lunes, 9 de marzo de 2026

El bordón en las músicas del occidente

En otros espacios del occidente, en particular en la Tierra Caliente, podemos ver ciertos lineamientos estéticos en lo festivo que parecen compartirse con las formas festivas en la cuenca del Río Quitupan-Tuxpan-Coahuayana, región cultural que es vecina, y que podemos "dividir" para caracterizar en: el Jalmich, al norte, el Eje Neovolcánico (que incluye las sierras de Quitupan, Santa María del Oro, los planes cañeros, la Sierra Madre del Sur y la Costa.
La asociación entre timbres graves, tiempos lentos y una postura encogida al bailar, en los valles más calientes, propicios para la agricultura de monocultivo y de comercialización fuera de la región (como la caña de zucar, el añil y la ganadería extensiva), que se ven en los lugares donde la presencia de afroindígena se puede observar no sólo en lo genético, sino también en estas marcas culturales. Lo anterior contrasta con criterios estéticos casí “opuestos”, donde los tiembres agudos, los tiempos cortos y una postura estirada al bailar que tienen los rancheros de apariencia “criolla”, o eruomestiza, como diría Gonzalo Aguirre, dedicados a la agricultura y ganadería de autosubsistencia, cuyos excedentes se venden en los mercados locales de los pueblos y villas a las orillas de la región.
Tenemos algunas referencias para pensar que estaban diferenciadas al norte de la región, donde la influencia de las culturas del Bajío (que incluye a los lagos y lagunas del occidente, donde el río Lerma se transforma en el Santiago) y su variante de Los Altos se reunen en la cuenca de Chapala; territorio de origen de la familia de instrumentos musicales de la vihuela mexicana, o “mariachera”, que incluyen a la más pequeña (la “coculense”, el “vihuelón” y al guitarrón). El “bordoneo” del guitarrón, el bajo de esta región (cuyo centro mitificado es Cocula), era “sencillo” (se tocaba una sola cuerda), y “goteado”, es decir, tocaba a tiempo en el acorde, a veces sólo en el bajo fundamental se acentúa. En cambio, al sur de la región de estudio, el arpa es el instrumento que realiza el bajo; usualmente toca cuerdas dobles (bajos octavados) “alegrando”, es decir, realizando las tres notas del acorde y secuencias de “pasatono”, que son 4 notas para ir de una tonalidad a otra; pero además, suelen hacer contratiempos y síncopas (omitiendo algunas notas del acorde), cambiando los acentos.
En la ciudad de México, Ernesto Villa, arpero nacido en Zapotiltic, con un origen familiar en Teocuitatlán, fue el encargado de enseñar a tocar esos bajos dobles, que él hacía en el arpa, al jóven guitarronero Gonzalo Meza García, también de Teocuitatlán, pero ya en la ciudad de México. Ernesto Villa era un músico “lírico”, es decir que no conocía la lectoescritura musical, y por la insistencia de Rubén Fuentes en obligarlo a aprenderla, y algunos problemas de dinero, decidió salir del Vargas. Ese estilo “alegre”, improvisado, por el cual algunos consideran a “El Grosello” (Gonzalo Meza García) el mejor guitarronero de todos los tiempos, no fue entendido por Rubén Fuentes, quien quitó toda la improvisación y exigió que el bajo se ciñera a lo que anotaba en sus arreglos; así que apartir de ése momento, el bajo “sobrio”, que “toca lo que está en el papel” sin agregar nada, de Natividad de Santiago, fue considerado “el mejor”, para un mariachi de estudio de grabación y un público urbano que no conoce la tradición festiva en la que se inserta esa música.

A partir del “éxito” del mariachi de los Vargas en la música de masas, las técnicas interpretativas cambiaron y se volvieron referentes, en cada periodo de su propuesta musical mediática, así que los mariachis populares emulan a “guitarroneros” del Vargas, sin saber que lo que emulan, en realidad son dos estilos ubicados en espacios distintos, uno al sur de la región, caracterizado por la libertad interpretativa y riqueza rítmica, y otro cuyo referente es el bajo discreto, anotado en los arreglos, que no “opaca” al resto de la música, y que fue creado por Ruben Fuentes en el medio urbano, pensado para el estudio de grabación y el “sistema de estrellas” de la industria cultural mexicana. Del que algunos folcloristas intentamos distanciarnos en nuestra ejecución performática nostálgica.
Una disgresión complementaria sobre el vocabulario. En la región se suele colocar al lexema que caracteriza al instrumento musical, por ejemplo “violín”, los sufijos derivativos que indican que se trata del ejecutante, como “er/o” y que puede variar en número “violineros”, o en género “violinera”; incluso hay un son, “La Violinera”, que fue interpretado por Las Hermanas Padilla y el Mariachi Vargas de Tecalitlán, que nos muestra la forma usal en la región para formar palabras derivadas que indiquen la ejecución de un instrumento musical por una o más personas. La Violinera forma parte de esas apropiaciones “tan comunes”, pero tan éticamente incorrectas, de registrar patrimonios culturales regionales como propios, para su usufructo económico y de prestigio, que Rubén Fuentes y Silvestre Vargas hicieron sin pudor alguno.
Regressando a la disgresión, es interesante que luego, la forma urbana, recurre al morfema “ista”, y usualmente se piensa como “correcta”, y por ello aparecen en los medios escritos o locutivas: “violin/ista”, “vihuel/ista”, “arp/ista” y “guitarron/ista”, que en el habla local suenan “raros”.
Pa que tanta brincadera
estando el suelo tan parejo,
que me siga la tambora

