jueves, 29 de enero de 2026

Hermenegildo Vargas


La familia Bargas de los ranchos al sur de Mazamitla y Quitupan aparecen en los primeros documentos del Registro Civil, a mediados del siglo XIX, con el genérico de “jornaleros”, es decir trabajadores no propietarios, quienes viven de su jornal. Los poseedores de tierra y los que no la poseen, pero la rentan, son llamados en censos y documentos del Registro Civil “labradores”, a veces aparecen con precisión como “propietarios”, o “terratenientes” en el vocabulario regional; por aquello de que “tienen tierra”. Los “labradores” pueden ser también “arrendatarios” (“medieros”, como también se conocen). Esto quiere decir mucho y nada a la vez; para entenderlo, seguiremos la descripción que hizo don Esteban Barragán, para entender la estamentación social de los ranchos de la región, en el municipio de Tocumbo y Los Reyes, Michoacán, y Santa María del Oro (Manuel M. Diéguez), Jalisco, a partir de la propiedad y el acceso a la tierra.
Los pequeños “propietarios” en ésa región montuosa estaban y están en situaciones siempre complicadas, en conflicto legal (que puede llegar a la violencia armada), por límites con los pueblos indígenas, con otros rancheros propietarios y con las haciendas. Una familia sin dinero para litigios podían perder rápidamente su propiedad; sin una parentela extensa no había manos para los desmontes, la siembra, las recogidas y los herraderos, labrar quesos y tierras, ni ojos para cuidar los linderos; por ello, una familia numerosa era y es lo deseable.
Los vecinos “arrendatarios”, o medieros de tierras, estaban abajo social y económicamente de los propietarios; podían poseer algunas cabezas de ganado, “nomás para la leche”, como decían los abuelos; también debían tener algunas bestias, como caballos para manejar la vacada, mulas y bueyes para arar la tierra; es decir, tener una situación social media baja, y con una propensión a caer más que a ascender socialmente, en ése espacio y tiempo.
Los “jornaleros” estaban y están en el sótano social de la sociedad ranchera; aunque podían tener algunas bestias para el desempeño de su trabajo, un caballo, mula o burro, y alguna vaca, vivían de su trabajo corporal. Una maniobra arriesgada en las faenas del campo, sobre todo en el manejo del ganado cimarrón, en las recogidas, podía dejarlo a ellos y a su familia en la mendicidad; porque una extremidad rota, la pérdida de algún miembro, o la invalidez, significaba que no había quien proveyera alimento para sus dependientes; aunque la mujer pudiera colocarse como molendera, ordeñadora, quesera, en los ranchos no había mucho trabajo asalariado disponible, sin la solidaridad de la familia extensa la situación se agravaba.
Estas familias pobres de jornaleras son las que van siguiendo los ciclos del trabajo en los ranchos, con rutas que podían terminar en los pueblos, a las orillas de la región, o en las haciendas al sur; pero con cierta regularidad en su retorno ranchero y sin asiento definitivo, ni en pueblos ni haciendas, en ciclos de emigración y retorno, sobre todo si poseían alguna tierra en la sierra. Nos cuenta don Constantino Mendoza, ranchero de Tecalitlán, nacido hacia 1901, y que tuvo un rancho a los 17 años:
Toda la semana en el rancho, pegados al trabajo: arar, hacer tierras nuevas, trair leña pa’l gasto, cuidar los animales, tanto qué hacer... Y ya el domingo, se ponía uno sus pantalones, y vamos al pueblo a divertirnos.
De todo pantalón, no crea que no; porque entonces todo mundo andaba de calzón blanco, muy anchotes así y más cerraditos de abajo.
Bajaba uno al pueblo, se ponía su pantalón y unas botas que se usaban hasta acá, unas botas amarillas. Un hermano de mi señora las hacía muy bonitas; yo llegué a usarlas.
Y mi sombrero de ala ancha; entonces no había de los sombrerillos de ahora; eran unos sombreros de costura, sabe de qué sería. Yo los compraba en Guzmán.
No obstante, ciertas condiciones locales, regionales o nacionales podían propiciar la migración definitiva, por ejemplo, rencillas entre familias por crímenes cometidos, muchos de ellos en relación a una noción de “honor”, que es en realidad un sistema de valores de los rancheros que, como nos muestra doña Martha Chávez en su estudio, suele ser peligroso para los varones adultos y ocasiona muchas muertes “por bala”.
La repercusión de los conflictos nacionales e internacionales en los espacios regionales o locales, como sucedió con la Intervención francesa, La Cristiada y El Reparto Agrario, expulsaron de la región a las familias que huyeron de la violencia a los pueblos y las pequeñas villas y ciudades que bordean esas sierras; como narran don Luis González y don Heriberto Moreno.
