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sábado, 18 de junio de 2022

María Juvenal Rojas Jaimes o “Juventina” Rojas


La violinista de la orquesta de Tlapehuala se llamó María Juvenal Rojas Jaimes, hija legítima, por el matrimonio religioso, de Dionisio Rojas y Merced Jaimes, nació el 4 de noviembre de 1919, y fue llevada a bautizar el 24 de marzo de 1920 por Guadalupe Arzate y Piedad Ávila. El acta de nacimiento dice que María Juvenal nació el 10 de enero de 1920 en Tlapehuala. Fue hermana de Carlota Rojas Jaimes, ejecutante de la guitarra en la orquesta.

    No nos queda claro porqué se cambió su nombre legal y decidió usar el de su tía; pero sabemos que es la misma persona porque al presentar ante el Registro Civil de Tlapehuala a su hija Zahara Echeverría, el 4 de diciembre de 1943, se presenta como “Juventina” Rojas, de 24 años, doméstica, mexicana e hija de Dionisio Rojas y Ma. Merced, ambos de Tlapehuala. En tanto el padre es Javier Echeverría, de 26 años, industrial, mexicano, nativo de Cutzamala, avecindado en Tlapehuala, hijo de Reynaldo Echeverría y de Zahara Soto, ambos domiciliados en Cutzamala.

        Los Echeverría fueron también una familia de músicos, uno de cuyos miembros, Salomón, grabó con Bardomiano Flores, y era tío de don Cástulo Benítez de la Paz. Tal vez por ello aparecerán constantemente como padrinos de infantes de linajes musicales y en sus actos civiles los testigos serán también músicos. El 16 de agosto de 1944 fueron padrinos de María de la Luz Aguilar Núñez, de Tanganhuato, y el 23 de ése mes y año llevaron a bautizar a Alicia Pastenes Felizola.

            Bolívar Echeverría Rojas nació el 22 de diciembre de 1945; fue registrado el 10 de enero del siguiente año, y atestiguaron el acto Maximino Segura, de 26 años, artesano, Hermelindo Piedra, de 45 años, también artesano, ambos de Tlapehuala. Abelardo nació el 31 de agosto de 1950, su padre dijo tener 35 años, dedicarse al comercio, y su madre de 25 años, se ocupaba en las labores domésticas. Los testigos fueron Alfonso Segura, de 41 años, comerciante, y Darío Arzola de 65 años, comerciante, ambos con domicilio en Tlapehuala. El junior Javier nació el día de la Candelaria de 1952, fue bautizado hasta el 27 de enero de 1957 acompañado de sus padrinos Romeo Calderón y Paula Segura. Ese mismo año, el 2 de julio, se registró a Víctor Hugo, que había nacido el 19 de junio de 1947, fueron testigos: Alberto Salmerón, de 60 años, agricultor y Alfonso Segura, con 40 años, comerciante, ambos con domicilio en Tlapehuala.

        No hemos encontrado otros registros de la violinista, por lo que no sabemos a qué edad, en qué lugar y cuando dejó este mundo.

Carlota Rojas

  

