lunes, 9 de marzo de 2026

El bordón en las músicas del occidente

En otros espacios del occidente, en particular en la Tierra Caliente, podemos ver ciertos lineamientos estéticos en lo festivo que parecen compartirse con las formas festivas en la cuenca del Río Quitupan-Tuxpan-Coahuayana, región cultural que es vecina, y que podemos "dividir" para caracterizar en: el Jalmich, al norte, el Eje Neovolcánico (que incluye las sierras de Quitupan, Santa María del Oro, los planes cañeros, la Sierra Madre del Sur y la Costa.
La asociación entre timbres graves, tiempos lentos y una postura encogida al bailar, en los valles más calientes, propicios para la agricultura de monocultivo y de comercialización fuera de la región (como la caña de zucar, el añil y la ganadería extensiva), que se ven en los lugares donde la presencia de afroindígena se puede observar no sólo en lo genético, sino también en estas marcas culturales. Lo anterior contrasta con criterios estéticos casí “opuestos”, donde los tiembres agudos, los tiempos cortos y una postura estirada al bailar que tienen los rancheros de apariencia “criolla”, o eruomestiza, como diría Gonzalo Aguirre, dedicados a la agricultura y ganadería de autosubsistencia, cuyos excedentes se venden en los mercados locales de los pueblos y villas a las orillas de la región.
Tenemos algunas referencias para pensar que estaban diferenciadas al norte de la región, donde la influencia de las culturas del Bajío (que incluye a los lagos y lagunas del occidente, donde el río Lerma se transforma en el Santiago) y su variante de Los Altos se reunen en la cuenca de Chapala; territorio de origen de la familia de instrumentos musicales de la vihuela mexicana, o “mariachera”, que incluyen a la más pequeña (la “coculense”, el “vihuelón” y al guitarrón). El “bordoneo” del guitarrón, el bajo de esta región (cuyo centro mitificado es Cocula), era “sencillo” (se tocaba una sola cuerda), y “goteado”, es decir, tocaba a tiempo en el acorde, a veces sólo en el bajo fundamental se acentúa. En cambio, al sur de la región de estudio, el arpa es el instrumento que realiza el bajo; usualmente toca cuerdas dobles (bajos octavados) “alegrando”, es decir, realizando las tres notas del acorde y secuencias de “pasatono”, que son 4 notas para ir de una tonalidad a otra; pero además, suelen hacer contratiempos y síncopas (omitiendo algunas notas del acorde), cambiando los acentos.
En la ciudad de México, Ernesto Villa, arpero nacido en Zapotiltic, con un origen familiar en Teocuitatlán, fue el encargado de enseñar a tocar esos bajos dobles, que él hacía en el arpa, al jóven guitarronero Gonzalo Meza García, también de Teocuitatlán, pero ya en la ciudad de México. Ernesto Villa era un músico “lírico”, es decir que no conocía la lectoescritura musical, y por la insistencia de Rubén Fuentes en obligarlo a aprenderla, y algunos problemas de dinero, decidió salir del Vargas. Ese estilo “alegre”, improvisado, por el cual algunos consideran a “El Grosello” (Gonzalo Meza García) el mejor guitarronero de todos los tiempos, no fue entendido por Rubén Fuentes, quien quitó toda la improvisación y exigió que el bajo se ciñera a lo que anotaba en sus arreglos; así que apartir de ése momento, el bajo “sobrio”, que “toca lo que está en el papel” sin agregar nada, de Natividad de Santiago, fue considerado “el mejor”, para un mariachi de estudio de grabación y un público urbano que no conoce la tradición festiva en la que se inserta esa música.

A partir del “éxito” del mariachi de los Vargas en la música de masas, las técnicas interpretativas cambiaron y se volvieron referentes, en cada periodo de su propuesta musical mediática, así que los mariachis populares emulan a “guitarroneros” del Vargas, sin saber que lo que emulan, en realidad son dos estilos ubicados en espacios distintos, uno al sur de la región, caracterizado por la libertad interpretativa y riqueza rítmica, y otro cuyo referente es el bajo discreto, anotado en los arreglos, que no “opaca” al resto de la música, y que fue creado por Ruben Fuentes en el medio urbano, pensado para el estudio de grabación y el “sistema de estrellas” de la industria cultural mexicana. Del que algunos folcloristas intentamos distanciarnos en nuestra ejecución performática nostálgica.
Una disgresión complementaria sobre el vocabulario. En la región se suele colocar al lexema que caracteriza al instrumento musical, por ejemplo “violín”, los sufijos derivativos que indican que se trata del ejecutante, como “er/o” y que puede variar en número “violineros”, o en género “violinera”; incluso hay un son, “La Violinera”, que fue interpretado por Las Hermanas Padilla y el Mariachi Vargas de Tecalitlán, que nos muestra la forma usal en la región para formar palabras derivadas que indiquen la ejecución de un instrumento musical por una o más personas. La Violinera forma parte de esas apropiaciones “tan comunes”, pero tan éticamente incorrectas, de registrar patrimonios culturales regionales como propios, para su usufructo económico y de prestigio, que Rubén Fuentes y Silvestre Vargas hicieron sin pudor alguno.
Regressando a la disgresión, es interesante que luego, la forma urbana, recurre al morfema “ista”, y usualmente se piensa como “correcta”, y por ello aparecen en los medios escritos o locutivas: “violin/ista”, “vihuel/ista”, “arp/ista” y “guitarron/ista”, que en el habla local suenan “raros”.
Pa que tanta brincadera
estando el suelo tan parejo,
que me siga la tambora

y que traiga la violinera 

En nuestros escritos usamos la forma regional de construir los términos que refieren a los y las ejecutantes de instrumentos musicales, y no caemos en el garlito de pensarlos “incorrectos”, por el contrario, quedan muy claros y no nos confundiremos con los intérpretes de orquesta urbana y escénica.



domingo, 8 de marzo de 2026

Lino Quintero Ochoa, violinista

A decir de Silvestre Vargas, seguramente transmitiendo la memoria de su padre, los primeros miembros del Mariachi Vargas fueron: Gaspar Vargas López (ejecutante de la guitarra de golpe), Manuel Mendoza Mendoza (tocaba el arpa grande), Refugio Hernández Vargas (el primer violín) y, un segundo violín, tocada por Lino Quintero Ochoa. Lamentablemente Lino murió joven, a causa de una bala, en 1901; a los 38 años, pues había nacido en 1863. Su linaje provenía de Tuxpan y no tiene relación cercana con los hermanos Rafael y Jerónimo Quintero, quienes provenían de Ciudad Guzmán, el antiguo Zapotlán El Grande, y también formaron parte del mariachi de los Vargas, en sus inicios. No obstante, sería interesarte explorar hacia atrás en el tiempo ambos linajes y ver si se entrelazan en algún punto.

        Iniciaremos esta exploración genealógica con el matrimonio de don Cármen Quintero con doña Anselma Ochoa, el 2 de mayo de 1859, en Tecalitlán. Fueron sus  padrinos: Juan Ceballos y Felipa Arellano. Testigos del hecho .Antonio Adame, y Vicente Macías.

         Lino habría nacido hacía 1860, y contrajo matrimonio con Eduviges Ávalos, el 25 de abril de 1881, en la parroquia de Tecalitlán.

