viernes, 27 de febrero de 2026

José Refugio Hernández Vargas, violinista

 

Cuando era niños, los primos Gaspar Vargas López y José Refugio Hernández Vargas, recibieron sus primeras lecciones musicales de su tío, don Placido Rebolledo Hernández, violinista y ejecutante de la guitarra de golpe, que nació en 1844, y formó un mariachi hacia 1865 (Orfeón Videovox, s. f. [1963]: 1). Después aclararemos cual Plácido Rebolledo, pues hay dos y ambos músicos. Lo importante es que Gaspar y su primo Refugio Hernández Vargas aprendieron a tocar el violín y la guitarra de golpe, y formaron ellos mismos un mariachi que después cobraría fama. 

José Refugio fue hijo de Miguel Hernández, nacido en 1845,  y de María Jesús Vargas, hermana de Amado Vargas, el padre de Gaspar. Doña María Jesús todavía nació en Quitupan, en 1853, origen de la familia, como hemos mostrado.

            Probablemente también eran parientes por el apellido Hernández, pues Juliana López, madre de Gaspar, nacida hacia 1854, fue hija de Marcelino López y de Francisca Hernández.

        La presentación matrimonial se hizo el 27 de enero de 1872, y el matrimonio el 9 de febrero del mismo año. Miguel Hernández, dijo: que es originario y vecino de este pueblo, soltero, jornalero de 26 años de edad [nacido en 1845], hijo legítimo de Miguel Hernández, difunto, y de Calixta Delgado que vive en ése momento. La novia era María de Jesús Varga, quien dijo: “que es vecina de este de este pueblo hace doce años y originaria de Quitupan”, soltera, de 19 de edad [nacida en 1853], hija legítima de José María Vargas, difunto y de Guadalupe Andrade, quien estaba viva y presenció el matrimonio. Apadrinaron el enlace civil: José Martínez y Seferina Silva.

        La pareja presentó en el Registro Civil el 19 de diciembre de 1872, a su hija Adelaida, nacida el día 16 del corriente en el cuartel número 3 de este pueblo. En el acta aparece Miguel Hernández, casado, jornalero “y de 30 años de edad” (nacido hacia 1842), 4 años más que en su boda. Su esposa María Jesús Vargas, aparece de 20 años de edad. Los abuelos paternos de Adelaida fueron, José Hernández y Calixta Delgado, y los maternos: José María Vargas, finado, y Guadalupe Andrade. Fueron padrinos de la ceremonia civil [que sólo se registra en este periodo] la abuela materna, Guadalupe Andrade, y su hijo Domingo Vargas. Los testigos fueron Rafael Munguía y el tío Plácido Rebolledo Hernández “y no firman por no saber”.

        No tenemos el acta de nacimiento o la fe de bautismo de José Refugio Hernández Vargas, sin embargo, al presentarse el 4 de enero de 1896, para contraer matrimonio con Bonifacia Barajas, dijo que tenía 20 años (por lo que nacería hacia 1876), era soltero, jornalero, su padre Miguel había muerto, y su madre María Jesús Vargas, era viuda, de 45 años.  Bonifacia Barajas López, dijo ser “doncella”, tener 18 años, originaria y vecina de Tecalitlán, hija legítima de José Guadalupe Barajas, jornalero, de 54 años y María Dolores López, de 40 años.

         El matrimonio se verificó hasta el 18 de enero de 1896, a las 7 de la tarde, en Tecalitlán; fueron testigos: Prudencio Panduro, José Santos Panduro y Román Ortiz, casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de Tecalitlán.

        La primera criatura nació el 25 de abril y fue registrada en Tecalitlán, el 3 de mayo de 1898. Recibió por nombre María Guadalupe, hija de Refugio Hernández, jornalero, de 24 años, casado con Bonifacia Barajas de 19 años; fue nieta por línea paterna de Miguel Hernández y de Jesús Vargas; y por la materna de Guadalupe Barajas y María Dolores López. Aparece como testigo su tío Amado Bargas y Juan Barajas, ambos casados, jornaleros, mayores de edad y vecinos de este lugar.

        En 1 de abril de 1925 hubo un revuelo en la casa número 46, de la calle de Allende, pues falleció de “fiebre” y “sin asistencia médica”, la señora Bonifacia Barajas, casada, de 50 años, hija de Guadalupe Barajas y de María Dolores López. El primo hermano del viudo Gaspar Vargas, casado, labrador de 45 años, originario y vecino de Tecalitlán, fue quien dio parte ante el Registro Civil, y se ocupó de los trámites burocráticos para que el cadáver fuera inhumado “en la fosa común de 3a clase en el Panteón Municipal”, aparece como testigo José Panduro, jornalero, casado, mayor de edad y vecino de Tecalitlán.

        Refugio estuvo en el despegue de mariachi de Tecalitlán en sus primeros años, participó en las primeras salidas a Guadalajara, la estancia en Tijuana, en el acompañamiento al General Lázaro Cárdenas en su gira proselitista y en sus primeros años en la policía de la ciudad de México. Poco es lo que hay en los registros genealógicos con posterioridad, tanto que no hemos encontrado el lugar y la fecha de su deceso; pero bueno, por el momento se cumplen los objetivos de mostrar las relaciones entre linajes musicales que vienen desde mediados del siglo XIX.

jueves, 26 de febrero de 2026

Trinidad Olivera Flores, “El Potrillo”, violinista.

Trinidad Olivera nació hacia 1897, aprendió a tocar el violín y fue el segundo violín del mariachi de Gaspar Vargas, cuando el primero lo hacía Refugio Hernández, primo de Gaspar. Hacia 1930 fue maestro de Nicolás Torres Vázquez, violinista, también del mariachi de Gaspar Vargas. Hacia 1932 Silvestre decidió usar también el guitarrón, junto con el arpa, así que puso a tocar el guitarrón a Trinidad Olivera; tocó con el mariachi de Vargas hasta 1934. Al dejar el mariachi se dedicó al comercio y a la agricultura. No sabemos si continuó la enseñanza a niños y jóvenes, o el interés con la formación musical de Nicolás Torres se debió a que tenían un parentesco lejano.

              Nicolás nos cuenta esa aproximación de la siguiente manera: 

...A mi me tocó una buena suerte conocer a uno de los primeros que se agrupó con los señores Vargas. Él se llamó J. Trinidad Olivera, yo tenía alrededor de catorce años cuando me vio que andaba en plan de juego con un amigo mío, mi amigo tocaba guitarra y yo mandolina, al vernos con instrumentos, él me pregunto ¿Te gustaría enseñarte a tocar?
        Le conteste: es que no tengo, y dijo: pues si tú quieres, yo te presto uno de los que tengo y si aceptas te espero ahí donde ensayo. En cuanto nos pusimos al ensayo luego dijo lo siguiente: tú vas hacer un segundo violín, es por eso que te debo decir de qué manera lo hagas...
        Al término de seis semanas, me llevó a mi primer tocada, la cual le pagaron a él $4.50 (moneda nacional) por el tiempo de tres y media horas. Guardo toda mi gratitud al señor Trinidad, más bien conocido con el sobrenombre «El Potrillo», quien fue mi primer maestro. 

