo “zurdo”, tocando los bajos con la mano derecha y la melodía con la izquierda. Era muy bueno, por lo que al emigrar a la capital ingresó al Mariachi Vargas, hasta que, al iniciar la década de los 50’s, tuvo unas diferencias con Rubén Fuentes y salió del Vargas, para integrarse al que había formado su hermano menor. Su hermano José Villa recuerda así ese momento:
...Ernesto tenía un oído espectacular no tenía ningún problema en seguir todas las notas musicales, pero pues Rubén Fuentes empezó a querer que todos se pusieran a estudiar notas musicales y aquí se armó la buena, Ernesto Villa tenía un gran sentido musical, aparte el tocaba su arpa del lado derecho, al revés de todos, sacándole al arpa un hermoso sonido y bajeo espectacular, lo que hizo ganarse un lugar en la historia de la música mexicana. Pero tenía un defecto, era muy explosivo y siempre cargaba una punta muy filosa, que aún conservo; si alguien se equivocaba de inmediato sacaba la punta y les tiraba a dar.
Por su mismo carácter se ganó la salida del mariachi Vargas. Un día le dijo Rubén Fuentes: “mire don Ernesto aquí o se aplica a saber nota o se va”, en ese momento “desfundó” su pistola calibre 38 y se la puso en la cabeza a Rubén diciéndole: -A mi, ningún muchachito “caguengue” me va a enseñar música, ni cómo tocar. Con esto, Rubén le dice a Vargas: -O corres a Ernesto o me voy yo. Y así fue su salida.
Don José de Jesús, “Pepe”, Villa Pérez, fue ejecutante de la vihuela, y de la guitarra sexta, cuando esta se incorporó al mariachi de masas, nació el 26 de mayo de 1915, en Las Canoas, un rancho que algunos aseguran pertenece al municipio de Zapotiltic y otros a Tuxpan. Es el mas conocido de la familia porque, como sucede en las películas de intriga, se quedó con el mariachi de sus parientes, los Pulido, y lo transformó en el Mariachi México. En 1935 emigró a la ciudad de México, donde conoce a Valentín Rojas, quien lo invita a formar parte de un grupo musical que tocaba en las cantinas y la vía pública en torno al barrio de Garibaldi.
Pepe, junto a don Miguel Martínez, trompetista, arreglista y compositor, hicieron algunos cambios que definirían al mariachi moderno, al agregar una segunda trompeta, que inhibe con su estruendo a los violines, dándoles a los metales el peso de la melodía; además, como estaban de moda los tríos de guitarras, hicieron que el mariachi cantara a “tres voces”; así que el día de la Candelaria (2 de febrero) de 1953, nació una concepción del mariachi ya plenamente urbano, adecuado a repertorios nuevos, en otros contextos. La trayectoria del Mariachi México es más o menos sencilla de seguir, por su fama, y no es el objetivo de este texto. Don “Pepe” murió el 24 de julio de 1986.
La familia, como sucedió con otras de la cuenca sur del Lago de Chapala, decidió migrar a los pueblos y haciendas del sur de la Sierra del Tigre con la Revolución. Al igual que otras familias de músicos y campesinos, que hemos documentado en la región, no tenían tierra y tenían que moverse siguiendo el trabajo agroganadero en los ranchos, dónde además, ejercían la música como un oficio complementario o como una afición.
Esa movilidad de las familias no perdía la conciencia del linaje familiar, el cual, muchas veces, se remontaba varias décadas en el tiempo. Un buen ejemplo es cuando los hermanos Villa Pérez entran al Mariachi Michoacano Pulido, un grupo que Lázaro Cárdenas impulsó desde que lo acompañaron a su campaña electoral, y que estaba adscrito a la SEP. Don José de Jesús Villa Pérez, recuerda que:
A partir de entonces mi hermano y yo pasamos a formar parte del “Mariachi Pulido” que era de unos primos lejanos míos, pero primos al fin... ellos eran Pancho y David Pulido, cuando yo llegue a ese mariachi sabía que ellos nunca habían tocado en la radio.
Vamos a ver que tanta proximidad tenía el linaje y a la par vamos a conocer el desplazamiento de las familias. La pareja de Melesio Villa y Serafina Pérez nació en los ranchos de La Manzanilla de la Paz, después de bajar a Zapotiltic, regresan al norte y por eso en 1930 residen en Teocuitatlán de Corona.
El abuelo paterno de los Villa Pérez fue, según los registros documentales, Lugardo Villa, nacido en “Cojumatlán”, dice un documento, pero en su acta de nacimiento dice que nació en Mazamitla, sin embargo, sus padres si se casaron en Cojumatlán, Michoacán.
Lugardo Villa fue bautizado en Mazamitla, hijo de Pioquinto Villa [Villaseñor aparece en los documentos] Ayala, nacido en 1805, en Jiquilpan, y muerto hacia 1888, en la ciudad de México. Don Pío contrajo matrimonio con Ma Ignacia Valdovinos, en Cojumatlán en 17 de diciembre de 1829. María Ignacia nació el 26 de diciembre de 1811, en Jiquilpan, con calidad de “mulata”, y murió en el rancho de La Tuna Mansa, en Tizapán el Alto en 7 de septiembre de 1879, ahí nació Lugardo.
Al casarse Lugardo a los 20 años con Bacilia Torres, hija de Antonio Torres y Trinidad Miranda, ambos vivían en el Cerro del Gallo, en Tizapán el Alto, de donde también eran los abuelos maternos de los Villa Pérez, Ventura Pérez, y María Isabel Díaz.
El nacimiento de los Villa Pérez en Zapotiltic, responde a esos circuitos buscando trabajo en las haciendas, ranchos y pueblos del sur del Jalmich. Ellos reconocen un parentesco con la familia Pulido, que se estableció al iniciar el siglo XIX, en Jiquilpan. Los Pulido, oriundos de la villa, no hicieron el recorrido por toda la región; sin embargo, aceptan a los Villa como “primos lejanos” ya en la ciudad de México.
Aunque el parentesco es “lejano” es interesante ver algunos rasgos parecidos en el fenotipo, como el pelo “chino”, la piel morena, que obedecen al linaje de los Valdovinos, mulatos de la región, y que muestran al mariachi como pluricultural y multiétnico. Tal vez ese “bajeo expectacular” de don Ernesto Villa, venga dando tumbos desde África al Bajío del mar Chapálico, al Jalimich y a la Tierra Caliente.