        La pareja de “Luis Quintero y Eduviges Ávalos”, bautizaron a María Asención, hija legítima de Encarnación Pulido y de Librada Barajas, el 16 de agosto de 1883, en Tecalitlán.

            El día 3 de enero de 1884 bautizaron a su hija María Prisciliana, nacida 10 días antes. Quedaron registrados sus abuelos paternos: José Carmen Quintero y Ana Soto Ochoa; los abuelos maternos fueron: José María Ávalos y María Reyes Hernández.

            La hermanda de Lino, Apolonia Quintero, contrajo matrimonio con Vicente Manríquez, en Tuxpan, el 16 de febrero de 1889. Ambos vivían en Espanatica, el primero soltero, de 23 años, labrador, hijo de Pioquinto Manríquez, que entonces vivía y de Nemecia Ceja, finada; la segunda dijo: que también es originaria de Espanatica, célibe, de 16 años, hija de Cármen Quintero y de Anacleta Ochoa, que viven. Uno de los testigos: Bartolo Alcaráz, aparece registrado como soltero y músico.

            El padre de Lino murió el 11 de abril de 1892 en Tuxpan, de influenza, y dio parte a las autoridades su yerno Vicente Manriquez. Carmen Quintero falleció a la edad de 60 años, estaba casado, fue labrador, originario de Tuxpan, hijo de Vicente Quintero y Margarita Jiménez, difuntos, dejó libre a Aniceta Ochoa, de 48 años.

En Tecalitlán, el 21 de enero de 1899, Lino Quintero, jornalero de 36 años, de esta vecindad, casado con Eduviges Gómez, de 30 años, registró a su hija María Jesús, nacida el día 14 del mes, a las 2 de la tarde, en el cuartel 4o. La niña era  nieta, por línea paterna, de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, y por la materna de José María Gómez y de Reyes Hernández.

        Un año después, en el mismo Tecalitlán, el día 28 de septiembre, Lino Quintero, jornalero de 40 años, de esta vecindad, casado con Eduviges Gómez, de 35 años, compareció ante las autoridades y dijo: que el día 15 del presente mes, en el cuartel 5o, dio a luz su esposa al niño que presentó vivo y que se llamaría Adolfo Quintero, nieto por línea paterna de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, y por la materna de José María Ávalos y de Reyes Hernández.

Todo parecía normal, pero a las 10 de la mañana del día 29 de diciembre de 1901, en Tecalitlán, compareció Candelario Gregorio Gómez [suegro de Lino], casado, fustero, de 76 años, de esta vecindad y dijo: que hoy a las 9 de la mañana en el cuartel 4o, “falleció de balazo”, Lino Quintero, casado, filarmónico, de 36 años, de esta vecindad, hijo legítimo de Carmen Quintero y de Anacleta Ochoa, de esta vecindad, dejó viuda a Eduviges Gómez. El cadáver fue sepultado en fosa común, debido a la pobreza, en el cementerio del pueblo.

El primer segundero del mariachi de los Vargas, de Tecalitlán, murió de manera violenta al iniciar el siglo XX. No alcanzó a vivir los triunfos de su grupo musical con los compañeros; pero su existencia nos muestra que: vivir de la música en los espacios rurales del occidente de México no era ni redituable en lo económico, ni seguro para los músicos, incluso antes de que se desataran las revoluciones, las luchas agrarias por la tierra, y los levantamientos alentados por la Iglesia católica.

 



Catarino Romero Carrizales, “El Maldito”, violinista

 Don Silvestre Vargas recordaba sus inicios en la música de la siguiente manera:

 

...A los 14 [años] agarré el primer violín de carrizo y me puse a ensayar la primera melodía en una sola cuerda... Por cierto que el inventor de ese humilde instrumento [el violín de carrizo] fue Catarino Romero a quien le decíamos “El Maldito”. Este paisano mío fue la causa de que yo y Trinidad Olivera, alias “El Potrillo”, nos metiéramos de lleno al mariachi. Dicho violín se lo regalé a Rafael Vargas, íntimo amigo de mi juventud, poco antes de irme a la capital.

 


Catarino Romero fue violinista y miembro del mariachi de los Vargas. Hijo de Arnulfo Romero y de Toribia Carrizales.

Su madre María Toribia Carrizales Cárdenas, fue bautizada en 1864, en Zapotiltic, hija de Ramón Carrizales y María Lugarda Cárdenas. Su padre fue José Arnulfo Pedro Romero, bautizado el 30 de abril de 1862, en Ciudad Guzmán, hijo de Rafael Romero y Josefa Hernández.

Al parecer sus padres no contrajeron matrimonio, pues don Arnulfo Romero Hernández, quien fue comerciante se casó varias veces, o tuvo varias familias con diferentes mujeres. En Tecalitlán se casó con Ma Refugio Contreras en 1890. También en unión con Josefina López, en Ciudad Guzmán, tuvo hijos.

Catarino Romero Carrizales nació probablemente en 1880; pero no hemos podido encontrar la prueba documental.

En 1922, tuvieron, Arnulfo Romero y Josefina López, a su hija María Josefina del Sagrado Corazón de Jesús Romero López; fueron sus padrinos J. Félix Torres (comerciante de Sayula) y Aurelia Romero de Torres, hermana de Arnulfo. Su cuñado fue homónimo del músico y director de orquesta; pero todavía no sabemos dónde obtuvo Catarino Romero sus conocimientos musicales, que debieron incluir la lecto-escritura musical, pues aparece como “filarmónico” y no como “músico”, en su acta de defunción.

El violinista murió el 29 de febrero de 1928, a causa de un balazo que le dieron en la esquina de las calles Francisco I. Madero y Fernández de Lizardi, en Tecalitlán. Tenía 38 años y fue enterrado en “en fosa común, gratis a insolvencia”, pues sólo tenía a su madre Toribia Carrizales, quien ya era viuda. Atestiguaron el acto de entrega del cuerpo a su pobre madre Pablo Trejo, labrador, y José Isabel González, también “filarmónico”, ambos mayores de edad y vecinos del pueblo.

En 1930, según el Censo Nacional, doña Toribia Carrizal, viuda de 80 años vivía con su hija Porfiria Romero, de 28 años, casada por las dos leyes con Teodosio Barajas, jornalero de 34 años, en la casa número 58, de la calle de Corona, junto a sus nietos: Francisco Barajas de 11 años, escolar, Esperanza Barajas de 9 años, escolar, Salvador Barajas de 6 años, escolar, y las niñas Jesús Barajas de 4 años y Teresa de un año. Así que sus últimos años los pasó rodeada del amor de sus nietos.

 

 

sábado, 7 de marzo de 2026

Manuel Mendoza Mendoza, arpero.


Manuel Mendoza Mendoza, “El Garrote”, arpero oriundo de Tecalitlán, formó parte del mariachi de los Vargas de Tecalitlán desde que en 1898  Gaspar Vargas López y su primo José Refugio Hernández Vargas lo formaron; los primos tocaban violín y guitarra, pero necesitaban un arpa para tener la conformación mínima, tenían alrededor de 20 años y ganas de complementar su economía con la práctica musical, además de su interés afectivo con la música. Así que invitaron a un músico 9 ó 10 mayor que ellos, Manuel Mendoza, nacido en el municipio de Tamazula, en un rancho llamado La Higuerita, metido en las montañas al sureste del municipio, más próximo a Jilotlán de Los Dolores y a Tecalitlán, que a su cabecera municipal. Este hecho es de resaltar porque definirá ese “estilo de Tierra Caliente” que el propio Gaspar reconocía en el grupo musical.