       El maestro Trinidad Olivera le presentó a Nicolás a los Vargas y empezó a tocar con ellos, cuando vivían en La Cañada de Taxinaxtla, en el municipio de Zapotiltic, pero próxima a Tecalitlán. 

Recuerdo que mi maestro Trinidad me dijo que tenía el compromiso de ir al ingenio alcoholero que se llama “La Cañada”, esto sucedió en el año de 1928. Teníamos que irnos tres personas en loma de bestia a unirnos en el lugar indicado con los dos señores Vargas, padre e hijo. Fue la primera vez que toque con los compañeros Vargas. Poco tiempo después fue que trabajamos más frecuentemente.

En los años 1928 a 1930 íbamos a ciudades cercanas de Tuxpan, Tamazula, Cd. Guzmán, y a la capital de Colima. Cuando se terminaban las fiestas religiosas en Cd. Guzmán en seguida eran las de Colima. Así se pasaron dos o tres años.

              Don J. Trinidad Olivera Flores nació en 1897, aunque todavía no hemos encontrado documento que lo avale. Tal vez porque fue hijo “natural”, pero reconocido, pues su padre, don Emigdio Olivera Martínez, se casó dos veces, pero no con doña Fermina Flores Alvarado, hija de Valentín Flores y Andrea Alvarado, bautizada el 8 de julio de 1865, en Tecalitlán. Las cosas se complicaron con la muerte de su padre en hacia 1908.

         El linaje musical le viene de la familia Martínez, su abuela, Andrea Martínez, era hija de J. Trinidad Martínez, casado con Ma. Isabel López, y tal vez con ellos aprendió el oficio, aunque su padre fue carpintero, y uno de sus tíos obrajero.

 Antes de contraer matrimonio formal, don Trinidad Olivera tuvo un hijo “natural”, José Olivera, con Refugio Chávez García. El tenía 27 años, era soltero, jornalero, originario y vecino de Tecalitlán, la madre tenía 18 años, era hija de  Adolfo Chávez y Encarnación García. El infante nació en la casa número 34 de la calle de Abasolo, a unas casas de la residencia del padre.

         En 1930, en la casa número 52 de la calle de Abasolo, vivía Trinidad Olivera, de 30 años, registrado por el Censo Nacional como “músico”, soltero; en la misma casa vivían: su madre Fermina Flores de 60 años (aunque había nacido en 1865), y Juliana Vargas, viuda, de 65 años, probablemente una tía.

Don Trinidad contrajo matrimonio el 7 de noviembre de 1940, en Tecalitlán. El enlace se celebró en la casa número 14, de la calle Xicoténcatl, que era la misma en la que vivían los Vargas. En el acta aparece: J. Trinidad Olivera, soltero, comerciante de 43 años de edad, hijo legítimo de Emigdio Olivera, finado, y de Fermina “Ramírez”, en realidad Flores, y su consorte: la señorita Baudelia Contreras, célibe, sin profesión, de 18 años de edad, hija legítima de Luis Contreras, viudo, y de Mercedes Pérez, finada. Ambos contrayentes eran de Tecalitlán, “son de raza mezclada”, católicos, mexicanos. Es interesante que los testigos fueran también músicos, Amado Vargas, padre de Gaspar, y J. Trinidad Martínez, del linaje Martínez, ambos en ése momento casados, labradores, mayores de edad, de Tecalitlán y “sin parentesco con los contrayentes”.

Tras su separación del Vargas en 1934, don Trinidad Olivera regresó a Tecalitlán y se dedicó al comercio, y también a la política. En 1943 era el presidente municipal del pequeño pueblo, y oficial del Registro Civil. El 3 de mayo tuvo que registrar la muerte, “sin asistencia médica”, de su hija recién nacida, María Fermina, de apenas 7 días de nacida, en la casa número 13 de la calle de Abasolo.

En ése momento ya tenía un año su hijo Dámaso Olivera Contreras, y al parecer, no tuvo más descendencia con Baudelia.

           La señora Baudelia Contreras Pérez falleció el 6 de mayo de 1966, en el Sanatorio Ayala, de la ciudad de Guadalajara Jalisco, con la asistencia médica del doctor Salvador Sánchez Ruíz, a consecuencia de Absceso Hepático. En ése momento tenía 41 años, y fue inhumada en primera clase en el Panteón Municipal. Según declaró su hijo Dámaso Olivera Contreras.

              Don Trinidad Olivera aparece en las actas hasta el 18 de enero de 1970, cuando comparece ante el Registro Civil, en la pequeña ciudad de Tuxpan, Jalisco, para dar parte de la muerte por “coma diabético”, de su hijo José Olivera Chávez, casado, mexicano, obrero, de 44 años, en la casa número 46 de la calle Hidalgo, donde vivía con su mamá María Refugio Chávez, de 60 años, y con su esposa, Olivia Castrejón, de 22 años. Fue inhumado su cuerpo en una fosa de 3a clase por 5 años en el Panteón Municipal.

  No duró mucho don Trinidad, pues el mismo año, el 3 de noviembre, murió de “paro cardiaco”, después de sufrir bronquitis crónica, según certificó el doctor Enrique González Mora. Quedó asentado en el acta como viudo, de 73 años de edad, originario de Tecalitlán y vecino del mismo, en la casa número 57 de la calle de Xicoténcatl, según declaró su hijo Dámaso Olivera, casado, de 29 años. Fueron testigos los ciudadanos: Arturo de la Mora Ochoa y Abel Vázquez Ruetz.

 Trinidad Olivera con Gaspar Vargas.




 

 

 

 

miércoles, 25 de febrero de 2026

El combate de flores y cantos

 

