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miércoles, 29 de septiembre de 2021

Industrias culturales y músicas tradicionales

 Desde mediados del siglo XIX en E. U., en Tin Pan Alley, en Nueva York y en Nueva Orleans se establecieron casas editoras de música que compraban los derechos de música producida continua y constantemente para abastecer los programas de los teatros norteamericanos.

En el Caribe y América Latina sucedía algo semejante, pero las editoras estaban en Madrid y Barcelona, desde donde nos llegaban nuevas zarzuelas, tonadillas y formas de canto y baile que iban y regresaban, desde el siglo XVII; sin embargo, las independencias políticas de las jóvenes naciones permitieron conocer otras "formas musicales" e incorporarse a unas nacientes industrias culturales.
A nivel nacional, las ciudades capitales políticas y económicas crearon sus propias casas editoras, o bien, como en el caso mexicano, sus mercados fueron coptados y controlados por dependencias de Europa. Si bien existieron casas "nacionales" como Murguía, en la ciudad de México, o regionales, por ejemplo: Juan Buitrón y los Martínez Avilés en Morelia, los mercados nacionales fueron controlados por Wagner y Lieven, Niegel, alemanes, y por los españoles Dotesio, Romero, Salvat, Pujol.
Arrancando el siglo XX PHAM (Promotora Hispanoamericana de Música) y EMMI (Editora Mexicana de Música Internacional) fueron desplazando a las casas europeas y conformando un catálogo "nacional", que compraba música por América Latina y la revendía en ediciones impresas en México y distribuidas, por correo, por muchos lugares, incluso los más remotos.
Don Alberto Albarrán recibía por correo en 1917, publicaciones de la "Escuela Cultural", de la ciudad de México. Aunque la mayoría del archivo fue quemado, por una de sus hijas, podemos suponer que tuvo acceso a las publicaciones referidas, pues en su "Cuaderno de valses" aparecen transcritos muchos editados y de compositores reconocidos como Piglo de Perú, Valdespino de Cuba, Valverde de Guatemala, Mora, Barcelata, y Cárdenas de Mexico, cuyas ediciones se hicieron entre 1894 hasta 1941.