La señora Carlota Rojas Jaimes, “guitarrera”, es decir: ejecutante de la guitarra, en la orquesta de Tlapehuala, nació el 1 de mayo de 1913, hija legítima de Dionisio Rojas y de María Merced Jaimes; fue bautizada hasta octubre y fueron sus padrinos sus tíos Tirso e Ismael Jaimes.
                  Su primer matrimonio fue con Eulogio G. Giles, un comerciante e “industrial”, soltero de 28 años, originario también de Tlapehuala, pero avecindado en Tlalchapa, lugar donde se verificó la presentación matrimonial el 22 de septiembre de 1937; era hijo de Moisés R. Giles y María Asunción Galán, en ése momento vivos. Carlota dijo tener 21 años, “dedicada a la profesión de su sexo”, hija legítima Todos los testigos eran comerciantes, industriales y empleados, oriundos de Tlalchapa.
                 Lamentablemente la dicha duró poco, un año después, el 30 de noviembre de 1938, Eulogio fue muerto por una herida de bala; según declaró su pobre madre María Ascensión Galán de 50 años, “sin profesión”, originaria de Tlapehuala. En ése mismo año murió don Moisés Giles. Eulogio fue registrado como “obrero” y enterrado en el panteón municipal.
                      Doña Carlota tenía dos meses de embarazo cuando su marido murió, así que el 24 de mayo de 1939 dio a luz una niña a quien puso por nombre ante la Iglesia María Ofelia, bautizada cuatro días después y fueron padrinos sus cuñados, Ezequiel Galán y Honoria Galán. El 26 de mayo fue al Registro Civil y le puso por nombre María Ángeles Rojas, registrada como hija legítima suya y del señor Eulogio Giles, difunto.
                  El 18 de noviembre de 1943 Carlota Rojas y Eustreberto Salmerón fueron padrinos de una niña llamada Merced, hija de José María Navarro y Agustina Navarro.
                     Carlota Rojas fue madrina de varios niños en compañía de miembros de familias musicales. El 20 de septiembre de 1943 bautizó a Jesús Nájera de la Rosa en  unión de su cuñado Javier Echeverría. El 5 de noviembre de 1945 fue madrina de Roberto, hijo legítimo de Nicolás Salmerón, filarmónico, y de Guadalupe Navarro, violinista y su compañera en la orquesta; luego el 16 de julio de 1947, volvió a ser comadre de Nicolás Salmerón y de Ma. Guadalupe Navarro, al bautizar a María Asunción, junto con Emigdio Galán, que también era músico y quien se convirtió en su concubino; con él también fueron padrinos de José Justo Pineda Salmerón, el 17 de enero de 1949.
                 El 8 de julio de 1949, Tlapehuala, nació Elena Rojas,  hija natural de Emigdio Galán de 40 años, filarmónico, mexicano, y Carlota Rojas de 42 años, doméstica, mexicana. Fueron sus abuelos paternos: Epigmenio Anacleto, ya finado, y Ascensión Galán, de Tlapehuala. Elena fue bautizada el 1 de octubre de 1949, en la iglesia parroquial de la Asunción de María, en Tlapehuala. Aunque tuvieron mas hijos, Emigdio Galán continuó casado con Elpidia Navarro, hasta su muerte en 1973.
                No sabemos aún cuándo y donde murió doña Carlota Rojas, ejecutante de la guitarra en la orquesta de Tlapehuala.

jueves, 16 de junio de 2022

Paula Juan Miranda

  Paula Juan, tocó el clarinete en la orquesta que dirigió Filiberto Salmerón. Su esposo Salvador Flores fue hermano del músico Filiberto Flores, filarmónico, muerto en la toma de Tlapehuala en 1924, probablemente también tuvo una práctica musical.