sábado, 31 de enero de 2026

Valses en la música fúnebre del Balsas

 En el Archivo Particular de don Alberto Albarrán hay unas transcripciones de valses que se usaban en la música fúnebre de la región. Uno es "Rizos de Oro", del peruano Julio Felipe Federico Pinglo Alva (Lima, 18 de julio de 1899 - 13 de mayo de 1936), del que también hay una versión de "Herlinda" (nombre de su esposa y a quien compuso un vals, o bien el de su amigo Alberto Condemarín, compuesto también a la esposa de Piglo). Felipe Piglo, o mejor dicho las editoras nacionales y regionales que fueron compradas por SONY, tiene registradas 112 composiciones en la SACM; lo que muestra que fue conocido ampliamente en México. Dejamos "Risos" que es como escribió don Alberto el título de la melodía para violín.


Pueden ver la versión de "vals criollo peruano" en:

La VIII Semana de la Música Tradicional. Un balance necesario.


La Semana de la Música Tradicional nació en 2012 con el fin de abrir un espacio de reflexión sobre las artes performativas del occidente de México y su contraste con otras regiones del país. En ése momento Flor Dalia Barajas, Patricia Cervantes y Elizabeth Avendaño emprendieron El Huerto, un cafecito y centro cultural donde se daban talleres, charlas y otras actividades en torno a la música tradicional de la Tierra Caliente, por lo que el lugar fue la sede de este primer evento. A la primera reunión asistieron los doctores: Jesús Jáuregui, Rafael A. Ruiz Torres, Alejandro Martínez de la Rosa, Carlos Ruiz, los entonces maestros José Rafael Rodríguez López, Lourdes Villaseñor, Ulises Fierro, y Camilo Camacho. Se discutió sobre la forma en que se construyen las “regiones musicales”, se dieron algunos talleres, se proyectaron videos y se cerró con un fandango épico.
A partir del segundo, algunas actividades se realizaron en la Facultad de Historia, cuyo apoyo siempre ha sido tan grande como el interés de sus alumnos, a veces una camioneta para ir a Pátzcuaro, otras café y galletas, el préstamo de las instalaciones (el auditorio o el aula multimedia), sólo eso. No obstante la ausencia de dinero, pudimos convocar a un Encuentro Nacional del Jarabe, cuyas charlas se realizaron en el Museo Regional Michoacano, en el Bosque Cuauhtémoc, y en la Facultad de Historia. Producto de ellas salió un libro que recién se presentó en este año.
La realización ha tenido saltos en el tiempo, no sólo por la pandemia, sino también porque el coloquio depende del ánimo de los organizadores y de las personas que deciden apoyarlo. Con intensión de hacerla crecer invitamos a la UIIM y a El Conservatorio de Las Rosas, pero llevarlo a Pátzcuaro siempre fue complicado y los estudiantes nunca consideraron que era relevante su presencia. Entonces lo dejamos sólo entre El Conservatorio y la Facultad de Historia, de la UMSNH.
Se trata de una reunión académica, por lo que los “gastos” de traslado, hospedaje y alimentación corren por cuenta de los ponentes, nunca prometemos nada, porque no tenemos nada. Ofrecemos café y galletas, y alguna comida para poder discutir con las personas que vienen, algunos tópicos.
Los objetivos han ido cambiando, pues de ser una reunión académica con “especialistas” y ante su ausencia (pues prefieren los foros nacionales e internacionales, como el del INAH, la UNAM, UACM y otros que ocurren por las fechas, y los comprendo), ahora privilegiamos a jóvenes que, sobre todo, salgan del propio grupo que organiza. La idea es que sean ell@s los organizador@s, con el fin de que aprendan, así como hacen música, o a hacer gestión y promoción cultural, a realizar investigación sobre las artes performativas que estudian y promueven. Algun@s de ellas y ellos se dan cuenta de la importancia de su participación, aunque privilegian sus propias actividades escolares; los que están en los posgrados, quienes deberían asumir con mayor compromiso su participación son a veces empáticos y otras bastante lejanos.
El dinero que sustenta siempre ha sido de nuestra bolsa, el café y galletas, cuando no hay promotores, las comidas de algunos ponentes algunos días, el hospedaje en mi casa, la velación a Santa Cecilia y el fandango en la cochera. A veces a los grupos locales les otorgamos un apoyo para la gasolina, pero nunca lo que realmente cobran, ésa es su manera de apoyar, por ello nunca había grupos de fuera y no volverá a haber grupos que no podamos atender bien y pagar sus honorarios.