y que traiga la violinera 

En nuestros escritos usamos la forma regional de construir los términos que refieren a los y las ejecutantes de instrumentos musicales, y no caemos en el garlito de pensarlos “incorrectos”, por el contrario, quedan muy claros y no nos confundiremos con los intérpretes de orquesta urbana y escénica.



domingo, 8 de marzo de 2026

Lino Quintero Ochoa, violinista

A decir de Silvestre Vargas, seguramente transmitiendo la memoria de su padre, los primeros miembros del Mariachi Vargas fueron: Gaspar Vargas López (ejecutante de la guitarra de golpe), Manuel Mendoza Mendoza (tocaba el arpa grande), Refugio Hernández Vargas (el primer violín) y, un segundo violín, tocada por Lino Quintero Ochoa. Lamentablemente Lino murió joven, a causa de una bala, en 1901; a los 38 años, pues había nacido en 1863. Su linaje provenía de Tuxpan y no tiene relación cercana con los hermanos Rafael y Jerónimo Quintero, quienes provenían de Ciudad Guzmán, el antiguo Zapotlán El Grande, y también formaron parte del mariachi de los Vargas, en sus inicios. No obstante, sería interesarte explorar hacia atrás en el tiempo ambos linajes y ver si se entrelazan en algún punto.

        Iniciaremos esta exploración genealógica con el matrimonio de don Cármen Quintero con doña Anselma Ochoa, el 2 de mayo de 1859, en Tecalitlán. Fueron sus  padrinos: Juan Ceballos y Felipa Arellano. Testigos del hecho .Antonio Adame, y Vicente Macías.

         Lino habría nacido hacía 1860, y contrajo matrimonio con Eduviges Ávalos, el 25 de abril de 1881, en la parroquia de Tecalitlán.

        La pareja de “Luis Quintero y Eduviges Ávalos”, bautizaron a María Asención, hija legítima de Encarnación Pulido y de Librada Barajas, el 16 de agosto de 1883, en Tecalitlán.

            El día 3 de enero de 1884 bautizaron a su hija María Prisciliana, nacida 10 días antes. Quedaron registrados sus abuelos paternos: José Carmen Quintero y Ana Soto Ochoa; los abuelos maternos fueron: José María Ávalos y María Reyes Hernández.

            La hermanda de Lino, Apolonia Quintero, contrajo matrimonio con Vicente Manríquez, en Tuxpan, el 16 de febrero de 1889. Ambos vivían en Espanatica, el primero soltero, de 23 años, labrador, hijo de Pioquinto Manríquez, que entonces vivía y de Nemecia Ceja, finada; la segunda dijo: que también es originaria de Espanatica, célibe, de 16 años, hija de Cármen Quintero y de Anacleta Ochoa, que viven. Uno de los testigos: Bartolo Alcaráz, aparece registrado como soltero y músico.

            El padre de Lino murió el 11 de abril de 1892 en Tuxpan, de influenza, y dio parte a las autoridades su yerno Vicente Manriquez. Carmen Quintero falleció a la edad de 60 años, estaba casado, fue labrador, originario de Tuxpan, hijo de Vicente Quintero y Margarita Jiménez, difuntos, dejó libre a Aniceta Ochoa, de 48 años.

En Tecalitlán, el 21 de enero de 1899, Lino Quintero, jornalero de 36 años, de esta vecindad, casado con Eduviges Gómez, de 30 años, registró a su hija María Jesús, nacida el día 14 del mes, a las 2 de la tarde, en el cuartel 4o. La niña era  nieta, por línea paterna, de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, y por la materna de José María Gómez y de Reyes Hernández.