La clarinetista María Presentación Juan Miranda fue “presentada” ante el juez en Tlapehuala, el 23 de noviembre de 1921, por su padre: Daniel Juan, entonces de 38 años, soltero, e hija de María David Miranda. Nació en la cuarta manzana del pueblo, en la calle de la Independencia (después llamada Guerrero), donde vivían varias familias de músicos y pirotécnicos con cuyas hijas formarían la orquesta.
En la calle de la Independencia, casa número 22, vivía don Daniel Juan de 46 años casado por lo civil con María David Miranda, entonces de 40 años, con sus hijos Anatolio de 16 años, soltero, nuestra biografiada Paula de 14, soltera, Eusebio de 10 escolar, Gelacia de 7 años y Gildardo de 6.
El 26 de mayo de 1930, en esa casa, de la segunda calle de la Independencia se presentó el juez para casar a los señores Daniel Juan con la señora María David Miranda, ambos mexicanos, católicos, de “raza indígena mezclada con blanca”, el primero tenía 46 años de edad, era “soltero”, agricultor, originario y vecino de Tlapehuala y “con domicilio en la casa donde se celebra este acto”, hijo natural de los finados Mateo Juan y Juana Bautista. Su esposa tenía 40 años de edad, era “célibe” jurídicamente, para la época “sin profesión”, originaria y vecina también de Tlapehuala, hija natural de Filomeno Miranda y Catalina Real, también finados. Aprovecharon el acto para legitimar a sus hijos menores de nombre: Bartolo, Paulina, Eusebio, Gelacia y Gildardo Juan que entonces vivían.
Paula se casó el 31 de marzo de 1937 en la casa paterna con Salvador Flores, entonces de 25 años de edad, soltero, obrero, originario y vecino de Tlapehuala, hijo legítimo de Francisco Flores, ya finado y de la señora Marta Quiteria que vive. Ella declaró tener 16 años de edad, soltera, sin profesión, originaria y vecina también de Tlapehuala, hija legítima de Gabriel Juan y David Miranda.
Al casarse su hermano Eusebio Juan Miranda con la señora Ma Leocadia de Nova, el 18 de diciembre de 1937, se presentaron como testigos a Ignacio Rojas y Eufrocino Salmerón que era su vecino, pero también firmó Juventina Rojas, una violinista de la orquesta que asistió al acto. Su hermano tenía 27 años y se ocupaba como “varero en pequeño”. Se divorció y se volvió a casar con María Purificación Flores Núñez, entonces de 17 años, hija de José Flores y Glafira Núñez.
Al casarse su hermana Gelacia Juan, a los 17 años, con Salvador Jaimes de 20, ejidatario, hijo del también ejidatario Francisco Jaimes y de Francisca Carranza se presentaron por testigos a Emigdio Galán, filarmónico, casado con Carlota Rojas, guitarrista en la orquesta, a Bardomiano Flores, también filarmónico reconocido de Tlapehuala, y Emilio Isidro entonces de 59 años de edad casado, comerciante originario y también músico, que tenía un son que le caracterizaba, pero como sucede con otros sones sin nombre y del repertorio tradicional, se ha atribuido su autoría a Filiberto Salmerón.
La pareja de Salvador Flores y Paula Juan llevaron a registra a su hija Maricela Flores, nacida el 4 de noviembre de 1950, nueve días después. El padre declaró tener 39 años, dedicarse al comercio. Ella tenía 26 años, y “doméstica”. Los testigos fueron dos comerciantes Bruno Bustamante, 29 años, y Álvaro Mojica, de 30 años, ambos con domicilio en Tlapehuala.
Aunque en las actas del Registro Civil no aparecen las prácticas musicales de la familia Juan Miranda, es evidente, por la aparición de varios músicos de Tlapehuala como testigos, tenían vínculos de amistad y probablemente también laborales. Aunque las otras mujeres músicos que participaron en la orquesta provienen de familias musicales y Paula Juan, aparentemente “no”, el que se haya casado con un miembro de una genealogía musical, como las y los Flores es también una probable explicación a su actividad musical.
Es interesante que doña Paula Juan ejecutara un instrumento musical de viento, los cuales socialmente se restringían en el siglo XIX para su ejecución por mujeres. Se pensaba que “deformaban” el rostro femenino al ser ejecutados, sobre todo los de boquilla circular (trompetas, saxhorn o “charchetas”, trombones, tubas) que exigían fuerza de expeler el aire; sin embargo, las flautas traveseras, los clarinetes y algunos saxofones eran considerados “adecuados” para las mujeres, según podemos ver en los programas escolares de las instituciones formales dedicadas a la enseñanza musical, como las Academias de “Niñas” o para “Señoritas”, las Escuelas Normales e incluso las universidades estatales.
El periodo de los años 30, hasta los 60, hubo un “abaratamiento” y disponibilidad de los instrumentos de viento, los cuales siempre han sido más caros en los contextos rurales que los de cuerda. Ello provocó el traslado de músicos de los conjuntos de cuerdas a las bandas; por ello, muchos linajes de músicos tradicionales ahora tocan en bandas de viento “modernas” (yo las llamaría “populares” por sus repertorios mediáticos); pero esa, ya es otra historia.

miércoles, 15 de abril de 2020

También las mujeres pueden...


En el pasado, la actividad laboral como músico tradicional estaba restringida socialmente para las mujeres, aunque en todas las regiones del país hay excepciones recordadas de mujeres que desarrollaron una práctica profesional, en general era “mal visto” que las mujeres tocaran música fuera de los ámbitos privados, como el hogar, o públicos, pero relacionados con la Iglesia. En los ámbitos urbanos la situación era distinta cuanto más se alejaba de la música popular, pues las mujeres ejecutantes del piano y violín como concertistas no eran raras.
Chanecas, VIII Encuentro Internacional de Decimistas