La música que transcribió don Alberto Albarrán Palacios en Los Cuadernos de Música responde a dos momentos: la fiesta de carácter profano, en el “salón” de una familia de clase media o acaudalada de la región y en ritual mortuorio acostumbrado entre ricos y pobres, pues como dijo el poeta, “la muerte nos iguala”.
La música popular registrada por el señor Albarrán era música de “moda”, que había salido en el cine y los discos, y que tal vez por éso necesitaba transcribir, para recordarla porque era reciente. Es música que en otros lugares de la Tierra Caliente se conoce como “música de sala”, o su equivalente decimonónico: música de salón; la cual se ejecutaba en tertulias y fiestas de la élite local, la que tenía acceso a ella mediante discos o los aparatos de radio. Es música bailable en una modalidad nueva en la región, el entrelazamiento entre parejas de sexos opuestos, lo cual atrajo la censura eclesiástica y de las posturas más conservadoras en los espacios urbanos y rurales.
La mayoría de las piezas en ambos cuadernos son valses, 11 en el primer cuaderno y 8 en el segundo; se comparten en ambos cuadernos: María Elena, Reír llorando, Angelina, Todo para ti mi reina, Rizos de oro, Florecitas del recuerdo. Los que pertenecen al ámbito del baile son: Alejandra, Elena, Morir por ti mi amor, Noche de luna, Venganzas, tal vez por el título, que se refieren al amor, la venganza y la mujer, no se interpretaban en los eventos rituales.
Hay tres piezas clasificadas por el señor Albarrán como “fox trot”: Corrido de Monterrey, Jalisco nunca pierde, Mis labios encantadores; un one step: 30-30, que nosotros identificamos como “canciones rancheras” y casi todas vinculadas a la cinematografía. En los Cuadernos hay dos boleros: Número 100 y Solamente una vez; dos marchas: América Inmortal y Emilio Portes Gil; un paso doble: Chayito y el danzón: Negra.
La música fúnebre era usada par el acompañamiento que los conocidos, amigos y vecinos hacen a la familia de un difunto en cada una de las etapas del rito mortuorio: la velación, la marcha al panteón con el difunto, su sepultura y despedida, que se realiza el día de la muerte y al siguiente; pero también al terminar el Novenario (al noveno día de rezar el Rosario por el alma del difunto), momento en que se lleva la cruz al panteón y se coloca en la tumba, e incluso al “Cabo de año”, cuando se cumple el primer año del fallecimiento; y en algunos lugares también los primeros días de Todos Santos, en la noche del primero de Noviembre y la mañana del dos.
Hemos visto que se comparten con los festejos seculares seis valses; pero hay tres que eran usados para el ritual mortuorio, tal vez por sus títulos: Para siempre adiós, Lucrecia, Sin calma mi hogar. Además hay música fúnebre que parece proceder de la tradición regional: una Introducción fúnebre, una Elegía y 8 marchas fúnebres reconocibles por un número progresivo.
Me parece que ambos cuadernillos servían más para hacer la “escoleta” con los compañeros músicos, sobre todo aquellos que no sabían leer pauta, que para llevarlos a los eventos y lugares dónde eran contratados y realizar la lectura “in situ”. Estas reuniones para ensayar, que desde el periodo colonial se conoce como “Escoleta”, se realizaban periódicamente, sobre todo cuando en un fandango, baile de tabla o de sala iban a tocar varios grupos de música, pues se establecería una “competencia musical” en donde habría que mostrar las habilidades para cambiar de tono las piezas, improvisar “versos”, hacer los “desafinados” en el violín, modificando la altura de una o más cuerdas y no tocar sólo con la afinación usual por quintas. Esta práctica tiene un posible origen colonial e incluso podría ser anterior; pues además de ser usual en la Tierra Caliente del Balsas, lo era en los Balcones de la Tierra Caliente y sigue en práctica entre los p’urhépecha de la actualidad, la famosa “jupiperakua”, la “guerra de los sones” como la tradujo Arturo Chamorro en su estudio sobre la música en la Meseta Tarasca.
Hay que tener en cuenta que el vals llegó desde fines del periodo colonial, que "estuvo prohibido", pero tocado a "escondidas". Me parece que ahí hay varios cruces, y que mi reflexión tiene que afinarse, porque son varios procesos los que suceden. Pienso en Oaxaca y como, según propone Navarrete, la extinción de las Cofradías obligó a las comunidades y a los músicos a invertir en bandas de viento.
Los procesos de "modernización" porfirista tuvieron impacto en la "ladinización", o transformación de las comunidades, y con ello aparecieron nuevos elementos. Aunque en los libros de cuentas de San Cristóbal, don Alberto Albarrán, registra el pago "al cantor" en las misas, ya no son los tres que se necesitan para celebrar una misa en las formas de la reforma de Pío IX (según me parece y su Motu proprio) que justo intenta volver a la "magnificencia" del canto gregoríano y al órgano.
Me parece que los músicos y cantores, expulsados por la secularización de la vida comunitaria, se refugian en la fiesta profana, y de manera curiosa, el vals, pasado de "moda", se introduce con el tiempo, al olvidarse su pasado "inmoral", al templo; así que más que una "sacralización" del salón, yo hablaría de lo que se quejan mucho los obispos desde el siglo XVIII, una "teatralización" del templo, que el Concilio Vaticano segundo sólo "ratificó"; pues continuamente se están quejando de que la música del "teatro" se oye en el templo.
Me parece que Ajuchitlán y Totolapan resitieron mejor por varias razones, por ser el centro de la comunidad Cuitlateca, cuyos vecinos mestizos, purepecha y nahuas, los obligaron a "autoafirmarse" como indígenas ante las presiones sobre sus territorios y recursos (hay un monton de pleitos por ojos de agua, salinas, "minas" de mercurio y plata desde el siglo XVIII hasta la primera mitad del XIX), y su proceso de desplazamiento lingüístico fue menor, "paradójicamente" aunque su idioma era difícil para los sacerdotes que administraban la parroquia en las dos lenguas de los grandes Estados mesoamericanos, tarasco y náhuatl. Su importancia económica y política inició su debacle hasta la segunda mitad del XIX, frente a Coyuca, y con la erección del obispado en Pungarabato aún más; por ello, todavía vemos muchos elementos de la organización comunitaria en las fiestas.

Así que esa "secularización" de la vida comunitaria indígena, y la desaparición de la capilla musical se desplazó y no ocurríió en 1856, con los procesos sabidos, me parece que, en cierta medida, sigue muy viva, y por lo que veo en esos cuadernos de cuentas de Albarrán, la organización por medio de las "cofradías", ya no formales, reconocidas por la Iglesia, continuaba (y continúa) mediante otras formas (las famosas "mayordomías", o sistemas de "cargos") vinculadas al gobierno "tradicional". Al no estar ya "regidas" formalmente por la Iglesia, las músicas "prohibidas", pueden entrar (si es que no lo habían hecho antes) al ritual; los curas iban (y van) dicen la misa y lo que ocurre en la capilla, antes y después, queda en manos de los "rezanderos", "mayordomos" y "sacristanes". Digamos que la pérdida de influencia de la Iglesia, lo que hizo fue una "desecularización" a medias, pues fortaleció las prácticas religiosas populares.res y cantos



lunes, 23 de febrero de 2026

Algunas reflexiones sobre la "autoría" en las músicas de tradición oral...

 Hace tiempo he estado pensando sobre la autoría, como un anacronismo que imponemos al pasado. Las músicas de tradición oral, sobre todo aquellas de regiones periféricas, o con una base cultural distinta a la del capitalismo occidental, tienden a desentenderse del "autor" de sus prácticas o de los textos; sin embargo, en el presente estamos muy interesados en "conocer" o "atribuir" la autoría de la música o de la lírica de las prácticas artísticas performativas, más cuando hay un interés, por pertenecer a una familia o a un linaje, con intensión de darle "realce" a una persona sobre sus pares. Ayer me llegó el libro: Isaías Salmerón. El brujo de Tlapehuala, y de nuevo es necesario contradecir esta idea que atribuye muchas de las piezas de la tradición del Balsas sin otra referencia que las charlas entre dos nietos de don Isaías; escrito así con I latina porque el autor desconoce que era una convención usar la Y griega como la letra mayúscula, y por eso en los escritos del siglo XIX, del Registro Civil de la región, podemos ver Yglesia, Yndalecio, etc., no porque a "Isaías así le gustara escribir su nombre". Resalto esto, porque para cualquiera que haya buscado en los archivos parroquiales, físicamente o mediante www.familysearch.com, podría encontrase con esto. 