Los ranchos tienen de ciclos de crecimiento poblacional que expulsan los excedentes a los pueblos, villas y ciudades de la región, a las capitales estatales, a la capital nacional y, desde finales del siglo XVIII, a los Estados Unidos, como ha mostrado don Álvaro Ochoa. Cuando no es la violencia política, la siguiente causa para el migración ranchera es el desarrollo de fuentes de trabajo permanente en polos económicos de zonas próximas, en la Tierra Caliente, el Bajío y la Costa del Pacífico.
La primera gran emigración ranchera, por la demanda laboral, sucedió con la modernización de las haciendas porfirianas, que dejaron de usar los trapiches movidos por agua o por fuerza animal y los sustituyeron por trapiches mecánicos impulsados por combustibles y lego por electricidad. Esta causa se vio reforzada por la construcción del ferrocarril hacia el puerto de Manzanillo, y el que bajó a Los Reyes. Vino una segunda etapa, ya en el siglo XX, con la apertura de las carreteras para automotores, que bajó de Guadalajara a Colima, y de manera complementaria la que fue de Mazamitla a Colima, de Jiquilpan a Tuxpan y de Tepalcatepec a Jilotlán; o la creación de presas para los sistemas de riego y electricidad.
La recuperación económica de la región se notó, nos dice el violinista, don Nicolás Torres:
A fines de los 1920’s, parecía que se acercaban tiempos mejores. Los agricultores trabajaban más sus tierras, los ingenios azucareros contrataban más trabajadores, y también hasta los mariachis aumentaron. Así era que se iba mejorando la situación económica.


Tal vez, la crisis mundial de 1929 debió dar un bache, pero la recuperación se mantuvo hasta la Segunda Guerra Mundial.
Una vez creados los ejidos, la intervención estatal en la región se dio mediante el control de los ingenios azucareros, los aserraderos y las papeleras atrajo a la población y desarrolló pequeñas ciudades en los otrora pueblos indígenas y mestizos que rodean a la sierra, del occidente y el norte en Jalisco, del oriente en Michoacán, y de las ciudades de Colima. Los ranchos se despoblaron, como nos dice don Constantino Mendoza:
... entonces las rancherías estaban llenas de gente... Y entonces, le digo, los ranchos estaban así de gente: orita vaya a ver a las rancherías, están como panteones largados. Toda la gente se ha bajado al pueblo.
Los ranchos se quedaron solos; los puros terratenientes solos, porque son muy hambrientos, no quieren dar de comer a sus trabajadores.
Entonces cada pequeña propiedad tenía sus dos o tres vecinos rodeados de sus casas, así, cerquitas las casas y todos muy a gusto.
El programa Bracero, de los años 50, y luego la crisis de los años 80, del siglo XX, lanzaron la migración ranchera al “Norte”, presente en los imaginarios y la cultura ranchera desde cuando menos un siglo; ahora, cada vez más, en emigración permanente a Oregon, Washington, E. U. y Vancouver, Canadá, donde también se arranchan.
Usualmente había parentesco, tanto en linaje como espiritual, entre estos estamentos de los rancheros, y se reconocían incluso con cierta distancia, en segundo y tercer grado. No eran ni son raros los matrimonios entre “primos y primores”, como nos explica doña Martha Chávez; y aunque los enlaces pueden seguir el discurso del amor romántico, no ocultan el interés en la tierra, en poseerla, heredarla, comprarla y tratar de no perderla; por ello “los parientes cercanos son considerados buenos esposos”, sobre todo si pueden acceder a tierra mediante herencia.
En otro escrito he mostrado los ciclos de desplazamiento que hacían las familias entre los ranchos del Eje Neovolcánico Transversal y las haciendas de monocultivo de los “planes” (o valles) de la Tierra Caliente; entre Cutzato, en el municipio de Uruapan, y Parácuaro, entre los que estaban los miembros del conjunto de arpa grande de los Mendoza, que en 1925 sorprendieron a los intelectuales del Estado posrevolucionario, encargados de conformar las Misiones Culturales y construir el discurso de “lo mexicano” que llegó al ámbito escolar.
Esto mismo parece suceder más al occidente entre Quitupan y Tecalitlán, y podemos ver que los hijos de José María Bargas, nacen, se casan y mueren en diferentes ranchos de la región, aunque algunos aparecen con cierta reiteración. Ello implica un desplazamiento de la familia por esas cañadas, puertos, picos, barrancas y pequeños planes en el Eje Neovolcánico Transversal en Jalisco; pero, sin ir a los archivos notariales y del registro público de la propiedad, no es fácil afirmarlo, sin embargo, podemos intuir que la familia Bargas no tenía propiedades, o las perdieron con el tiempo, y probablemente por la violencia con la que llegó la Intervención francesa a los pueblos y ranchos del sur de Chapala; uno de los motivos que los expulsó hacia el sur, donde pudieron sobrevivir por sus habilidades en el trabajo agrícola y ganadero, artesanales (eran guaracheros); pero sobre todo por su conocimiento musical.