En esta ocasión que trataba sobre la participación de las mujeres en la músicas tradicional tradicionales pretendíamos que fueran sólo mujeres las ponentes y que la organización tuviera a la cabeza una mujer; sin embargo, hubo reticencias y amenazas de salir de la organización, así que nuestra cabeza: Elizabeth Avendaño quedó anulada de la toma de decisiones, para no cancelar de última hora, dejamos “organizar” a quien decía tener todo resuelto; pero a cada intensión de que “creciera” en número de participantes de lugares distantes y con números grandes de músicas y músicos, dijimos: NO, que sean grupos locales y pequeños para poder atenderlos, no obstante tuvimos a grupos muy numerosos que no pudimos ni hospedar, ni alimentar. A cada intento de meter “conciertos” dijimos NO, este evento es un COLOQUIO DE iNVESTIGACIÓN, NO ES UN FESTIVAL, pero no se nos hizo caso. Yo les propuse realizar unos objetivos y les compartí los míos, no hubo contrapropuesta, ni lectura de lo que escribí, así que todos, incluso algunas de las moderadoras de las mesas dijeron que era un FESTIVAL y no un COLOQUIO. No señalo a nadie, al final, por querer delegar a una nueva generación, no pude lograr que se compartieran los objetivos, lo cual es un error mío y de nadie más. Ya me pasó con los campamentos y ahora con el coloquio; es necesario atraer, involucrar, dar responsabilidades y dejar en algún momento, en manos de la siguiente generación las actividades; pero antes hay que formarlos en la gestión académica, no sólo en la cultural. Mea culpa.
Esto trajo muchos problemas, se invitaron y mantuvieron a grupos muy grandes de personas, que venían de lejos y no cumplimos con el hospedaje y la alimentación. Además, algunos gestores comunitarios, ejectutantes y otras personas, acostumbradas a los eventos realizados por el Estado mexicano, donde se ofrece alimentación, hospedaje y comida a quienes asiste, se vieron inconformes ante promesas que sólo se hacía por día, alimentación un día y hospedaje una noche, y que nuestro organizador nunca aclaró y nunca encaró. Mi postura era, tu decidiste, tu enfrenta; aún así, personas que no deberían hospedarse en mi casa, porque estaba reservada para otras, se quedaron varios días y obligaron a los que siempre asisten a irse a dormir a hoteles. La “vergüenza” para decir, este lugar está ocupado, o esta comida la debes pagar tu, hizo que los malos entendidos crecieran, y ante ello preferí, evitar la confrontación (pues a mí no me correspondía aclarar) aunque fuera la “cabeza” visible de la organización. Asumo que debí hacerlo y no lo hice.