              Ambos nietos atribuyen a una "reunión" en Iguala, donde la hija de don Isaías [Élfega Eva Salmerón Hernández] reunió a músicos que habían tocado con él, la mayoría su familia, donde le atribuyeron muchas piezas al músico legendario. No discutiré sobre las piezas que compuso a personas de su región, la mayoría en géneros musicales modernos, traídos por las orquestas y apropiados por los músicos de arrastre. El problema son géneros tradicionales más antiguos, como El San Agustín, sones y gustos como El Tecolotito, El Toro Rabón, El Becerrero, Solo que la mar se seque ó ...Ay que bonita mujer, Los Caballos, El Pañuelo, El Huizache, La Mariquita, El Caimán, La Conchita, Cómo quieres que una luz, Las horas, etc. por mencionar algunas que: están en otras tradiciones, que tienen referencias más antiguas que la existencia del violinista de Tlapehuala, o que músicos viejos de otros lugares refieren como "antiguas". El autor, Javier Pineda Bruno, exige a Elizur Artega "pruebas" o "ahondar en sus argumentos" de su afirmación: ",,tanta fama tuvo que incluso lo que no había compuesto, si no había mortal que lo reclamara, la autoría era atribuida a él".  Por un lado, tenemos como fuente al padre de Elizur, el violinista de San Miguel Totolapan, José María Arteaga; por el otro, una reunión de familiares que recuerdan cuándo le escucharon tocar piezas, no quiere decir que él las compusiera, tal vez las recordaba de sus encuentros con otros músicos, sólo adecuó versos, o usó como base otras melodías. Son tradiciones familiares que cuando se confrontan con otras dan la razón, en términos generales a los Arteaga, en el sentido de que muchas piezas de autor "anónimo", o que corresponden a la memoria social de los pueblos del Balsas medias, fueron atribuidas a Isaías sin otra prueba que el dicho familiar.

                El descubrimiento de la Libreta de Coplas de don Alberto Albarrán, violinista de San Cristóbal, municipio de Ajuchitlán, iniciada en 1910 brinda muchos "nortes" para entender un proceso histórico complejo que implica a la macroregión de la Tierra Caliente, en donde podemos ver sones compartidos en la Tierra Caliente oriental y en la occidental, como El Tecolotito (atribuido a Isaías), junto con El Tejón (que tocan Los Mensajeros del Sur), El Cihuateco (en la libreta de Albarrán) y otros más, que se tocan compartidos en diversas subregiones de la Tierra Caliente, como Los Balcones del Balsas, El Plan de Apatzingán o el Sur de Jalisco, por tanto, varios de los que se "atribuyen" sin ningún soporte documental o confrontación de fuentes orales, ni siquiera una búsqueda ligera en los libros que compilan las coplas de la región, como el que publicó Raúl Eduardo González, ya no se diga confrontar las piezas que se atribuyen a la otra familia referente, como los Bartolo Tavira; o buscar las melodías en la música impresa que llegaba a la región para ser ejecutada por las orquestas.

                     Un buen ejemplo de estas diferencias en la "autoría" de una pieza puede ser con El San Agustín, que muchos consideran "un gusto", y que el Dr. Juan José Atilano Flores ha mostrado que es un género lírico, con varios ejemplos y variantes registrados; además, que muchos atribuyen a Juan Bartolo Tavira y que aquí vemos consignado como de la autoría de Isaías Salmerón.  Mientras la autoría a los grandes músicos del Balsas sólo aporta la memoria familiar, siempre interesada en resaltar al miembro destacado, pues destacando el linaje, todos los que pertenecen a él tienen cierto "prestigio social". Nosotros hijos de nadie podemos decir que no es de ninguno y de los dos a la vez, no era ni es de su autoría, pero al tocarlo agregando una frase musical, e improvisar versos con la temática, se apropian y algunos despistados podrían pensar que era de quien dirigía el grupo que lo interpretaba; pero eso ya en los años 30, cuando en muchas regiones aparecen las primeras grabaciones para la industria fonográfica, la radio y el cine con sus créditos dan idea de "autoría", de "regalías" y de beneficio económico por ser "compositor", nociones que no existen en las comunidades rurales antes de ése momento. En las primeras grabaciones fonográficas, en la radio y el cien se atribuyen muchas veces a los que primero graban, la "autoría" de la pieza. Eso trajo como consecuencia que mucha música tradicional mexicana, en el Balsas y en otras regiones del país, fuera usurpada por músicos sin escrúpulos, o por familiares "bien intencionados" que suponían su origen en quienes escuchaban tocarlas.

               Es interesante que recurrieran a la SACM para ver ¿Cuántas piezas aparecen registradas para don Isaías? Y resulta que no hay ninguna, porque él no las grabó, y seguramente varias de ellas están atribuidas a músicos que si grabaron en los años 70 como los Salgado, o en los 80 con los Salmerón y en los 90 con los Bartolo Tavira, como en los LP de los años 70 y 80 algunas se atribuyeron a Juan Reynoso, a Evaristo Galarza, a Teófilo Valdez, Rafael Ramírez, quienes grabaron discos. No nos confundamos, la mayoría de esas piezas no eran tampoco de esos intérpretes metidos a los estudios, muchas de ellas se asignaron por los ingenieros de grabación (como Adán Ortega, de Huetamo), para evitar reclamos judiciales y tener registros para la comercialización.

                 Apartir de aquí les pongo algo que escribí hace un año:

Es interesante tratar de entender ¿por qué se otorgan autorías y para qué en las artes tradicionales?.... Salvo los casos de composición más recientes en que ello implica regalías, es difícil probar que una parte de la tradición fue compuesta o "arreglada" por un sólo autor; sobre todo cuando las evidencias líricas mandan los tópicos o temáticas hasta la época colonial y en tradiciones que corren amplios territorio,s desde el Mediterráneo a Sudamérica.

Entiendo que la pretendida centralidad de Tlapehuala y Ajuchitlán, en la conformación de los repertorios de las artes tradicionales del Balsas, es una construcción política muy reciente, posterior a 1907, cuando esos municipios dejaron de ser parte de Michoacán para convertirse en una del estado de Guerrero; también es claro que Chilpancingo ha necesitado crear una identidad "guerrerense" entre los pobladores de la Tierra Caliente por su nueva jurisdicción política, pero que no lo fue religiosa sino hasta 1965. Incluso las demarcaciones municipales son casi contemporáneas; pues hasta 1947 es que Tlapehuala se erige en municipio, desprendiéndose de Altamirano, que apenas tenía ése nombre desde 1936. Ése pasado político independiente, necesitó de la invención de tradiciones para afianzar las nuevas identidades estatales y municipales, ahí participaron las músicas, y sobre todo sus líricas, como los medios para lograrlo; sería importante revisar las fechas en las que los "gustos" modernos, que refieren a las localidades de la región, comienzan a hablar de "Guerrero" y a inventar "lo guerrerense", como "Coyuca de Catalán" de Eugenio Torres Betancourt, de los años 60; que dice: "...Soy de Guerrero Señores, y por Guerrero me han de encontrar....".