      En 1932 don Manuel Mendoza, después de tocar 30 años con los Vargas, decide dejar el conjunto de arpa. Las memorias de Silvestre Vargas y de Nicolás Torres aseguran de que ya era “de avanzada edad”, y que estaba “cansado” de tocar; porque en esos momentos eran un grupo de pueblo que tocaba en combates, bodas, jaripeos y cumpleaños en los ranchos y pueblos del sur de Jalisco y Colima. No vivían de la música sino de sus actividades agrícolas, arrendando tierras, o trabajando como “jornaleros del campo”.

        Entró entonces don Francisco Álvarez, un arpero de Tamazula, quien al regreso de una temporada en la ciudad de Tijuana, Baja California, contratados por el empresario Mariano Escobedo, falleció en una riña.

Entonces ingresó José Mendoza Cortés, un arpero que tocaba como solista, oriundo de Zapotiltic; pero duró sólo un año. Luego en los años 70 la maestra Irene Vázquez Valle tuvo la posibilidad de grabarlo e incluyó su famosa polka “Salida del baño”, que se tocaba durante las bodas en la región. Duró apenas un año con los Vargas.

         Ya emigrados a la capital, entró Ernesto Villa Pérez, nacido en Zapotiltic, pero su familia era de Teocuitatlán, al norte de la región, y ahí aprendió a tocar; de ése pueblo salió a la ciudad de México para tocar con sus primos los Pulido. Tocó el arpa mas de una década en los años 30s y 40s, con Silvestre Vargas; pero salió por problemas con la manera en que se repartía el dinero y por no querer aprender a tocar “por nota”, como exigía Rubén Fuentes.

Es necesario evidenciar al apellido Mendoza y su relación con el arpa grande, no sólo en esta zona del sur de Jalisco, sino en otros espacios del occidente de México. El famoso conjunto de arpa grande de Cutzato, estuvo formado por Florentino Mendoza, senior en el arpa, y su hijo Florentino Mendoza, junior, era un excelente arpero solista, y sólo tenemos algunas transcripciones que dejó Francisco Domínguez, publicadas en 1941 como “Álbum de Michoacán”. En el caso de José Mendoza Cortés, de Zapotiltic, existe la grabación de campo de Irene Mendoza, y los que siguieron están en las grabaciones comerciales del Mariachi Vargas de Tecalitlán, para evidenciar su destreza en el manejo del instrumento. Es muy probable que los arperos del mismo apellido en el sur de Jalisco tengan algún grado de parentesco, y no sería raro que este apellido se vincule con las capillas de indios de las parroquias de la región, o con los músicos “ministriles” que fueron contratados para enseñar a los jóvenes de las élites indígenas, en Tzintzuntzan, por los franciscanos, o Tiripetío, por los agustinos, en el siglo XVI, y que se extendieron con la “conquista espiritual”, y musical, hacia la Tierra Caliente y la Costa del Sur, en el occidente novohispano, una vez establecidas las órdenes religiosas y consolidado el clero diocesano en el territorio de la Nueva Galicia.

        En tanto se realiza este trabajo de investigación sobre la “conquista musical” en el occidente de México, regresemos a Manuel Mendoza Mendoza. En Tamazula, en la iglesia parroquial, el 25 de noviembre de 1861 se unieron en matrimonio la señorita Trinidad Mendoza con Florentino Mendoza del Toro, de 30 años, “originario y vecino de la parroquia”, es decir, no vivía en el pueblo de Tamazula. La novia “no conoce el nombre de su padre”, y también era del territorio parroquial. Sus padrinos fueron: Miguel Barragán e Isidora Barragán.

          
 
La pareja tuvo varios hijos y fue hasta el 23 de junio de 1870 que llevaron a bautizar hasta a Tamazula a su “hijo legítimo”, Manuel, nacido el día 16, en La Higuerita, un rancho perdido entre las montañas, más próximo a Jilotlán, y por ello algunos actos civiles se realizan en ése pueblo, o en Tecalitlán, que en su cabecera. En la fe de bautismo dice que fue
 nieto por línea paterna de Antonio Mendoza y Nieves Orozco, y por la materna de Doroteo Mendoza y Ignacia Bravo. Sus padrinos fueron sus tíos: Antonio Torres y Francisca Mendoza.

            No sabemos ¿con quién aprendió a tocar el arpa? Sobre todo porque esos ranchos en las sierras del Eje Neovolcánico Transversal están aislados, tienen poca población, y esta se muda constantemente. Lo lógico es que fuera su padre, Florentino Mendoza del Toro, o alguno de sus tíos quien le dieran sus primeras lecciones, o que él tomara el arpa de algún pariente cercano para iniciar a tocar las primeras notas. Es de notar la coincidencia en el nombre y el apellido con los músicos del rancho de Cutzato, en la sierra al sur de Uruapan, en Michoacán, muy lejanos geográficamente; pero un indicio para explorar.

El 7 de enero de 1898, en Jilotlán de los Dolores, comparecieron el ciudadano Manuel Mendoza y la señorita Carlota González, para contraer matrimonio civil. Dijo el primero: que es soltero, de 25 años de edad  [en realidad de 28 años] labrador, originario de Tamazula y vecino de esta municipalidad hace algún tiempo en el Rancho de El Chivo, hijo legítimo de Florentino Mendoza, finado, y de María Trinidad del mismo apellido que vive. La segunda expuso ser “célibe”, de 17 años de edad, originaria de Tecalitlán y vecina de esta municipalidad hace algún tiempo, hija legítima de Joaquín González, que entonces estaba vivo y prestó su consentimiento para el matrimonio, y de Juana Arellano, finada. Testigos fueron testigos “Mendoza”, casado de 28 años, comerciante, José Jesús Mendoza, casado de 29 años de edad, artesano, Manuel Morales, casado de 22 años, artesano y José Ángel Ureña, soltero de 24 años, comerciante, todos de Jilotlán. La pareja procrearía 10 hijos que fueron naciendo en ranchos de Jilotlán y Tecalitlán, hasta que, por las labores muiscales de don Manuel, se avecindaron en Tecalitlán.

        Según la memoria de Silvestre Vargas, en 1898, a petición del presidente municipal de Tecalitlán, Trinidad de la Mora, integraron un grupo para participar en las fiestas patrias. Lo cual es dudoso, porque si bien ahora el “mariachi” es uno de los símbolos de lo “nacional”, en pleno porfiriato había un desprecio por lo rural, incluso la gente de los ámbitos rurales que vestía calzón de manta no podía ingresar a la plaza de Tecalitlán los domingos, según recordaba don Trinidad Mendoza, que fue compañero de banca escolar de Silvestre Vargas.