        Un año después, en el mismo Tecalitlán, el día 28 de septiembre, Lino Quintero, jornalero de 40 años, de esta vecindad, casado con Eduviges Gómez, de 35 años, compareció ante las autoridades y dijo: que el día 15 del presente mes, en el cuartel 5o, dio a luz su esposa al niño que presentó vivo y que se llamaría Adolfo Quintero, nieto por línea paterna de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, y por la materna de José María Ávalos y de Reyes Hernández.

Todo parecía normal, pero a las 10 de la mañana del día 29 de diciembre de 1901, en Tecalitlán, compareció Candelario Gregorio Gómez [suegro de Lino], casado, fustero, de 76 años, de esta vecindad y dijo: que hoy a las 9 de la mañana en el cuartel 4o, “falleció de balazo”, Lino Quintero, casado, filarmónico, de 36 años, de esta vecindad, hijo legítimo de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, de esta vecindad, dejó viuda a Eduviges Gómez. El cadáver fue sepultado en fosa común, debido a la pobreza, en el cementerio del pueblo.

El primer segundero del mariachi de los Vargas, de Tecalitlán, murió de manera violenta al iniciar el siglo XX. No alcanzó a vivir los triunfos de su grupo musical con los compañeros; pero su existencia nos muestra que: vivir de la música en los espacios rurales del occidente de México no era ni redituable en lo económico, ni seguro para los músicos, incluso antes de que se desataran las revoluciones, las luchas agrarias por la tierra, y los levantamientos alentados por la Iglesia católica.

 



Catarino Romero Carrizales, “El Maldito”, violinista

 Don Silvestre Vargas recordaba sus inicios en la música de la siguiente manera:

 

...A los 14 [años] agarré el primer violín de carrizo y me puse a ensayar la primera melodía en una sola cuerda... Por cierto que el inventor de ese humilde instrumento [el violín de carrizo] fue Catarino Romero a quien le decíamos “El Maldito”. Este paisano mío fue la causa de que yo y Trinidad Olivera, alias “El Potrillo”, nos metiéramos de lleno al mariachi. Dicho violín se lo regalé a Rafael Vargas, íntimo amigo de mi juventud, poco antes de irme a la capital.

 


Catarino Romero fue violinista y miembro del mariachi de los Vargas. Hijo de Arnulfo Romero y de Toribia Carrizales.

Su madre María Toribia Carrizales Cárdenas, fue bautizada en 1864, en Zapotiltic, hija de Ramón Carrizales y María Lugarda Cárdenas. Su padre fue José Arnulfo Pedro Romero, bautizado el 30 de abril de 1862, en Ciudad Guzmán, hijo de Rafael Romero y Josefa Hernández.

Al parecer sus padres no contrajeron matrimonio, pues don Arnulfo Romero Hernández, quien fue comerciante se casó varias veces, o tuvo varias familias con diferentes mujeres. En Tecalitlán se casó con Ma Refugio Contreras en 1890. También en unión con Josefina López, en Ciudad Guzmán, tuvo hijos.

Catarino Romero Carrizales nació probablemente en 1880; pero no hemos podido encontrar la prueba documental.

En 1922, tuvieron, Arnulfo Romero y Josefina López, a su hija María Josefina del Sagrado Corazón de Jesús Romero López; fueron sus padrinos J. Félix Torres (comerciante de Sayula) y Aurelia Romero de Torres, hermana de Arnulfo. Su cuñado fue homónimo del músico y director de orquesta; pero todavía no sabemos dónde obtuvo Catarino Romero sus conocimientos musicales, que debieron incluir la lecto-escritura musical, pues aparece como “filarmónico” y no como “músico”, en su acta de defunción.

El violinista murió el 29 de febrero de 1928, a causa de un balazo que le dieron en la esquina de las calles Francisco I. Madero y Fernández de Lizardi, en Tecalitlán. Tenía 38 años y fue enterrado en “en fosa común, gratis a insolvencia”, pues sólo tenía a su madre Toribia Carrizales, quien ya era viuda. Atestiguaron el acto de entrega del cuerpo a su pobre madre Pablo Trejo, labrador, y José Isabel González, también “filarmónico”, ambos mayores de edad y vecinos del pueblo.

En 1930, según el Censo Nacional, doña Toribia Carrizal, viuda de 80 años vivía con su hija Porfiria Romero, de 28 años, casada por las dos leyes con Teodosio Barajas, jornalero de 34 años, en la casa número 58, de la calle de Corona, junto a sus nietos: Francisco Barajas de 11 años, escolar, Esperanza Barajas de 9 años, escolar, Salvador Barajas de 6 años, escolar, y las niñas Jesús Barajas de 4 años y Teresa de un año. Así que sus últimos años los pasó rodeada del amor de sus nietos.