Las tradiciones de la Tierra Caliente del Balsas son ampliamente compartidas en una región cultural que traspasa las fronteras jurisdiccionales de "Guerrero". Un ejemplo de estas apropiaciones es cuando se supone la autoría del San Agustín, a Juan Bartolo Tavira, en la segunda mitad del siglo XIX; sin embargo, hay varias versiones, en diferentes localidades de la Tierra Caliente, y no sólo del Balsas, todas tocadas en ritmo de "gusto", pero distintas en la lírica y la melodía (como lo prueba Juan José Atilano Flores), ello muestra que no se trata de una pieza aislada, sino de un antiguo género lírico, el cual, a su vez, forma parte de uno poético mayor, en el que podemos encontrar "Los disparates", los cuales tienen un carácter bufo o cómico, pues los hechos narrados causan risa por la asociación ilógica o improbable de elementos; entre ellos hay varios en los que, los "animales", realizan comportamientos humanos criticables y por asociación metafórica, graciosos.

Hay algunas "canciones", "valonas", "corridos", gustos y sones, no sólo en Tierra Caliente, sino en el Occidente de México, y en otras regiones del país, donde los animales participan en una fiesta, o fandango, forman una escuadra militar que se enfrenta a otra, una actividad laboral, y hasta van a misa, en fin: acciones humanas "cotidianas"; cada animal doméstico o motaraz caracteriza a un estereotipo moral humano por su comportamiento: tragones, borrachos, peleoneros, cobardes, valentones, mujeriegos; la asociación entre "animal" y comportamiento moral humano, está muy en el sentido de las fábulas que se propalaron en el siglo XVII y XVIII, las cuales, seguramente, influyeron en su creación.

En algún momento, como suele suceder, el género lírico perdió popularidad y dinamismo, tal vez porque las ocasiones en que se realizaba sufrieron restricciones; las diferentes piezas comenzaron a "uniformarse", como una sola: El San Agustín, y a ser "recordadas", o formar parte del repertorio de unos cuantos músicos, lo que favoreció el que se les pensara "autores", cuando sólo eran preservadores y memoriosos. Las atribuciones del origen único del amplio repertorio que conforma el de la Tierra Caliente en un autor mítico, o un par, como Juan Bartolo Tavira e Isaías Salmerón, tienen un claro vínculo político y se ubica en la segunda mitad del siglo XX, la mayoría construidos sobre los testimonios de Juan Reynoso Portillo, entrevistado desde los años 70 por profesores y folcloristas; uno muy concreto, Arturo Warman tuvo un vínculo con la región a partir de su familia política.

La matria motivó al rector de la UAGro. Rosalío Wences, oriundo de Temixco, Arcelia, a invitar a Juan Reynoso y sus compañeros a enseñar y promover la música de la región, incluso le grabó un disco. Hasta entonces, no hubo registros fuera de la música de la Tierra Caliente del estado de Guerrero. Esa es la razón por la cual la música de la porción guerrerense de la Tierra Caliente fuera conocida más ampliamente que la de sus estados vecinos durante los años del Canto Nuevo Latinoamericano, promotores de las músicas tradicionales mexicanas; pero además, no se trataba de toda la región sino de las poblaciones mas accesibles a lo largo del río Balsas en su tramo guerrerense. Incluso se olvidaba (y olvida) que muchos de los conjuntos musicales, grabados en los años 50 y 60 en la ciudad de México, estaban conformados con músicos de la región, no de "un estado político"; un buen ejemplo: Juan Reynoso (Coyuca de Catalán, Guerrero), Cástulo Benítez de la Paz (Tlatlaya, estado de México), y Epifanio Avellaneda (San Lucas, Michoacán).

Es reciente que se han ido recuperando las memorias de los músicos del lado de Michoacán y del estado de México, que podemos hablar de Heriberto Padilla y Los Carácuaro, Rafael Ramírez o Los Ticuches, de Octaviano Rebolledo y Los Mensajeros del Sur; poco a poco estamos reconstruyendo una historia menos basada en las identidades políticas construidas recientemente y más en los testimonios de los preservadores; cada vez es más evidente que tenemos un pasado compartido y remoto, que hay varias familias de músicos que son centenarias como Los Murillo de Turicato, Los Ibarra de San Diego Curucupatzeo, tanto o más que Los Salmerón de Tlapehuala o los Tavira de Ajuchitlán. Aun así, es muy común escuchar ideas trasnochadas de una identidad estatal tan inexistente como reiterada de manera oficial en "concursos", "encuentros" y "festivales". La apropiación del repertorio por atribución de autoría a un personaje o familia extensa no ayuda a entender las dinámicas de intercambio que hicieron a un zirandarense el rector más joven de la UMSNH; resulta contraproducente hacerlo en una región que incluso, permanece inexplorada en varios sentidos...

Coplillas, versos y canciones...corriendo río arriba, río abajo, allende el mar... para quien sea del gusto

 


Ya estoy viejo, ya estoy cano,
ya estoy mudando figura,
ya tengo un dolor de huesos,
ya me duele la cintura,
ya no conozco a lo lejos,
ya no tengo dentadura.

A mí me da sentimiento
y me duele el corazón,
que blanquee mi cabeza
como mota de algodón;
pues ya no salgo a la fiesta
por no cargar mi bordón.