        En 1930, la familia Mendoza González ya residía en  Tecalitlán, según el Censo Nacional, vivían en la calle de Cuahutemoc, casa número 64, el jefe de familia era Manuel Mendoza, de 60 años, agricultor, casado por las dos leyes con Carlota González, de 43 años [en realidad de 49], con sus hijos Ramón Mendoza González, de 25 años, soltero, jornalero del campo; Pedro Mendoza González, de 18 años, soltero, jornalero; Adela Mendoza González de 12 años, escolar, Jesús Mendoza, niña de 8 años, escolar. En la misma casa vive la familia de  Cirilo Magaña de 70 años viudo, jornalero, Maximiliano Magaña, de 22 años, soltero, jornalero, Julián Magaña, 40 años, soltero, jornalero y Francisca Magaña, de 3o años, soltera, dedicada a las labores del hogar.

El año en que abandonó al mariachi de los Vargas, don Manuel y su esposa doña Carlota, vieron casarse a su hijo Pedro con María Dolores Barajas, el 20 de abril en Tecalitlán. El juez acudió a la casa  número 64, de la calle de Cuahutémoc para casar a Pedro Mendoza y la señorita María Dolores Barajas; el primero: soltero, de 18 años, jornalero agrícola, originario y vecino del pueblo, hijo legítimo del Señor Manuel Mendoza y de la Señora Carlota González que viven. La novia declaró que: era célibe, de 20 años de edad,  originaria y vecina también del pueblo, hija legítima del señor Feliciano Barajas “que vive y esta presente” y de la señora Juan Venegas, finada. Tan relevante hecho ameritaba testigos importantes; así que por parte de la novia  firman los ciudadano: Trinidad Olivera, soltero, y Gaspar Vargas, casado,  “mayores de edad y de esta vecindad”. Es muy probable que después del acto protocolario hubiera un mariache por la boda, y que tocaran los Vargas.

        Es probable que don Manuel Mendoza se dedicara al campo con sus hijos, pero no sabemos si alguno heredó sus conocimientos musicales. Falleció en Tecalitlán, el 12 de enero de 1944, según lo expresó su yerno y probablemente su sobrino Rafael Torres, casado con su hija Josefa, de 45 años de edad, originario de Tamazula. En “la casa sin número de la calle Cuahutemoc”, a las 9:30, “a consecuencia de gripa sin asistencia médica”, falleció el señor Manuel Mendoza de 66 años de edad [en realidad de 74 años]. Su cadáver fue inhumado en el Panteón municipal, en fosa de 2a clase por cinco años, “Gratis por gracia”, lo que quiere decir que su situación económica no era muy buena.

            Manuel Mendoza, arpero de la tradición de Jilotlán, compañero de Gaspar Vargas López y de su primo Refugio Hernández Vargas, era 9 años mayor que los primos Vargas, y con ellos formó el conjunto de arpa grande que, con el tiempo, ayuda del General Cárdenas, las industrias culturales de México y mucha viveza de don Gaspar, se convirtió en el afamado Mariachi Vargas de Tecalitlán, marca registrada por Rubén Fuentes.

jueves, 5 de marzo de 2026

El salto exitoso de “la barrera de color” de los Rebolledo, de Tecalitlán.


El origen del mariachi se ha mitificado en un pueblo indígena marginal al Camino Real de Colima. En el mito se han inventado el origen de la dotación instrumental y del nombre del conjunto musical vinculados a Cocula y su área circundante. El debate que abrió el redescubrimiento de El Mariachi, como locativo, que tal vez hace referencia a un tipo de árbol, y los argumentos de perspectivas profesionales desde la historia, la antropología y la etnohistoria sobre el tema, han apoyado la hipótesis de una tradición multinaciente, no centrada en una localidad, en todo el occidente de la Nueva España; lo cual no gustó a los coculenses; por ello, se han fabricado pruebas documentales apócrifas para sustentar estos dichos, cuyo origen son las inferencias que hizo Ignacio Dávila Garibi, únicamente con información local dispersa, sin ningún análisis crítico de sus fuentes, ni su contraste con otros potenciales “lugares de origen”; además, esto se da en medio de otra discusión decimonónica, una sobre la existencia de un pueblo y una lengua llamados “Coca”, en la cual el argumento del origen de mariachi, servía para apoyar la importancia y “centralidad” del pueblo y la lengua indígena que Dávila proponía.
En este texto vamos a dar cuenta de como la familia de don Plácido Rebolledo Sánchez, dio el salto a “la barrera de color”, es decir, cambió de “calidad”; pasó de que los consideraran “mulatos”, primero a ser reconocidos como “mestizos”, e incluso algunos miembros de la familia alcanzaron el de “español/a” de acuerdo con su fenotipo. Es muy probable, como sucede con otros linajes musicales en el Jalmich, que varios miembros de la familia Rebolledo, además de don Plácido, tuvieran una práctica musical; sin embargo, hasta el momento sólo podemos referir lo que recordaba don Silvestre, de sus charlas con su padre y sus tíos respecto a Plácido.
Don Plácido Rebolledo nació en 1820 en Tuxpan, Jalisco, registrado como “mestizo”; pero la mayor parte de su vida la desarrolló en el vecino Tecalitlán. Tocaba el violín y la guitarra, y “formó el primer mariachi, allá por el año 1840”, contó don Silvestre Vargas, en los años 70 del siglo XX, en una entrevista. Este mariachi formado alrededor de 1840, sería el primero que conocieron los Vargas, cuyo linaje residía entonces en los ranchos de Quitupan, aunque algunos miembros iniciaron el cambio de residencia hacia 1846, con la Guerra de Intervención Norteamericana. La mayoría de los músicos que refiere don Silvestre los conoció cuando era niño, hacia 1910, y habían nacido en la década de los 40 del siglo XIX; por lo que algunos de ellos, o sus padres pudieron formar parte de ese grupo primigenio.
La memoria de don Silvestre Vargas es, por el momento, el único referente histórico para conocer estos linajes musicales, que conformarían hacia 1860 los grupos musicales de Tecalitlán y su región, que forma parte de la Tierra Caliente. No discutiremos si se llamaban “mariachi” o “conjunto de arpa”, pero se trata ya de las músicas de la tradición occidental mexicana, cuya dotación básica era el violín, el arpa grande y la guitarra de golpe. La otra dotación con violín, vihuela y guitarrón, probablemente, se gestaría al norte de la región, en la cuenca de los lagos de Chapala, Cajitlán, Atotonilco, Zocoalco y Sayula, en algún momento y como una familia de instrumentos, que es un campo para explorar. En los años 20 todavía había claramente una separación entre los dos espacios, tanto en dotación instrumental, como en técnica de interpretación, sobre todo en la función del bajo, y en los repertorios, como lo aseguró en sus memorias el trompetista don Miguel Martínez.
Don Plácido Rebolledo tenía su propio mariachi, y hacia 1889, avisaba a los chicos los sitios donde había “fandango” y, terminado su trabajo en el campo, los niños corrían para deleitarse viendo la actuación del mariachi de su “tío”.
El mariachi conformado por Gaspar Vargas López y su primo Refugio Hernández Vargas, en 1898, cuando tenían 19 años, es en parte heredero de la tradición musical de don Plácido Rebolledo. El padre de Gaspar, Amado Vargas Andrade (1851 Quitupan-1904 Tecalitlán), fue músico, y si el conocimiento musical no lo tuvo su padre, don José Ma. Vargas, es posible que aprendiera con estos músicos que, en 1865 tenían, varios grupos en Tecalitlán y sus alrededores.