Un repertorio diverso y compartido

Aunque se reconoce la influencia de las músicas populares mediáticas en el repertorio de la Tierra Caliente, todavía no hemos determinado de manera concreta aquél que fue incorporado mediante el disco y la radio nacional. Hay una tendencia nada sana a atribuir la autoría de piezas a músicos tradicionales “emblemáticos” (cuando menos para algunos grupos sociales locales), como Isaías Salmerón o Juan Bartolo Tavira, costumbre que ahora se realiza con Juan Reynoso. Aunque pudieron componer algunas piezas, no es probable que lo hicieran con la mayoría del repertorio. La libreta de coplas de don Alberto Albarrán nos puede ayudar a entender esos procesos de apropiación de piezas distintas a la tradición; ahí podemos encontrar un “gusto menor”, es decir en tono menor, atribuido mediante la preposición “de” a un tal “Navarro”.
Gusto menor de Navarro
(Gusto menor)
Corrido:
Si supieras lo mucho que he sufrido,
si tu vieras lo mucho que he llorado;
nunca más volverías de nuevo al nido
que una vez ya dejaste abandonado.
Corrido:
Besos que dieron un tiempo placer y dicha,
besos que consiguieron dejar resabios,
fue un veneno para mis dichas
que por besarlos mordí mis labios.
He sentido tu ausencia intensamente;
pues jamás te creí tan ruin y falsa;
solitario he sufrido amargamente
evocando los besos que tu me dabas.
**El mismo corrido .
¿No te acuerdas jamás de aquella tarde,
ni recuerdas que un día te he querido?
Me da pena mirarte ¿Di por qué lloras?
Vete ya por piedad ¿por qué has venido?
Fin
Una lectura podría ser que hay un músico de apellido Navarro, contemporáneo de don Alberto, o antecesor, que sería el “compositor”, o autor de la pieza; pero con los recursos electrónicos, en los sitios de Internet especializados en líricas de canciones, pudimos comprobar que el “gusto” es en realidad una “canción yucateca” registrada por Luis Martínez Serrano, quien no era yucateco, sino catalán, quien pasó su infancia y juventud en Argentina, donde fue pianista y arreglista; llegó a México en varias ocasiones desde 1921, pero se asentó definitivamente en 1943 para asumir la presidencia de PHAM (Promotora Hispano Americana de Música), desde donde desarrolló una labor de compra de composiciones musicales para su reproducción impresa,fonográfica y cinematográfica; es cierto que desde ahí se atribuyó la autoría de piezas tradicionales o sus “arreglos” como: La Bamba, La Llorona, La Barca de Oro, Rosita Alvírez, El Hijo Desobediente y La Adelita, por poner algunos ejemplos de estas prácticas poco éticas que han sido el pan de cada día cuando la música tradicional se encuentra con las industrias culturales de la edición impresa de partituras, el disco, la radiofonía o el cine. A sí que no podemos “asegurar” que éste personaje fuera el autor, si acaso el “arreglista”.
La canción algunos la titulan ¿A qué has venido?, aparece grabada para el sello Brunswick 40237-B, con “Juan Pulido and The Castilians” (Juan Pulido y los Castellanos), en un disco de 78 rpm. El género es “canción yucateca” y el autor registrado es Luis Martínez Serrano; fue grabada en 1927. Martínez se afincó en 1921 en la ciudad de México, momento en que se está cultivando ampliamente la composición en la península y por sus trovadores en la ciudad de México, Guty Cárdenas estudia en la capital, en ésos años Palmerín compone por encargo “Peregrina”.
La primera grabación fue realizada por el barítono español Juan Pulido Rodríguez, nacido en Canarias, pero hizo su carrera profesional y murió en México. Hay una versión en dueto con el famoso tenor Dr. Alfonso Ortiz Tirado y su hermana Sarah Ortiz Tirado, una cantante mezzo soprano y pianista; ambos debutaron en 1930 y la grabación es para el sello Brunswick 40375-B.
El primer intérprete, Juan Pulido, tenía éxito a través de sus grabaciones de tangos para la marca Columbia, realizadas hacia 1926, anunciados en El Informador, periódico diario de Guadalajara. El barítono se vinculó con la casa alemana Bayer, y su producto cafiaspirina, para dar vida a “Don Pancho”, un personaje usado para la mercadotecnia equivalente al famoso “Don Chema” de Sal de Uvas Picot; se trataba de un personaje campirano que sufre un dolor de cabeza y que, gracias a Cafiaspirina, logra aliviarlo. La publicidad no paró ahí, Juan Pulido grabó un disco con un fox, llamado “Don Pancho”, que se comenzó a regalar en 1927, también un poema repartido en volantes, y en 1930 protagonizó “Las Aventuras de don Pancho”, una película que se iba exhibiendo de manera libre en las plazas, mercados y calles de México; y en algunos casos se presentaba acompañado con la Marimba Centroamericana, en el “Cine Parlante Bayer”, que también era itinerante. Así que Juan Pulido, además de sus dotes como intérprete de tangos, era una figura popular en México, en los años 30 del siglo XX.
En la versión de La libreta de coplas de don Alberto Albarrán, faltan dos coplas, que si aparecen en las versiones grabadas como canción yucateca y por otros músicos de la Tierra Caliente del Balsas:
He llorado en silencio cual llora un niño
el día que tú dejaste mi hogar querido
Todo se ha muerto junto con mi cariño,
Mi dulce ensueño de oro desvanecido
Vuelves arrepentida de nuevo al nido,
Pero tanto he luchado por olvidarte
Que tras mucho pedirlo logré el olvido,
De mi mente por siempre pude alejarte.
En otro espacio ya he escrito sobre el Curripipí, son tradicional del Sotavento, pero con orígenes comunes con las penínsulas, de Yucatán y España, donde coexistió o tuvo un origen común con el Churrimpamplí, otra pieza musical bailable. Al Curripipí, nombre que también se da a un pájaro, lo encontramos como pieza bailable en Salta, Argentina, en 1805, y grabado en la década de los años 30 por Guty Cárdenas, de donde pudo tomar la música Juan Reynoso para re-elaborar, o sintetizar “El toro sin caporal”.
No sería raro que “Navarro” hubiese sido el primer músico de la región que escuchó la canción, ya sea en un disco tocado en vitrola, en una carpa de la empresa Bayer, ejecutada por Juan Pulido, o por una orquesta de las villas de Los Balcones de Tierra Caliente, y que se la haya apropiado, pasado a la forma “gusto”, ejecutando y enseñando la a los músicos de la región. En todo caso, aunque ahora para nosotros es fácil hacer una genealogía del origen de la piezas de música de la región, para los músicos de los valles del Balsas medio, sin comunicación eficiente fuera de la región, este conocimiento era de difícil acceso; pero, además, venían de una cultura donde la “propiedad intelectual”, la “autoría” de una pieza musical no necesariamente era conocida, y no era necesario “saberlo” para poder tocarla. Navarro trajo una canción yucateca a la región, la transformó en “gusto” y a él se le atribuye.
Un ejemplo con Juan Pulido:

El combate de flores y cantos


La música que transcribió don Alberto Albarrán Palacios en Los Cuadernos de Música responde a dos momentos: la fiesta de carácter profano, en el “salón” de una familia de clase media o acaudalada de la región y en ritual mortuorio acostumbrado entre ricos y pobres, pues como dijo el poeta, “la muerte nos iguala”.