Las penas no han de ser tantas
pues yo solo una espero.
La vida es como la planta
que se marchita en el suelo.
Hay dolores que se aguantan,
pero yo de este me muero.
Soy del ganado azulejo
¡Ojalá y que no lo fuera!
Me gusta más el bermejo
para cortarme una cuera.
El hombre que va para viejo
ya no hay mujer quien lo quiera.
(Compilación o composición de don Alberto Albarrán, violinista de San Cristóbal, Ajuchitlán, Guerrero).
Tres ejemplos de la poesía tradicional de la Tierra Caliente del Balsas medio. El lamento por ser viejo, que es un tópico común que aparece en otras complas compiladas y atribuídas a Juan Bartolo Tavira, o Isaías Salmerón; las que hablan de las penas que matan, que es un tópico de la poesía en castellano y muy usual en México; y claro las "arrechas" que comparan al hombre y a la mujer con el ganado, donde lo "azul" es la piel negra y el "colorado" la piel blanca, un tópico común a varias regiones ganaderas del país, recordemos que "la cuera" no solo es privativa de la Tierra Caliente, sino de los espacios con abrojos, la Huasteca, el Llano Colombovenezolano, el Chaco, el Nordeste brasileño, donde el ganado es/era la base de la economía agroganadera, donde el vaquero era el trabajador usual, y donde las metáforas de los "toros"/"hombres" aparecen en la poesía; pero claro, esta tiene un fuerte "sabor" local, aunque no podríamos afirmarle un orígen único... por tal motivo no podemos sostener como tesis que son coplas realizadas por don Alberto, éstas, pero si:
Señores para cantar
cada quien tiene su idea.
Yo canto por disipar,
aunque mi voz sea fea.
A las órdenes estamos
del señor Dámaso Olea.
Sobre dos dísticos usuales en la lírica tradicional de México, pone uno para saludar a un "amigo", "cliente", "principal", con ello completa una sextilla, tan usual en las formas poéticas para el gusto, uno de los dos géneros dominantes en la región.
Esta es una muestra de una libreta con más de 200 fojas, compilando coplas, gustos, zambas (que se manifiestan como un género ya formalmente), "sones" compartidos del Occidente y que me parece no son "influencia" del mariachi de masas, pues la libreta fue comprada en 1910, aunque sus anotaciones corren por las primeras décadas del siglo XX. Ya haremos un análisis mas detallado para poder ver ¿Qué grabaciones podría haber escuchado don Alberto? Me parece que se trata, en todo caso de otro tipo de intercambio; don Ricardo Gutiérrez nos contó alguna vez que con su conjunto de arpa fueron a Carácuaro y ahí "cambiaron"/"compartieron" música con don Juan Reynoso, en una ramada en las arenas del río, un Martes de Carnaval, antes de la fiesta del Miércoles de Ceniza. Don Ricardo era de El Tamborero, un Rancho de San Diego Curucupatzeo, río arriba, pero se crió en San Ignacio, municipio de La Huacana, y en ése momento, tal vez los años 60 ó principios de los 70, tocaba ya en Apatzingán. En 1918, Concha Michel pudo escuchar en Huetamo, un conjunto con un arpa grande y un arpa chica, registró un "gusto" [así le puso, pero no puedo aseguralo]; ya sabemos que el arpa chica o jarabera se tocaba en la zona jarabera de Los Balcones, y que llegó viva hasta las grabaciones de los años 70 del siglo XX, con arpa grande, de los Hermanos Mondragón, de San Lucas, Michoacán, en un disco con don Filiberto Salmerón, una joya invaluable que tiene El Sol, un gusto acuecado, o una cueca acuecada [aunque Josue Maceda Vite, dice que no le suena]. Ese viaje y confluencia de los músicos, me parece que es una muestra de esa relación intraterracalenteña que hace que "los huetamerillos" aparezcan en los sones del Plan y que sones como El Tejón lleguen hasta Santo Tomás de Los Plátanos y Luvianos, en El Edo. de México, con Los Mensajeros del Sur, de don Octaviano Rebolledo (+), "gusto"/"son" que por cierto, aparece en la compilación de don Alberto Albarrán, violinista de San Cristóbal, resguardada por su nieto, Don Dunstano Albarrán, al pie del Balsas.
Esta hipótesis de las relaciones amplias entre las tres áreas de la Tierra Caliente, la Occidental, la Media y la Oriental, reunidas en fiestas programadas geográfica e históricamente en torno a Vírgenes de la Asunción/Candelaria: Acahuato, San Lucas, Ajuchitlán y a Cristos "Negros"/Azotados: Tuxpan, Jalisco, San Juan Parangaricutiro, Carácuaro, Petatlán, ya la he expresado con anterioridad, no es "fortuito" que las advocaciones tengan fiestas "grandes" y que desplacen personas, bienes para comerciar, limosnas e identidades religiosas por el occidente de México.
Estas confluencias atraen a los músicos que tocan en las enramadas, en mariachis, fandangos y bailes de golpe, para que la gente baile en tarima, tabla, o suelo, "sones, gustos y canciones"; son estas "fiestas paganas" las que molestaron al cura de Tlalchapa, quien escribió quejándose al obispo y dejaron el eco del "mariachi" en la zona oriental de la Tierra Caliente, aunque su uso es más común en la occidental.
Músicas y versos, circularon por zonas amplias entre el Tepalcatepec y el Balsas, vueltos Zacatula, entre Colima, Costa de Los Motines y la Grande, con tambora, tamborita, arpa grande y chica, guitarrones, tuas y chachalacas. Arrieros, huacaleros, barqueros, marineros, remeros, pescadores, vaqueros, soldados, músicos, ancheteros, limosneros, peregrinos, coimas, bailadoras, caneleras, vinateras, comideras, güilas, frailes, curas, payasos, maromeros, niños perdidos, vagamundos, viajeros,... llevaban sus coplillas cantando por los caminos de herradura, de río y de marear....algunas de esas se perdieron en el océano del olvido, otras encallaron en la memoria de la gente y muy pocas en las libretas de los músicos.
Algunos dirán que así como no se puede probar la autoría, tampoco se puede probar lo contrario; yo diré que La Gallina, Gallinacitto, vení volá, es un género que corre por el Pacífico, en Colima, Michoacán, Colombia, Ecuador y hasta Chile llega, revoleando los pañuelos, como describe el Lic.Víctor Luviano, abogado nacido en Morelia, 1833, que residió en Huetamo, y describe una fiesta en Urapa, municipio de Ario, en 1880. No pos que Juan Bartolo la “compuso” y como nació en “1847” (lo que contradice a lo encontrado en el archivo, nacido en 1851), tenía 36 años (29 para ser precisos), sale la compro, pero El Gallinazo, gallinacito volando viene, volando va, tiene registros en 1820 en Chile y en el siglo XVIII en Colombia, volando viene, volando va, y los versos concuerdan con El Gavilancito jarocho, volando viene volando va. ¿Cómo voló pa’ atrás? ....sólo La Chuparrosa que vuela de flor en flor...(que también está como “gusto” en la compilación.
No cometeremos le mismo error al mostrarles "La libreta de coplas" de don Alberto Albarrán, violinista nacido hacia 1887 y su padre, Gumersindo Juan hacia 1852, un año menor que Juan Bartolo, río de por medio. Hay coplas dedicadas a personas de la región, que de manera evidente le pertenecen, hay sones, gustos, zambas y canciones compartidas con el occidente, cuyas coplas “comunes” (por lo común entre dos regiones y porque son usuales, o “sabidas”) NO LE PERTENECEN (un ligero tal vez es pertinente esbozar, pero con mucha suspicacia), y algunas piezas que ya no se ejecutan en el repertorio contemporáneo de la música de arrastre de la región, que podríamos suponer “suyos”, hasta no buscar en los “cancioneros” (compilaciones realizadas en “papel”) de otros espacios regionales, nacionales, e internacionales, para que no nos vayan a caer con La Gallina en las manos...
Me parece que si hubieran sido “suyos” no tendría empacho en haberlo puesto por escrito, pues en los cuadernos de partitura, donde registró valses, canciones, marchas, piezas fúnebres, no lo hizo, sabía que Rizos de Oro, Alejandra, Corrido de Monterrey, o la Marcha Emilio Portes Gil, tenían “autor”, no lo registró, sabía que las piezas fúnebres que tocaba pertenecían a la tradición, no los registró ¿Por qué ahora nosotros queremos, de manera obsesiva, encontrar “autores”? Bueno porque además de “prestigio”, hay regalías, si no pregúntenle a don Rubén Fuentes y a Gaspar Vargas.
Algunos dirán, pero en la página dos esta una dedicatoria: “Un Recuerdo de Alberto Albarrán para sus hijos; el que sea del gusto”, es una “herencia” y sólo se puede legar el patrimonio “propio”. Yo argumentaría, lo que lega es un bien común y no a todos, “al que sea del gusto”, y ahí recupero las disquisiciones sobre la importancia del “gusto” como categoría estética en las artes performativas de México, del Occidente, y en particular de la Tierra Caliente, y de esa separación mediante punto y coma que, me parece, indica a todos aquellos que “somos”,...como dijo el mosco, del Gusto y en cierto sentido, seremos también “herederos” de un legado compartido....Dame mi parte de herencia, para tomar mi camino...
Ya cada quién sabrá que hace con ése legado: si se lo apropia (en el buen sentido) y con ello construye; si lo dilapida y lo pierde; si lo mete en el cofre del orgullo y no lo muestra; o lo comparte.
Amigos, como autonombrados albaceas les entregaremos su parte de herencia en unos meses, y como dijo cierta vendedora de chivo: ¡A’i Cá quén!