El núcleo de análisis del linaje familiar de los Rebolledo en este escrito es don José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, “mestizo”, nacido el 10 de octubre de 1820, registrado en Tuxpan, Jalisco, como “de este pueblo”, hijo de José Rafael Rebollero, y de María Anna Sánchez; fueron sus abuelos paternos: José Francisco Rebollero y Juana María Castellanos; los maternos Fernando Sánchez, y María Pasquala Gómez.
La familia descendió de Sayula a Zapotlán El Grande (la actual Ciudad Guzmán), tal vez para no seguir registrados en los libros de castas, y se avecindó fundamentalmente en los ranchos de Zapotiltic, en particular en El Cuahuayote, con estancias en Tuxpan y por último en Tecalitlán, el más lejano y recién fundado en 1777. Estos ranchos reciben el nombre de un árbol nativo de México, de unos 15 metros, que da un fruto en forma de calabaza, “ayotli” en náhuatl, por eso se llama “cuahueyotli”, árbol de calabazas; del nombre indígena derivan cuajayote, cahuayote, aunque en la costa de Veracruz también se le llama chompipa, chupipi, y meloncillo. El fruto se coce con piloncillo, como la calabaza “tamalayota” para producir una “manácata”, un puré dulce que se come solo o con leche.
Los padres de don Plácido Rebolledo tuvieron dos hijos antes de contraer matrimonio formal, sin embargo, en los registros aparecen ya como “legítimos”. El primero es Joseph Martin, nacido el 22 de noviembre de 1768, en “Los ranchos del Quaguillote”, de calidad mulato, hijo legítimo de Joseph Fernando Sánchez y de María Pascuala. El segundo fue Basilio Anastacio, nacido el 14 de abril de 1772, en Zapotlán, El Grande, hijo legítimo de Fernando Sánchez, y de Ma Pascuala Gomez, mestizos de este pueblo; apadrinado por: Juan Reymundo Sánchez y María Madrueña, “españoles de este pueblo”, pareja que por otros documentos sabemos que eran sus tíos abuelos.

La pareja formada por Fernando Mariano Sánchez Mardueño y María Pascuala Gómez de Lugo se casó hasta el 28 de noviembre en Zapotlán El Grande, él aparece ahí como “español”, originario de Sayula, vecino desde hace 14 años en Zapotlán, hijo legítimo de de Pablo Sánchez, difunto, y de Matiana Mardueño. María Pascuala aparece como “mestiza”, originaria también de Sayula y vecina desde hace cuatro años, hija legítima de Juan Teodoro Gómez y de María Bernarda de Lugo.
Una vez casados ante la Iglesia registraron el 26 de enero de 1773, en Zapotiltic, a María Teresa Timotea, “española del Rancho del Quahuayote”, de tres días, hija legítima de Fernando Sánchez y de Ma Pascuala de Lugo. Fueron padrinos Don Pedro Joseph de Mendoza y Velas, y Doña Teresa Gertrudis Rodríguez y Aguilar, su esposa. Es probable que, por su fenotipo, y la calidad de los padrinos no le anotaran como “mestiza” o como “mulata”, como sucedió a sus hermanos mayores.
El 14 de enero de 1777, nació en El Quahuayote, su hermana Paula de Jesús, ella si anotada como “mulata”, aunque sus padrinos fueron “Mathías de Llamas y Ana María de Agundis, su madre, españoles, vecinos del Quahuayote”,
Todavía el 25 de julio de 1786, se bautizó a José Magdaleno, “mestizo del Quaguayote”; fueron sus padrinos: Francisco Vargas y Da. María Gertrudes Paz, probablemente “española”, por el título de “doña”.
Es probable que por esas fechas se avecindaran ya en la Congregación de Nuestra Señora de Guadalupe de Tecalitlán. Lamentablemente don José Rebolledo, “adulto de este pueblo”, fue enterrado el 20 de septiembre de 1799, mestizo, casado, de mas de 50 años, “no recibió sacramento alguno, porque lo mató un rayo”. No se trata del padre de nuestro músico, pero si algún hermano o pariente, que comparte apellido y calidad.
Es ya en el siglo XIX que los miembros de la familia de fenotipo más próximo al “criollo” (imaginado) logran dar el “salto de color”, es decir, abandonar los “libro de castas”, y aparecer en el de “españoles” en las parroquias de la región. El 8 de julio de 1813 se casaron, en la iglesia parroquial de Zapotlán, “Don” José Marcial Sánchez, “español”, soltero, “originario y vecino de Tecalitlán”, residente desde hace 8 meses en Zapotlán, entonces de de 18 años, hijo legítimo de José Fernando Sánchez y de Ma Pascuala Gómez, difunta; con doña Ma Josefa Carrillo, española, originaria y vecina del pueblo, entonces de 16 años de edad, hija legítima de José Feliciano Carrillo y de Ma. Bernarda Ximenez, difunta. Fueron padrinos don José Isidro Carrillo y Ma Ignacia Solorzano cónyuges. Atestiguaron por su “calidad”; don Juan Gerónimo Ramírez y don Juan Zúñiga. El ciclo se cumplió y necesitó de poco más de 100 años, e involucró a cuatro generaciones.
Nosotros seguiremos a la familia de tez más oscura, ya avecindada en Tecalitlán. El hermano de Plácido, Timoteo Rebolledo Sánchez se casó con María de Jesús Hernández, y es por esta vía que a don Plácido le decían “tío”. A veces, está pareja aparecen en los documentos como “padres” de Plácido Rebolledo, lo que causa confusión, pues su hermano Timoteo, era mayor sólo dos años, había nacido en 1818.
Placido Rebolledo Sánchez contrajo nupcias con Ma. Severiana Guerrero, en la parroquia de Santa María de Guadalupe, Tecalitlán, el 28 de noviembre de 1842. Fueron padrinos Pablo Olivera y Juana Torres; atestiguaron el acto: Ambrocio Hernández y Nazario Torres, aunque no me queda claro por qué se velaron hasta enero del año siguiente. Es importante observar los apellidos Hernández y Olivera, que son dos linajes musicales en Tecalitlán.
La hija de don Plácido y Severiana,Ma Ignacia de la Trinidad, de dos días de nacida, fue bautizada el 1 de agosto de 1849, en la parroquia de Tecalitlán. En la fe de bautismo aparece como hija legítima de Plácido Reboyero y Severiana Guerrero. Sus abuelos paternos Rafael Reboyero y Mariana Sánchez; y los maternos: Gregorio Guerrero y Juana Olivera. Fueron padrinos Trinidad Hernández y Cesaria Hernández. De nuevo linajes musicales, aunque no tengo la certeza de la práctica musical.
Esta hija se convirtió en una joven que contrajo nupcias, en Tecalitlán, el 5 de febrero de 1870, con Amado Vargas, “es originario y vecino del pueblo”, pero había nacido en Quitupan, soltero, labrador y de 24 años, hijo legítimo de José María Vargas, difunto, y de Guadalupe Andrade, vecina, viuda y de 60 años. María Ignacia dijo ser “originaria y vecina” del pueblo, doncella, de 17 años de edad, hija legítima de Plácido Rebolledo, vecino, casado, jornalero y de 50 años y de Severiana Guerrero, también vecina y de 39 años. El matrimonio civil se realizó el 22 de febrero, se acostumbraba entonces tener “padrinos” y lo fueron “Ramón Flores y su esposa Bonifacia Cano de esta vecindad y mayores de edad”, y los testigos fueron: “Jesús Toro, Rafael Munguía, José María Ortiz y Juan Juárez, todos de esta vecindad y mayores de edad”. Sin que podamos deducir si ellos tenían una práctica musical, como la que tenía don Amado Vargas, a decir de su nieto Silvestre.
La pareja tuvo tres hijos, lamentablemente dos niñas murieron muy pequeñas. Ignacia murió de parto el 8 de febrero de 1873, a los 20 años de edad, fue sepultada en la parroquia, pues alcanzó a confesarse. El viudo, Amado Vargas contrajo matrimonio con Juliana López el 18 de octubre de 1873, con la que procrearían a Gaspar Vargas.
Un sólo hijo de María Ignacia Rebolledo llegó a la edad adulta, José Trinidad Vargas Rebolledo, quien murió de fiebre a la una de la mañana del día 4 de abril de 1891, cuando tenía 20 años de edad. Por esos años rondaba los 10 años su hermano Gaspar, y tal vez por esta razón, como por el parentesco político de su hermano Timoteo con los Hernández, es que los niños Gaspar y Refugio le dijeran “tío” a don Plácido Rebolledo. Es probable que el cariño que tuvo a su nieto Trinidad, y sus enseñanzas musicales, se reflejaran en estos pequeños de la nueva familia de su yerno; o tal vez, sea porque en la Tierra Caliente y otras regiones del Occidente de México se les llama así a las personas mayores, para mostrar respeto, pero de manera afectuosa. De cualquier manera el “mestizo” o “mulato”, José María Plácido de Jesús Rebolledo Sánchez, violinista y guitarrero, afectuoso maestro de música, y primer mariachero en la memoria de Silvestre Vargas, tiene un lugar en la historia de la música del occidente del país.