           A partir de los años 50, conforme llegaban otros ritmos y dotaciones instrumentales del extranjero, las músicas tradicionales se refugiaron en las cantinas,; eran espacios fundamentalmente masculinos, donde las mujeres no eran aceptadas y aquellas que trabajaban ahí se les relacionaba con las prostitución, por lo que estaban estigmatizadas socialmente y no era habitual que la mayoría de las mujeres participara artísticamente en esos espacios.
         En la actualidad, las músicas tradicionales están trasladándose de los espacios rurales a los urbanos; sus ejecutantes dejan de ser campesinos pobres y ahora son jóvenes estudiantes y profesionistas que pertenecen a las clases medias. Estos cambios y transiciones han revalorado la práctica musical tradicional, ahora tiene cierto prestigio tocarla, cuando menos entre las clases medias; y puesto que los primeros profesionistas en tocarlas fueron profesores normalistas, muchos de ellos con un origen familiar rural, entonces se ha ponderado la necesidad de que forme parte de la currícula informal de la educación básica.
         Muchas de las acciones de fortalecimiento y revitalización de las músicas tradicionales en México, tienen como parte de sus estrategias la formación de una nueva generación de artistas tradicionales mediante talleres de ejecución de instrumentos musicales, de creación lírica, de baile y construcción de instrumentos tradicionales. Estos talleres permanentes, realizados durante el año, o de “verano”, en vacaciones, generalmente cuentan ya con materiales didácticos que facilitan la aproximación de los niños a las artes tradicionales.
             La revaloración de las artes tradicionales y su creciente prestigio ha transformado también las ideas de quiénes deben practicarlas. Ahora niños y niñas participan de los talleres y aprenden por igual a tocar y bailar, sin que se realicen las divisiones sociales por género del pasado, que ponderaban la práctica musical como masculina y la dancística como femenina. Aunque a distintos ritmos, de acuerdo con las condiciones propias de las regiones musicales, la participación de niños y niñas está generando grupos musicales mixtos, o solo con participación femenina, que tienen fundamentalmente sus campos laborales en los talleres como formadores, como parte del cartel de festivales de música tradicional, como ejecutantes en fiestas familiares, o como productores de discos y libros; sin embargo, la equidad de género no han logrado penetrar en los espacios de refugio de las artes tradicionales, las cantinas, ni en las prácticas rituales, aunque es probable que en algunas generaciones se logre plenamente.
         La equidad en los espacios profesionales de las artes tradicionales no se ha alcanzado aún, pero cada vez que más niñas y jovencitas aprenden, participan en los talleres y conforman grupos, junto con las actividades relacionadas, como la promoción, la difusión y la gestión, también están abriendo espacios para que otras más se incorporen de tal manera que, es muy probable que se alcance una participación igualitaria en las músicas tradicionales en el futuro.


(4 de abril de 2017)


¿Cantinear o no cantinear ésa es la cuestión?


Yo creo que no hay que sacar a las músicas y artes tradicionales de la cantina, ése es su reducto de resistencia; pero tampoco tendríamos porque ser excluyentes, muy pocos foros verdaderamente culturales en las principales ciudades del estado se han abierto a las Artes Tradicionales, El Cactux, hará un par de años La Jacaranda; la Pínchekua, que sólo presenta a los p'urhépechas, porque parece que no conocen otra cosa nuestros funcionarios culturales, el Verso y Redoble, que siempre privilegia lo de fuera, como si lo de aquí estuviera muy bien, y los destellos esporádicos de Música y Baile Tradicional A. C., que el Encuentro Nacional de Jarabe, que sólo Dios sabe si se hará, que el Festival Cultural de la Tierra Caliente, que tiene un lustro que no se hace, y estoy pensando en espacios que contraten y paguen a los artistas tradicionales, no a los grupos de folcloristas que suplantan, porque de esos hay muestras pa' aventar pa' arriba, empezando por los festivales de ballet folclórico de adultos y de niños que financia la SECUM con muy pobre criterio, o el propio Verso y Redoble.

           Las músicas tradicionales viven, o sobreviven, en las cantinas en las pequeñas ciudades medias que son los “hinterland”, o núcleos de regiones, como Huetamo, Apatzingán, Tepeque, Arteaga, Puruarán, Tacámbaro, Zitácuaro, Los Reyes, Jiquilpan-Sahuayo, Lázaro, y sólo a veces en Morelia. De ahí habría que sacarlas con verdaderas opciones económicas: tres o cuatro talleres en las ciudades no lo van a hacer: Tepeque, Arteaga, Apatzingán, Buena Vista, Huetamo y Morelia, pienso en los financiados por las instancias gubernamentales, aunque manejados por ONG y grupos de promotores, que hoy tienen y mañana quien sabe, y el sepiterno moribundo, pero porfiado de MBT, no plantean posibilidades reales a los músicos, no pueden sobrevivir de ello.
            El más claro ejemplo es don Serafín Ibarra, que en otros lugares del mundo tendría un sueldo fijo y de por vida del Estado, cobijado por la UNIVERSIDAD o la SEE; pero que tienen que seguir cantineando y malpasándose, a pesar de que es diabético y un día (quiera Dios que en 50 años), cuando nos deje, todas las instituciones se van a pelear por hacerle un homenaje y recordarlo, y grabar sus discos..... Esa es la triste y cruel realidad, las Artes Tradicionales siguen en las cantinas, restaurantes, botaneros y ahí de vez en cuando, una tocadita familiar, para el abuelo que es amante de esto, antes de que llegue el mariachi o la banda, o el conjunto grupero/norteño; más escasamente un “Festival”, aniversario, fiesta de Septiembre o Noviembre, o una tocada para el gobierno, donde si les llegan a pagar 30,000 pesos estuvieron de suerte.
           De hecho creo que saber si un grupo toca en una cantina es un buen criterio para saber cuándo se trata de grupos de folcloristas y cuando no, por cierto, tocar en restaurantes familiares no cuenta y menos cuando no complacen al auditorio.... Para conocer a la música tradicional hay que buscar las cantinas, o las iglesias.... que al final son la oposición Dionisios/ Apolo.
           En algún momento, la UAG, la Universidad Autónoma de Guerrero tuvo en su nómina a don Juan Reynoso y sus músicos: Valentinez y Cástulo Benitez de la Paz, para que dieran conciertos, talleres y fueran como sus representantes. Aquí tenemos ejemplo de que se puede hacer, la propia SEE tiene a varios músicos y pireris p'urhépecha en sus nóminas, claro, no haciendo el trabajo que deberían, sino en actividades administrativas. De que se puede se puede...
           No es que NO DEBAMOS “sacar” a las artes tradicionales de las cantinas es que NO PODEMOS, no tenemos potestad ni dinero ¿O quién se echa ese trompito al uña...?