Don Jesús Reyes, violinista.

Silvestre Vargas nació el 31 de diciembre de 1901; tendría unos 10 años cuando conoció a un mariachi formado por músicos de 70 a 80 años, la mayoría nacidos hacia 1844.
Yo alcancé a conocer a los miembros de ese conjunto ya muy ancianitos, entre ellos a Don Demetrio Olais que tocaba el arpa; Don José Martínez, guitarra, y Don Jesús Reyes, violín.
El violinista Jesús Reyes nació en el 13 de septiembre de 1844, en La Higuera, de Pihuamo, hijo legítimo de Juan José Reyes y de Timotea García; fueron sus abuelos paternos: Timoteo Reyes y Matiana Preciado; los abuelos maternos fueron: J. Guadalupe García y Claudia Valdovinos.
Don Jesús Reyes se casó por primera vez el 30 de mayo de 1881, todavía no hemos identificado a su primera esposa, por los muchos homónimos con ése nombre.
Ya grande a los “50 años” [en realidad de 61] se volvió a casar en Tecalitlán, a las 8 de la noche, del día 5 de noviembre de 1905, con “la señorita Juana Trejo, doncella, de 30 años, de esta vecindad, hija legítima de Rafael Trejo, finado, y de Altagracia Cortés, de 52 años”. Jesús Reyes aparece en el acta como “viudo, jornalero, de 50 años, de esta vecindad hijo legítimo de Juan José Reyes y de Timotea García, finados”.
Es probable que hubiera tenido hijos en su primer matrimonio. En 1906, el 30 de julio, “el ciudadano Jesús Reyes, jornalero de 60 años de esta vecindad, y casado con Juana Trejo de 30 años”, comparecieron para registrar a su hijo Rafael Reyes. Un año después, el 17 de noviembre de 1907, en Tecalitlán, don Jesús Reyes queda registrado como jornalero, de 63 años, quien presentó a su hijo: Fidencio Reyes, nacido a las 11 horas del 16 de noviembre. Dos años después registraron a Daniel, nacido en Tecalitlán, a 13 de agosto de 1909.
A finales de octubre y principios de noviembre de 1910, murió don Jesús Reyes. Lamentablemente el acta de defunción no tiene fecha, el acta anterior es del 28 de octubre de 1910, que registra el fallecimiento de Ramón Vargas, hijo de Gaspar Vargas. Ese día en Tecalitlán, “compareció la “señorita” Juana Trejo de 30 años de edad, de esta población y dijo: que ayer a las 9 de la noche en el cuartel segundo falleció de afección Pulmonar a la edad de 50 años José Jesús Reyes”. en realidad, tenía 76 años. Es muy interesante que aparece como testigo Justo Olais, casado, gendarme municipal de 45 años, y probablemente un hijo de don Demetrio Olais, el arpero.
Es interesante que aparecen otros músicos de la región con el nombre, como don J. Jesús Reyes Lara, violinista fundador del mariachi Reyes, de El Aserradero, municipio de Zapotiltic, en 1958; o el arpero solista de Zapotiltic, Jesús Reyes, grabado por Irene Vázquez Valle (hacia 1976) en su investigación de campo.

miércoles, 18 de febrero de 2026

Don Demetrio Olais, arpero de Tecalitlán


Don Silvestre Vargas conoció a la generación de músicos nacidos en Tecalitlán, hacia 1840; siendo él un niño de 10 u 11 años, ellos rondaban entre los 70 y 80 años. Es probable que algunos tocarán con sus parientes, como su abuelo Amado, su padre Gaspar, o su tío Hermenegildo. Nos cuenta que en su infancia:
...alcancé a conocer a los miembros de ese conjunto ya muy ancianitos, entre ellos a Don Demetrio Olais que tocaba el arpa.

Aunque don Silvestre asegura que su padre siempre le habló de “mariachis”, ahí los llama: “conjunto” y no “mariachi; y hay testimonios de que don Gaspar llamaba a su estilo “Tierra Caliente”, y no “sur de Jalisco”, o “del Llano”, “de La Cuesta”, como se conocen a las áreas al sur de las lagunas de Zocoalco y Sayula.
Eran esos “conjuntos”, a decir de Silvestre, agrupaciones musicales que tenían usualmente dos violines, una guitarra de golpe, y un arpa grande; esta es la razón porque en la parte oriental de las Sierras de Quitupan, Santa María del Oro, Jilotlán y Pihuamo se llaman “conjuntos de arpa grande”, o simplemente “l’arpa”.
Hablemos de los Olais, una familia de músicos participantes en el mariache en el Jalmich., e iniciemos con don José Demetrio Ignacio Olais Pulido, nacido en Tecalitlán, el 25 diciembre de 1843; registrado como hijo legítimo de Antonio Olais y de Guadalupe Pulido; fueron sus abuelos paternos: Francisco Olais y Guadalupe Ponce, y los maternos Antonio Pulido y Petra Trejo. Es interesante la combinación, pues el apellido Pulido, presente en los pueblos del norte de la región, dio origen al Mariachi Pulido, y al dueto Los Dos Oros, con músicos de El Volantín, Tizapán El Alto Jalisco, San José de Gracia, Cojumatlán y San Pedro Cahro, Michoacán.
Hasta el momento no hemos podido encontrar el registro del matrimonio de don Demetrio, el cual ocurriría hacia 1860; sin embargo, si hay constancia de que estuvo casado más de 50 años con doña Camila Rodríguez, oriunda de Pihuamo, Jalisco, nacida el 9 de julio de 1844.
Al parecer el primer hijo fue José Justo, nacido el 16 de julio de 1867, en el rancho de El Calabozo, bautizado 4 días después en Pihuamo. Sus abuelos paternos fueron Antonio Olais y Guadalupe Pulido; en tanto los abuelos maternos registrados como Ignacio Rodríguez y María Concepción Álvarez.
Dos años después nació José Félix, el 22 de mayo de 1869, nacido en el rancho de Huajotitán y bautizado a los 5 días en Tecalitlán, por sus tíos: Ramón Pulido y Ma Carmen Núñez.
Al año, el 17 de junio de 1870 murió María Felícitas, una niña de un año de edad, murió de fiebre, y fue enterrada de limosna.
Un mes después, el 5 de julio de 1870, presentó don Demetrio Olais, casado, jornalero, de 30 años, a su hijo Irineo, nacido el 3 de julio de 1870, habido con Camila Rodríguez.
La felicidad recuperada por la familia, se vio empañada con una epidemia regional de sarampión (descrita como “fiebre e irritación”), que fue llevándose a infantes y algunos ancianos. El 4 de febrero de 1873 murió el pequeño Irineo, párvulo, enterrado “de limosna” en Tecalitlán, de apenas dos años.
El 4 de septiembre de 1877 nació Victoriana, a las tres de la tarde; fue registrada cuatro días después en Tecalitlán.
El 13 de mayo de 1880 llegó a este mundo Diego Olais, fue su madrina su tía Ramona Pulido.
Su hija Domitila, viuda de 35 años, se casó con Matías Silva, viudo de 50 años, en ése momento don Demetrio Olais tiene 60 años, y su esposa Camila Rodríguez 61 años. La pareja se presenta el 11 de junio de 1900, a las 7 de la noche, y presentan por testigos, el primero a: Hermenegildo Vargas, casado, “empleado”, de 42 años y Marcos Íñiguez, viudo, jornalero de 39 años de esta vecindad; y la segunda a los ciudadanos Jesús Mejía, de 50 y Doroteo Tortolero de 40 años, casados, jornaleros, de esta vecindad. Ahora sabemos que don Hermenegildo Vargas fue primo de Gaspar y tío de Silvestre, y con él iniciaría, hacia 1915, su vida musical en el mariachi. Este documento muestra la cercanía que tenían los músicos, aunque no aparecen registrados como tales, por ser músicos líricos, y los vínculos entre los linajes. Sabemos que no fue la usual convocatoria que se hace en las oficinas del Registro Civil, en el municipio, para que firmen como testigos los empleados, porque don Hermenegildo no aparece como testigo en otros enlaces matrimoniales en el mismo periodo; se trata entonces de la participación en un enlace de una familia amiga. A la pobre Domitila no le duró mucho el amor, pues el 27 de junio, apenas 16 días después, queda de nuevo viuda al morir don Matías; de nuevo aparece como testigo don Hermenegildo Vargas, empleado, aunque no dice si es municipal o particular.
Don Demetrio Olais, jornalero, de 78 años de edad, originario de Tecalitlán, “murió de fiebre”, a las 4 de la mañana del 9 de febrero de 1912, sin asistencia médica, su cadáver fue sepultado “en fosa común de insolvencia”, en el cementerio del pueblo. Según declaró: Pioquinto Larios viudo, jornalero, vecino de esta población, y con el testimonio de los ciudadanos Jesús Mejía viudo, jornalero y Damian Silva, casado, jornalero. Es muy probable que algunos de los participantes en estos actos también fueran músicos; sin embargo, el censo de 1930 en Tecalitlán es escueto al nombrar a los profesionales de Euterpe, y sólo el trabajo etnográfico podría abrir algunas luces; pero mientras esto sucede, sea este un buen escaparate a la tradición musical en Tecalitlán, Pihuamo y sus ranchos al iniciar el siglo XX.