viernes, 27 de febrero de 2026

José Refugio Hernández Vargas, violinista

 

Cuando era niños, los primos Gaspar Vargas López y José Refugio Hernández Vargas, recibieron sus primeras lecciones musicales de su tío, don Placido Rebolledo Hernández, violinista y ejecutante de la guitarra de golpe, que nació en 1844, y formó un mariachi hacia 1865 (Orfeón Videovox, s. f. [1963]: 1). Después aclararemos cual Plácido Rebolledo, pues hay dos y ambos músicos. Lo importante es que Gaspar y su primo Refugio Hernández Vargas aprendieron a tocar el violín y la guitarra de golpe, y formaron ellos mismos un mariachi que después cobraría fama. 

José Refugio fue hijo de Miguel Hernández, nacido en 1845,  y de María Jesús Vargas, hermana de Amado Vargas, el padre de Gaspar. Doña María Jesús todavía nació en Quitupan, en 1853, origen de la familia, como hemos mostrado.

            Probablemente también eran parientes por el apellido Hernández, pues Juliana López, madre de Gaspar, nacida hacia 1854, fue hija de Marcelino López y de Francisca Hernández.

        La presentación matrimonial se hizo el 27 de enero de 1872, y el matrimonio el 9 de febrero del mismo año. Miguel Hernández, dijo: que es originario y vecino de este pueblo, soltero, jornalero de 26 años de edad [nacido en 1845], hijo legítimo de Miguel Hernández, difunto, y de Calixta Delgado que vive en ése momento. La novia era María de Jesús Varga, quien dijo: “que es vecina de este de este pueblo hace doce años y originaria de Quitupan”, soltera, de 19 de edad [nacida en 1853], hija legítima de José María Vargas, difunto y de Guadalupe Andrade, quien estaba viva y presenció el matrimonio. Apadrinaron el enlace civil: José Martínez y Seferina Silva.

        La pareja presentó en el Registro Civil el 19 de diciembre de 1872, a su hija Adelaida, nacida el día 16 del corriente en el cuartel número 3 de este pueblo. En el acta aparece Miguel Hernández, casado, jornalero “y de 30 años de edad” (nacido hacia 1842), 4 años más que en su boda. Su esposa María Jesús Vargas, aparece de 20 años de edad. Los abuelos paternos de Adelaida fueron, José Hernández y Calixta Delgado, y los maternos: José María Vargas, finado, y Guadalupe Andrade. Fueron padrinos de la ceremonia civil [que sólo se registra en este periodo] la abuela materna, Guadalupe Andrade, y su hijo Domingo Vargas. Los testigos fueron Rafael Munguía y el tío Plácido Rebolledo Hernández “y no firman por no saber”.

        No tenemos el acta de nacimiento o la fe de bautismo de José Refugio Hernández Vargas, sin embargo, al presentarse el 4 de enero de 1896, para contraer matrimonio con Bonifacia Barajas, dijo que tenía 20 años (por lo que nacería hacia 1876), era soltero, jornalero, su padre Miguel había muerto, y su madre María Jesús Vargas, era viuda, de 45 años.  Bonifacia Barajas López, dijo ser “doncella”, tener 18 años, originaria y vecina de Tecalitlán, hija legítima de José Guadalupe Barajas, jornalero, de 54 años y María Dolores López, de 40 años.

         El matrimonio se verificó hasta el 18 de enero de 1896, a las 7 de la tarde, en Tecalitlán; fueron testigos: Prudencio Panduro, José Santos Panduro y Román Ortiz, casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de Tecalitlán.

        La primera criatura nació el 25 de abril y fue registrada en Tecalitlán, el 3 de mayo de 1898. Recibió por nombre María Guadalupe, hija de Refugio Hernández, jornalero, de 24 años, casado con Bonifacia Barajas de 19 años; fue nieta por línea paterna de Miguel Hernández y de Jesús Vargas; y por la materna de Guadalupe Barajas y María Dolores López. Aparece como testigo su tío Amado Bargas y Juan Barajas, ambos casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de este lugar.

        En 1 de abril de 1925 hubo un revuelo en la casa número 46, de la calle de Allende, pues falleció de “fiebre” y “sin asistencia médica”, la señora Bonifacia Barajas, casada, de 50 años, hija de Guadalupe Barajas y de María Dolores López. El primo hermano del viudo Gaspar Vargas, casado, labrador de 45 años, originario y vecino de Tecalitlán, fue quien dio parte ante el Registro Civil, y se ocupó de los trámites burocráticos para que el cadáver fuera inhumado “en la fosa común de 3a clase en el Panteón Municipal”, aparece como testigo José Panduro, jornalero, casado, mayor de edad y vecino de Tecalitlán.

        Refugio estuvo en el despegue de mariachi de Tecalitlán en sus primeros años, participó en las primeras salidas a Guadalajara, la estancia en Tijuana, en el acompañamiento al General Lázaro Cárdenas en su gira proselitista y en sus primeros años en la policía de la ciudad de México. Poco es lo que hay en los registros genealógicos con posterioridad, tanto que no hemos encontrado el lugar y la fecha de su deceso; pero bueno, por el momento se cumplen los objetivos de mostrar las relaciones entre linajes musicales que vienen desde mediados del siglo XIX.

jueves, 26 de febrero de 2026

Trinidad Olivera Flores, “El Potrillo”, violinista.