La música popular registrada por el señor Albarrán era música de “moda”, que había salido en el cine y los discos, y que tal vez por éso necesitaba transcribir, para recordarla porque era reciente. Es música que en otros lugares de la Tierra Caliente se conoce como “música de sala”, o su equivalente decimonónico: música de salón; la cual se ejecutaba en tertulias y fiestas de la élite local, la que tenía acceso a ella mediante discos o los aparatos de radio. Es música bailable en una modalidad nueva en la región, el entrelazamiento entre parejas de sexos opuestos, lo cual atrajo la censura eclesiástica y de las posturas más conservadoras en los espacios urbanos y rurales.
La mayoría de las piezas en ambos cuadernos son valses, 11 en el primer cuaderno y 8 en el segundo; se comparten en ambos cuadernos: María Elena, Reír llorando, Angelina, Todo para ti mi reina, Rizos de oro, Florecitas del recuerdo. Los que pertenecen al ámbito del baile son: Alejandra, Elena, Morir por ti mi amor, Noche de luna, Venganzas, tal vez por el título, que se refieren al amor, la venganza y la mujer, no se interpretaban en los eventos rituales.
Hay tres piezas clasificadas por el señor Albarrán como “fox trot”: Corrido de Monterrey, Jalisco nunca pierde, Mis labios encantadores; un one step: 30-30, que nosotros identificamos como “canciones rancheras” y casi todas vinculadas a la cinematografía. En los Cuadernos hay dos boleros: Número 100 y Solamente una vez; dos marchas: América Inmortal y Emilio Portes Gil; un paso doble: Chayito y el danzón: Negra.
La música fúnebre era usada par el acompañamiento que los conocidos, amigos y vecinos hacen a la familia de un difunto en cada una de las etapas del rito mortuorio: la velación, la marcha al panteón con el difunto, su sepultura y despedida, que se realiza el día de la muerte y al siguiente; pero también al terminar el Novenario (al noveno día de rezar el Rosario por el alma del difunto), momento en que se lleva la cruz al panteón y se coloca en la tumba, e incluso al “Cabo de año”, cuando se cumple el primer año del fallecimiento; y en algunos lugares también los primeros días de Todos Santos, en la noche del primero de Noviembre y la mañana del dos.
Hemos visto que se comparten con los festejos seculares seis valses; pero hay tres que eran usados para el ritual mortuorio, tal vez por sus títulos: Para siempre adiós, Lucrecia, Sin calma mi hogar. Además hay música fúnebre que parece proceder de la tradición regional: una Introducción fúnebre, una Elegía y 8 marchas fúnebres reconocibles por un número progresivo.
Me parece que ambos cuadernillos servían más para hacer la “escoleta” con los compañeros músicos, sobre todo aquellos que no sabían leer pauta, que para llevarlos a los eventos y lugares dónde eran contratados y realizar la lectura “in situ”. Estas reuniones para ensayar, que desde el periodo colonial se conoce como “Escoleta”, se realizaban periódicamente, sobre todo cuando en un fandango, baile de tabla o de sala iban a tocar varios grupos de música, pues se establecería una “competencia musical” en donde habría que mostrar las habilidades para cambiar de tono las piezas, improvisar “versos”, hacer los “desafinados” en el violín, modificando la altura de una o más cuerdas y no tocar sólo con la afinación usual por quintas. Esta práctica tiene un posible origen colonial e incluso podría ser anterior; pues además de ser usual en la Tierra Caliente del Balsas, lo era en los Balcones de la Tierra Caliente y sigue en práctica entre los p’urhépecha de la actualidad, la famosa “jupiperakua”, la “guerra de los sones” como la tradujo Arturo Chamorro en su estudio sobre la música en la Meseta Tarasca.
Hay que tener en cuenta que el vals llegó desde fines del periodo colonial, que "estuvo prohibido", pero tocado a "escondidas". Me parece que ahí hay varios cruces, y que mi reflexión tiene que afinarse, porque son varios procesos los que suceden. Pienso en Oaxaca y como, según propone Navarrete, la extinción de las Cofradías obligó a las comunidades y a los músicos a invertir en bandas de viento.
Los procesos de "modernización" porfirista tuvieron impacto en la "ladinización", o transformación de las comunidades, y con ello aparecieron nuevos elementos. Aunque en los libros de cuentas de San Cristóbal, don Alberto Albarrán, registra el pago "al cantor" en las misas, ya no son los tres que se necesitan para celebrar una misa en las formas de la reforma de Pío IX (según me parece y su Motu proprio) que justo intenta volver a la "magnificencia" del canto gregoríano y al órgano.
Me parece que los músicos y cantores, expulsados por la secularización de la vida comunitaria, se refugian en la fiesta profana, y de manera curiosa, el vals, pasado de "moda", se introduce con el tiempo, al olvidarse su pasado "inmoral", al templo; así que más que una "sacralización" del salón, yo hablaría de lo que se quejan mucho los obispos desde el siglo XVIII, una "teatralización" del templo, que el Concilio Vaticano segundo sólo "ratificó"; pues continuamente se están quejando de que la música del "teatro" se oye en el templo.
Me parece que Ajuchitlán y Totolapan resitieron mejor por varias razones, por ser el centro de la comunidad Cuitlateca, cuyos vecinos mestizos, purepecha y nahuas, los obligaron a "autoafirmarse" como indígenas ante las presiones sobre sus territorios y recursos (hay un monton de pleitos por ojos de agua, salinas, "minas" de mercurio y plata desde el siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX), y su proceso de desplazamiento lingüístico fue menor, "paradójicamente" aunque su idioma era difícil para los sacerdotes que administraban la parroquia en las dos lenguas de los grandes Estados mesoamericanos, tarasco y náhuatl. Su importancia económica y política inició su debacle hasta la segunda mitad del XIX, frente a Coyuca, y con la erección del obispado en Pungarabato aún más; por ello, todavía vemos muchos elementos de la organización comunitaria en las fiestas.
Así que esa "secularización" de la vida comunitaria indígena, y la desaparición de la capilla musical se desplazó y no ocurríió en 1856, con los procesos sabidos, me parece que, en cierta medida, sigue muy viva, y por lo que veo en esos cuadernos de cuentas de Albarrán, la organización por medio de las "cofradías", ya no formales, reconocidas por la Iglesia, continuaba (y continúa) mediante otras formas (las famosas "mayordomías", o sistemas de "cargos") vinculadas al gobierno "tradicional". Al no estar ya "regidas" formalmente por la Iglesia, las músicas "prohibidas", pueden entrar (si es que no lo habían hecho antes) al ritual; los curas iban (y van) dicen la misa y lo que ocurre en la capilla, antes y después, queda en manos de los "rezanderos", "mayordomos" y "sacristanes". Digamos que la pérdida de influencia de la Iglesia, lo que hizo fue una "desecularización" a medias, pues fortaleció las prácticas religiosas populares.