(4 de abril de 2017)


De géneros musicales y otros géneros


En mi familia, hay dos vertientes musicales por el lado materno, las experiencias van en los dos extremos de la práctica musical por mujeres. Mi bisabuela cantaba con una banda en tiempos de revolución, quedó viuda y con un titipuchal de chamacos; yo creo que, por los momentos en que eso sucedía, pudo haberse dedicado a la prostitución, lo cierto es que mi familia materna nunca vio "con buenos ojos a mi abuela", que se quedó huérfana y sola muy pronto, y no recibió ayuda. Yo no "vería con malos ojos", que mi bisabuela hubiera sido "huila", por el contrario, estoy orgulloso de que lo haya sido, como que mi abuela fue sirvienta, vendió mole y panza, cosió vestidos para que mi mamá fuera maestra y sus nietos tengamos un posgrado, no porque seamos muy chingones, sino debido a su esfuerzo doble y triple, porque como suele suceder, los maridos de mis abuelas fueron unos vaquetones, por eso, si algún apellido quiero "heredar" será Castañeda y no Zúñiga, ni Ayala, ni Martínez, y eso en segundo lugar, ora que se puede. Varios de sus parientes hombres se dedicaron al mariachi y murieron en el alcohol, con hernias por la trompeta, desaparecieron en Tijuana o en EU; y por el lado femenino, varias mujeres, tías incluso de mi abuela, tocaron el violín y la guitarra, cantaron, pero sólo en contextos familiares y la orquesta de la iglesia. Alguna de ellas tuvo su pareja y "se tuvo que ir a vivir a Tampico", porque en la mocha Guadalajara no podía, y de ella también estoy orgulloso.
La Bruja de Texcoco
          Yo creo que las generalizaciones son engañosas... ni todas las mujeres vinculadas profesionalmente a la música tienen que ser "putas", ni "dejar de ser "madres"" para poder tocar, sólo es cuestión de abrir espacios y ahí es una labor conjunta, de hombres y mujeres, y demás usos del género (LGBTI y demás letras del abecedario) ....vamos abriéndolos ¿cómo, dónde, con quién...? es lo que hay que preguntarnos, porque las luchas van en varios sentidos, la de "quitarle" la carga clasista de "popular" y llamarla "tradicional" para que sea aceptada y "consumida" por las clases medias se está dando, quitarle la carga de "género" para que sea indistinto quién toque y quién escuche es algo que se está haciendo, pero no de manera coordinada. 
              El ejemplo que conozco, es La Bruja de Texcoco, pero no es fácil, porque hay que "ser musica/o/x" y tocar, además de lo performativo, entonces pensemos ¿cómo ayudamos a que desde lo queer se cuestione esos roles de género en la música?
              No sólo es la cosa trasvestirnos, que ya ven que no me gusta el cambio de look, sino de participar en los colectivos que en nuestro propio espacio mocheliano están haciendo actividades de acción y reflexión; como el toro /tortuga que salió en la marcha del orgullo éste año;... y como más pronto cae jorgeamos que un hablador... pos amig@s, si queremos entrarle hay que actuar y no decir....yo estoy dispuest@ ¿cuándo le empezamos...?

(4 de abril de 2017)