Trinidad Olivera nació hacia 1897, aprendió a tocar el violín y fue el segundo violín del mariachi de Gaspar Vargas, cuando el primero lo hacía Refugio Hernández, primo de Gaspar. Hacia 1930 fue maestro de Nicolás Torres Vázquez, violinista, también del mariachi de Gaspar Vargas. Hacia 1932 Silvestre decidió usar también el guitarrón, junto con el arpa, así que puso a tocar el guitarrón a Trinidad Olivera; tocó con el mariachi de Vargas hasta 1934. Al dejar el mariachi se dedicó al comercio y a la agricultura. No sabemos si continuó la enseñanza a niños y jóvenes, o el interés con la formación musical de Nicolás Torres se debió a que tenían un parentesco lejano.

              Nicolás nos cuenta esa aproximación de la siguiente manera: 

...A mi me tocó una buena suerte conocer a uno de los primeros que se agrupó con los señores Vargas. Él se llamó J. Trinidad Olivera, yo tenía alrededor de catorce años cuando me vio que andaba en plan de juego con un amigo mío, mi amigo tocaba guitarra y yo mandolina, al vernos con instrumentos, él me pregunto ¿Te gustaría enseñarte a tocar?
        Le conteste: es que no tengo, y dijo: pues si tú quieres, yo te presto uno de los que tengo y si aceptas te espero ahí donde ensayo. En cuanto nos pusimos al ensayo luego dijo lo siguiente: tú vas hacer un segundo violín, es por eso que te debo decir de qué manera lo hagas...
        Al término de seis semanas, me llevó a mi primer tocada, la cual le pagaron a él $4.50 (moneda nacional) por el tiempo de tres y media horas. Guardo toda mi gratitud al señor Trinidad, más bien conocido con el sobrenombre «El Potrillo», quien fue mi primer maestro. 

       El maestro Trinidad Olivera le presentó a Nicolás a los Vargas y empezó a tocar con ellos, cuando vivían en La Cañada de Taxinaxtla, en el municipio de Zapotiltic, pero próxima a Tecalitlán. 

Recuerdo que mi maestro Trinidad me dijo que tenía el compromiso de ir al ingenio alcoholero que se llama “La Cañada”, esto sucedió en el año de 1928. Teníamos que irnos tres personas en loma de bestia a unirnos en el lugar indicado con los dos señores Vargas, padre e hijo. Fue la primera vez que toque con los compañeros Vargas. Poco tiempo después fue que trabajamos más frecuentemente.

En los años 1928 a 1930 íbamos a ciudades cercanas de Tuxpan, Tamazula, Cd. Guzmán, y a la capital de Colima. Cuando se terminaban las fiestas religiosas en Cd. Guzmán en seguida eran las de Colima. Así se pasaron dos o tres años.

              Don J. Trinidad Olivera Flores nació en 1897, aunque todavía no hemos encontrado documento que lo avale. Tal vez porque fue hijo “natural”, pero reconocido, pues su padre, don Emigdio Olivera Martínez, se casó dos veces, pero no con doña Fermina Flores Alvarado, hija de Valentín Flores y Andrea Alvarado, bautizada el 8 de julio de 1865, en Tecalitlán. Las cosas se complicaron con la muerte de su padre en hacia 1908.

         El linaje musical le viene de la familia Martínez, su abuela, Andrea Martínez, era hija de J. Trinidad Martínez, casado con Ma. Isabel López, y tal vez con ellos aprendió el oficio, aunque su padre fue carpintero, y uno de sus tíos obrajero.

 Antes de contraer matrimonio formal, don Trinidad Olivera tuvo un hijo “natural”, José Olivera, con Refugio Chávez García. El tenía 27 años, era soltero, jornalero, originario y vecino de Tecalitlán, la madre tenía 18 años, era hija de  Adolfo Chávez y Encarnación García. El infante nació en la casa número 34 de la calle de Abasolo, a unas casas de la residencia del padre.

         En 1930, en la casa número 52 de la calle de Abasolo, vivía Trinidad Olivera, de 30 años, registrado por el Censo Nacional como “músico”, soltero; en la misma casa vivían: su madre Fermina Flores de 60 años (aunque había nacido en 1865), y Juliana Vargas, viuda, de 65 años, probablemente una tía.

Don Trinidad contrajo matrimonio el 7 de noviembre de 1940, en Tecalitlán. El enlace se celebró en la casa número 14, de la calle Xicoténcatl, que era la misma en la que vivían los Vargas. En el acta aparece: J. Trinidad Olivera, soltero, comerciante de 43 años de edad, hijo legítimo de Emigdio Olivera, finado, y de Fermina “Ramírez”, en realidad Flores, y su consorte: la señorita Baudelia Contreras, célibe, sin profesión, de 18 años de edad, hija legítima de Luis Contreras, viudo, y de Mercedes Pérez, finada. Ambos contrayentes eran de Tecalitlán, “son de raza mezclada”, católicos, mexicanos. Es interesante que los testigos fueran también músicos, Amado Vargas, padre de Gaspar, y J. Trinidad Martínez, del linaje Martínez, ambos en ése momento casados, labradores, mayores de edad, de Tecalitlán y “sin parentesco con los contrayentes”.

Tras su separación del Vargas en 1934, don Trinidad Olivera regresó a Tecalitlán y se dedicó al comercio, y también a la política. En 1943 era el presidente municipal del pequeño pueblo, y oficial del Registro Civil. El 3 de mayo tuvo que registrar la muerte, “sin asistencia médica”, de su hija recién nacida, María Fermina, de apenas 7 días de nacida, en la casa número 13 de la calle de Abasolo.

En ése momento ya tenía un año su hijo Dámaso Olivera Contreras, y al parecer, no tuvo más descendencia con Baudelia.

           La señora Baudelia Contreras Pérez falleció el 6 de mayo de 1966, en el Sanatorio Ayala, de la ciudad de Guadalajara Jalisco, con la asistencia médica del doctor Salvador Sánchez Ruíz, a consecuencia de Absceso Hepático. En ése momento tenía 41 años, y fue inhumada en primera clase en el Panteón Municipal. Según declaró su hijo Dámaso Olivera Contreras.

              Don Trinidad Olivera aparece en las actas hasta el 18 de enero de 1970, cuando comparece ante el Registro Civil, en la pequeña ciudad de Tuxpan, Jalisco, para dar parte de la muerte por “coma diabético”, de su hijo José Olivera Chávez, casado, mexicano, obrero, de 44 años, en la casa número 46 de la calle Hidalgo, donde vivía con su mamá María Refugio Chávez, de 60 años, y con su esposa, Olivia Castrejón, de 22 años. Fue inhumado su cuerpo en una fosa de 3a clase por 5 años en el Panteón Municipal.

  No duró mucho don Trinidad, pues el mismo año, el 3 de noviembre, murió de “paro cardiaco”, después de sufrir bronquitis crónica, según certificó el doctor Enrique González Mora. Quedó asentado en el acta como viudo, de 73 años de edad, originario de Tecalitlán y vecino del mismo, en la casa número 57 de la calle de Xicoténcatl, según declaró su hijo Dámaso Olivera, casado, de 29 años. Fueron testigos los ciudadanos: Arturo de la Mora Ochoa y Abel Vázquez Ruetz.

 Trinidad Olivera con Gaspar Vargas.