El Archivo de don Alberto Albarrán, en posesión de su nieto don Dunstano, San Cristóbal, Ajuchitlán, Guerrero

 El Archivo Particular "Alberto Albarrán", compilado entre 1909 y 1960 contiene evidencias de la circulación de las músicas tradicionales en la Tierra Caliente oriental, la del Balsas Medio. Aunque tres descendientes de famosos violinistas de Tlapehuala y Ajuchitlán han escrito libros para exaltar la figura de sus familiares; tendremos que decir que es difícil asegurar "paternidades" atribuídas y que el señor Dominio Público y don Autor Anónimo son prolijos...

En la foto, una muestra de "regalo" (cite la fuente, APAA) de algo que sucedió entre los músicos de la región, la compilación de archivos musicales, de lírica y personales...
Algunas de las coplas se cantaban con "La Chinampa"... de la versión de Rafael Ramírez, radicado en Huetamo pero oriundo de Turicato. Él la cantaba como "La Chinampera", y tenía versos sobre "Chinapa" (Tzinapa, obsidiana) , un paso por el Río de Purungueo a la altura de Tafetán; así que pueden ser parte de una canción popular de principios de siglo que se arraigó en la región...
Luego "Las Guacamayas", que se tocan en el Sotavento y también en la Sierra Madre del sur en Arteaga, y que fue popular durante la intervención francesa, poniéndole versos republicanos..
Quiero destacar que don Alberto Albarrán anota "corrido", pero no para referirse al género musical, sino para lo que llamamos: estribillo.