El problema es que, desde mi perspectiva, debemos dejar fuera al Estado de ciertas acciones, sobre todo aquellas que atañen a la crítica del mismo. El gobierno de Michoacán, invierte millonadas en los Festivales Internacionales de Cine, de Música y de Órgano, y deja algunas migajas a las otras expresiones artísticas populares. No nos corresponde hacer FESTIVALES, sino a realizar reuniónes con perspectiva crítica sobre la política pública del Estado. Aunque “marginal” en su organización, la Semana de la Música Tradicional es importante para pensar sobre el papel que las Indutrias culturales, el Estado, la Iglesia y los propios Agentes culturales tienen en la conformación y transformación de las prácticas que denominamos como “tradicionales”.
Aunque estamos abiert@s a la participación de la “comunidad sonera” (una creación reciente en Michoacán), lo cierto es que, en más de una década, la mayoría sólo consideran su participación como asistentes, escuchas, observadores, comedores de tamales y nada más. Aunque nuestro evento se pensó en la semana del 22 de noviembre, día de Santa Cecilia, como aglutinador de eventos, vemos necesario cambiar de fecha y ver si después de varios años celebrando el día como un motivador para reunirnos, esa incipiente comunidad decide retormar en sus manos la celebración.
La temática fue candente y trajo muchos malestares que se centraron en la organización de la VIII SMT, pero nosotros consideramos que: así como nosotros planeamos, convocamos y materializamos, otr@s colectivas están en su derecho e incluso responsabilidad de hacerlo. Acaba de surgir Huizache, que tiene ese fin, ojalá se materialice en el transcurso del año.
Varias personas que organizamos la VIII SMT el año que entra estaremos organizando el XXVI Encuentro Nacional de Pueblos Negros, en 2025, que reúne alrededor de 600 personas de todo el país, por tal motivo no convocaremos a la SMT; sin embargo, aquell@s que quieran transformarlo en un FESTIVAL, pueden hacerlo y meterlo al Profest de Conaculta, si quieren pueden usar la papelería (carteles, programas, actividades) como parte de su currículum y adelante; los que participamos en la VIII SMT no creemos en los FESTIVALES, organizamos casi 15 años uno (el Festival Cultural de la Tierra Caliente), y vimos que el crecimiento de audiencias e iniciaciónes artísticas no mejora con estos, sino con los talleres, por eso hicimos 20 años el Campamento de Verano: Música para Guachit@s. Pero ante la carencia económica y el trabajo arduo que implica juventud, decidimos cederlos a la nueva generación, y estamos a la espera, de: si se retomarán o sólo vivirán en el recuerdo.
Ya desde este año pensamos que es necesario hablar de Tradiciones Musicales, para no dejar fuera a las músicas que tienen una base en la lectoescritura musical, sin privilegiar lo oral sobre lo escrito, por el contrario, analizar los procesos de circularidad que hay entre estas prácticas; por ello, tal vez convoquemos de nuevo al Coloquio de Tradiciones Musicales, sólo tres días, y en agosto o septiembre (octubre y noviembre tiene muchos eventos musicales. No realizaremos ningún “concierto”, ni fandango formal. En mi casa siempre ocurren las reuniones musicales cuando se convocan, aunque esté lejos, y ahí ocurrirán si hay la necesidad o el gusto. Será una reunión de convocatoria abierta, aunque privilegiaremos a l@s jóvenes investigador@s, de nuevo con un tema centrado en formas líricas, musicales o performáticas, o en acciones del Estado, las Industrias culturales o las Iglesias. Coloquios que pulicaremos en digital, pues el costo de las ediciones impresas esta alejado de nuestras posibilidades. Convocaremos en algunos recintos en el centro de la ciudad, museos o auditorios de la UMSNH, pero no en una misma sede y no siempre con los mismos logos. En resumidas cuentas, daremos dos pasos para atrás, porque el crecimiento debe ser “natural” y sin dependencia del Estado, para tener capacidad de crítica. Están invitad@s a colaborar o no en la IX Semana de las Tradiciones Performativas, en 2026.
Antes de terminar es necesario agradecer a todos lqs implicad@s en la organización (sobre todo a las y los chicos del Conservatorio de Las Rosas), a las y los investigadores que acudieron, a l@s asistentes, escuchas, bailadoras, bailadores, músicas y músicos que hicieron posible la VIII SMT, a Miguel Ángel Camacho Barajas que me dió $3,000 pesos de su beca para los tamales y no se comió ni uno; a José Ignacio Maldonado Cerano, que pagó el traslado y el desayuno a Las Coronelas, a Yasbil Mendoza Huerta que trajo a toda la familia para poder compartir con nosotros el día viernes en la tarde, a Ana Zarina Palafox, a quien le debo un corazón nuevo, pero su generosidad no tiene límites, a David Durán Naquid, que siempre está dispuesto a colaborar, cargando la tabla, los instrumentos y poniendo de su bolsa la gasolina que implica; seguramente faltan muchos y muchas que de manera desinteresada resuelven comprando hojas, llevando equipo, repartiendo alimentos, o invitando el agua de jamaica (como Jovana Gamiño). A todos, todas y todes gracias, porque como dice Ángeles: “siempre hago eventos sin dinero”....