 

 

 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

El combate de flores y cantos

 

La música que transcribió don Alberto Albarrán Palacios en Los Cuadernos de Música responde a dos momentos: la fiesta de carácter profano, en el “salón” de una familia de clase media o acaudalada de la región y en ritual mortuorio acostumbrado entre ricos y pobres, pues como dijo el poeta, “la muerte nos iguala”.
La música popular registrada por el señor Albarrán era música de “moda”, que había salido en el cine y los discos, y que tal vez por éso necesitaba transcribir, para recordarla porque era reciente. Es música que en otros lugares de la Tierra Caliente se conoce como “música de sala”, o su equivalente decimonónico: música de salón; la cual se ejecutaba en tertulias y fiestas de la élite local, la que tenía acceso a ella mediante discos o los aparatos de radio. Es música bailable en una modalidad nueva en la región, el entrelazamiento entre parejas de sexos opuestos, lo cual atrajo la censura eclesiástica y de las posturas más conservadoras en los espacios urbanos y rurales.
La mayoría de las piezas en ambos cuadernos son valses, 11 en el primer cuaderno y 8 en el segundo; se comparten en ambos cuadernos: María Elena, Reír llorando, Angelina, Todo para ti mi reina, Rizos de oro, Florecitas del recuerdo. Los que pertenecen al ámbito del baile son: Alejandra, Elena, Morir por ti mi amor, Noche de luna, Venganzas, tal vez por el título, que se refieren al amor, la venganza y la mujer, no se interpretaban en los eventos rituales.
Hay tres piezas clasificadas por el señor Albarrán como “fox trot”: Corrido de Monterrey, Jalisco nunca pierde, Mis labios encantadores; un one step: 30-30, que nosotros identificamos como “canciones rancheras” y casi todas vinculadas a la cinematografía. En los Cuadernos hay dos boleros: Número 100 y Solamente una vez; dos marchas: América Inmortal y Emilio Portes Gil; un paso doble: Chayito y el danzón: Negra.
La música fúnebre era usada par el acompañamiento que los conocidos, amigos y vecinos hacen a la familia de un difunto en cada una de las etapas del rito mortuorio: la velación, la marcha al panteón con el difunto, su sepultura y despedida, que se realiza el día de la muerte y al siguiente; pero también al terminar el Novenario (al noveno día de rezar el Rosario por el alma del difunto), momento en que se lleva la cruz al panteón y se coloca en la tumba, e incluso al “Cabo de año”, cuando se cumple el primer año del fallecimiento; y en algunos lugares también los primeros días de Todos Santos, en la noche del primero de Noviembre y la mañana del dos.
Hemos visto que se comparten con los festejos seculares seis valses; pero hay tres que eran usados para el ritual mortuorio, tal vez por sus títulos: Para siempre adiós, Lucrecia, Sin calma mi hogar. Además hay música fúnebre que parece proceder de la tradición regional: una Introducción fúnebre, una Elegía y 8 marchas fúnebres reconocibles por un número progresivo.
Me parece que ambos cuadernillos servían más para hacer la “escoleta” con los compañeros músicos, sobre todo aquellos que no sabían leer pauta, que para llevarlos a los eventos y lugares dónde eran contratados y realizar la lectura “in situ”. Estas reuniones para ensayar, que desde el periodo colonial se conoce como “Escoleta”, se realizaban periódicamente, sobre todo cuando en un fandango, baile de tabla o de sala iban a tocar varios grupos de música, pues se establecería una “competencia musical” en donde habría que mostrar las habilidades para cambiar de tono las piezas, improvisar “versos”, hacer los “desafinados” en el violín, modificando la altura de una o más cuerdas y no tocar sólo con la afinación usual por quintas. Esta práctica tiene un posible origen colonial e incluso podría ser anterior; pues además de ser usual en la Tierra Caliente del Balsas, lo era en los Balcones de la Tierra Caliente y sigue en práctica entre los p’urhépecha de la actualidad, la famosa “jupiperakua”, la “guerra de los sones” como la tradujo Arturo Chamorro en su estudio sobre la música en la Meseta Tarasca.
Hay que tener en cuenta que el vals llegó desde fines del periodo colonial, que "estuvo prohibido", pero tocado a "escondidas". Me parece que ahí hay varios cruces, y que mi reflexión tiene que afinarse, porque son varios procesos los que suceden. Pienso en Oaxaca y como, según propone Navarrete, la extinción de las Cofradías obligó a las comunidades y a los músicos a invertir en bandas de viento.
Los procesos de "modernización" porfirista tuvieron impacto en la "ladinización", o transformación de las comunidades, y con ello aparecieron nuevos elementos. Aunque en los libros de cuentas de San Cristóbal, don Alberto Albarrán, registra el pago "al cantor" en las misas, ya no son los tres que se necesitan para celebrar una misa en las formas de la reforma de Pío IX (según me parece y su Motu proprio) que justo intenta volver a la "magnificencia" del canto gregoríano y al órgano.
Me parece que los músicos y cantores, expulsados por la secularización de la vida comunitaria, se refugian en la fiesta profana, y de manera curiosa, el vals, pasado de "moda", se introduce con el tiempo, al olvidarse su pasado "inmoral", al templo; así que más que una "sacralización" del salón, yo hablaría de lo que se quejan mucho los obispos desde el siglo XVIII, una "teatralización" del templo, que el Concilio Vaticano segundo sólo "ratificó"; pues continuamente se están quejando de que la música del "teatro" se oye en el templo.
Me parece que Ajuchitlán y Totolapan resitieron mejor por varias razones, por ser el centro de la comunidad Cuitlateca, cuyos vecinos mestizos, purepecha y nahuas, los obligaron a "autoafirmarse" como indígenas ante las presiones sobre sus territorios y recursos (hay un monton de pleitos por ojos de agua, salinas, "minas" de mercurio y plata desde el siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX), y su proceso de desplazamiento lingüístico fue menor, "paradójicamente" aunque su idioma era difícil para los sacerdotes que administraban la parroquia en las dos lenguas de los grandes Estados mesoamericanos, tarasco y náhuatl. Su importancia económica y política inició su debacle hasta la segunda mitad del XIX, frente a Coyuca, y con la erección del obispado en Pungarabato aún más; por ello, todavía vemos muchos elementos de la organización comunitaria en las fiestas.

Así que esa "secularización" de la vida comunitaria indígena, y la desaparición de la capilla musical se desplazó y no ocurríió en 1856, con los procesos sabidos, me parece que, en cierta medida, sigue muy viva, y por lo que veo en esos cuadernos de cuentas de Albarrán, la organización por medio de las "cofradías", ya no formales, reconocidas por la Iglesia, continuaba (y continúa) mediante otras formas (las famosas "mayordomías", o sistemas de "cargos") vinculadas al gobierno "tradicional". Al no estar ya "regidas" formalmente por la Iglesia, las músicas "prohibidas", pueden entrar (si es que no lo habían hecho antes) al ritual; los curas iban (y van) dicen la misa y lo que ocurre en la capilla, antes y después, queda en manos de los "rezanderos", "mayordomos" y "sacristanes". Digamos que la pérdida de influencia de la Iglesia, lo que hizo fue una "desecularización" a medias, pues fortaleció las prácticas religiosas populares.res y cantos