lunes, 16 de febrero de 2026

La familia Martínez de Tecalitlán


Don José María Martínez Monroy, fue un ejecutante de guitarra quinta, “mariachera”, o de “golpe”; nacido en Tecalitlán en 1844, y fallecido en el mismo pueblo en 1916, a los 72 años. En varias entrevistas don Silvestre Vargas habla de los músicos de su pueblo que formaron los que para él fueron los “primeros” mariachis, aunque es muy probable que ya existieran otros no documentados.
En Tecalitlán, a mediados del siglo XIX, residían varios músicos que formaban mariaches y a quienes Silvestre aseguraba haber conocido en su infancia, hacia 1910; nos dice:
Yo alcancé a conocer a los miembros de ese conjunto ya muy ancianitos, entre ellos a Don Demetrio Olais que tocaba el arpa; Don José Martínez, guitarra, y Don Jesús Reyes, violín.
El conocimiento de la familia y el linaje musical fueron algunos de los motivos para que don Silvestre Vargas, en los años 40, invitara al mariachi de su familia al nieto de don José Martínez, llamado Blas Martínez Panduro (1912-2016), campesino, albañil, carpintero, arpero, y constructor de instrumentos musicales; casado con doña Rosario Barajas Torres. La pareja dio Martínez Barajas origen a dos músicos de mariachi más: José Martínez Barajas, violinista, más conocido como “Pepe” Martínez (nacido en Tecalitlán, en 1941, y fallecido en Guadalajara, en 2016), y al trompetista Fernando Martínez Barajas (nacido en 1946- muerto en 1998).
El linaje de los Martínez de Tecalitlán, hasta ahora documentado, inicia en Tamazula, con la pareja de los indígenas Pablo José Martínez, casado con María Getrudis Castellanos, originarios de Tamazula, nacidos hacia 1760, y unidos en matrimonio hacia 1780. De la pareja nació Pablo José Martínez, “indio de tasación” (que pagaba tributo por los alcaldes indios del pueblo) unido en matrimonio con María Nicolasa Solano, probablemente mestiza.
Pablo José Martínez y Ma Gertrudis Castellanos*
[aparecen como “españoles”, pero al parecer eran “mestizos”
aceptados como tales] (Tamazula, 1760?)
Padres de:
Antonio Basilio Martínez Castellanos.
Es curioso que al dar sepultura a su hijo Basilio, “indio de este pueblo”, la pareja es registrada como “naturales de este dicho pueblo de tasasión”. La familia es clasificada en los documentos como “indígenas” y también como “españoles”, o como “blancos”; tal vez por sus ojos rasgados, que caracteriza al fenotipo de la familia, altunos individuos de la familia sean considerados “indios”, sobre todo cuando su piel es morena, mientras que aquellos individuos que tienen la piel sanguínea, son “chapeados” o “colorados”, que es otro elemento fenotípico que persiste en los Martínez, son considerados “blancos”. Es muy probable que la actividad musical fuera una actividad familiar de un par de siglos, y tengo la hipótesis que los ascendientes en Tamazula formaron parte de la capilla musical de la parroquia, quienes usualmente eran indígenas educados por los frailes franciscanos.


La salida de los Martínez del pueblo de Tamazula obedece, me parece por su similitud con otros casos documentados, a una estrategia familiar para dar un salto en la barrera de color y volverse “mestizos” y luego, “coyotes”, “castizos” y por último, “españoles”. Un proceso en el que se debe empeñar toda la familia en “mejorar la raza”, es decir, casarse con personas con el fenotipo “criollo”, dejar de hablar el náhuatl, y tomar la cultura "occidental". Este proceso implica salir de la comunidad, dejar de ser de tributar por “tasación”, para ser “indios laboríos” en haciendas y trapiches, y luego ya como “mestizos” y “castizos” no pagar tributo (aunque en el siglo XVIII se intentó hacerlos tributar como “no españoles”). Ello permitía cierto “ascenso social”, con problemas en las identidades sociales, pero requería mucho tiempo, un esfuerzo continuo de toda la familia, y que los sacerdotes se “hicieran de la vista gorda”, para ir modificando los registros bautismales y matrimoniales. Este es el caso de los Martínez de Tecalitlán, a quienes podemos ver a lo largo del tiempo apareciendo como “españoles” y como “blancos”, cuando se trata, como sucede con muchas familias mexicanas que se consideran “blancas”, de “güeros de rancho”, de familias que dieron el salto a la "barrera de color". Lo importante aquí es el linaje musical; que se puede ver de larga data, y que, con un poco de tiempo en los archivos de Tamazula, podrían mostrar el comienzo del linaje musical.