En el caso de los rancheros músicos de Cutzato, sólo los Mendoza aparecen en los documentos civiles como “filarmónicos”; epíteto que, en los registros de los pueblos de la cuenca media del río Balsas, reciben los violinistas de tradición oral, aunque no tengan conocimiento de la lectoescritura musical. En cambio la palabra “músico”, se refiere usualmente a los ejecutantes de las “armonías” (guitarras sextas, sétimas y túas en aquella región). También es usual que los percusionistas no fueran registrados como “músicos”, salvo aquellos que también ejecutaban otros instrumentos.
En Tecalitlán, Gaspar Vargas es registrado a fines del siglo XIX y principios del XX como “filarmónico”, y por ello en su momento trataremos si sabía o no tocar el violín, además de la “guitarra quinta”, o “de golpe”; pero por el momento nos referiremos a su tío Hermenegildo Vargas, primo hermano de su padre, Amado Vargas.
Según recordaba su infancia don Constantino Mendoza:
...fuimos chiquillos iguales y amigos, Silvestre [Vargas] y yo, del que por cierto se cuenta muchas mentiras y el mismo ha dicho cosas que no son ciertas.
Yo quisiera decirle la verdad, cuál es lo cierto sobre Silvestre Vargas, allá cuando empezó a tocar en el mariachi de Meregildo.
Hermenegildo Vargas, nació en Tecalitlán, el 11 de abril de 1856, hijo legítimo de Vicente Vargas y María Jesús López, nieto por línea paterna de Arcadio Vargas y Josefa Rodríguez y por la materna Sóstenes López y Francisca Silva. Es por ello que es primo hermano de Amado Vargas, tío segundo de Gaspar y tío abuelo de Silvestre.
Su padre, Vicente Vargas, originario del Rancho de “El Paisano”, en la jurisdicción de Mazamitla, se casó a los 25 años, en Zapotlán, el 30 de junio de 1855, con María de Jesús López, de 21 años, originaria y vecina de La Cañada de Taxinantla, en ése momento de la jurisdicción de Zapotlán. Tenía 8 años viviendo también en La Cañada, delo que se deduce que bajó hacia 1847, cuando tenía 17 años y se vivía la Intervención norteamericana, tal vez previendo la leva militar.
Hasta el momento el primer registro de una hija de la pareja Vargas López se dio al presentar en el templo de Guadalupe a María Felícitas, hija legítima de Vicente Vargas y Ma de Jesús López; quien recibió las aguas bautismales en Tecalitlán, el 22 de noviembre de 1868, día de santa Cecilia.
Don Hermenegildo Vargas se casó a los 37 años con Magalena Olivera de 15 años, en Tecalitlán, a fines de 1893. Entonces sus padres ya eran finados. En la presentación matrimonial Magdalena aparece como “hija legítima de Francisco Rivera, artesano de 48 años y Refugio Cano de 44 años”; sin embargo, en otros documentos aparece como “hija natural de Cayetano Olivera”, y con esos apellidos quedan registrados sus hijos.
La familia Vargas Olivera deambuló en busca de trabajo por los pueblos del sur de Jalisco y Colima buscando su sustento sin asentarse de manera definitiva, aunque el patriarca murió en Colima. En muchos poblados aparecen registrados los hijos, no sólo de Jalisco y Colima, algunos se fueron a Nayarit, con los hacendados Ochoa, a San José de Mojarras y terminaron en Puerto Vallarta.
En Tecalitlán, 8 de febrero de 1908, compareció el ciudadano Hermenegildo Vargas, labrador de 31 años, de esta vecindad, casado con Magdalena Olivera, de 18 años y dijo que: El día 2 del presente mes en el cuartel tercero dio a luz al niño que se llamará José Jesús Vargas, nieto por línea paterna de Vicente Bargas y Jesús López, por la materna de Cayetano Olivera y Refugio Cano.
El bautizo de José Jesús se dio en Tecalitlán, hasta el primero de mayo de 1917, cuando el niño tenía 6 años; otro indicador de las estrecheces económicas por las que pasaba la familia.
Otro varón nació el 29 de junio de 1911; así que de nuevo se presentó Hermenegildo Vargas, casado, ahora registrado como “jornalero”, y dijo: “que en el cuartel 3o el día 26 del corriente a las 10 de la noche su esposa Magdalena Olivera dio a luz un niño que presenta vivo, y que se llamará Juan Vargas”; “no firmaron por no saber”. Este Juan es el único que, en los registros del Estado, aparece como “músico”, al morir; cómo sucedió con su propio padre, quien aparece como “jornalero” y “labrador”, y sólo al fenecer es que se le anota como “filarmónico”. Ya hemos dicho que esto no quiere decir que las y los miembros de la familia no tuvieran una práctica musical, sólo que no hay registro escrito de ella.
Doña Magalena Olivera “falleció de parto sin asistencia médica”, a los 30 años de edad, el 29 de abril de 1917, en Tecalitlán, y dejó viudo a don Hermenegildo.
La familia se mudó a Tonilá, en la frontera con Colima, y ahí hubo un matrimonio, el 6 de febrero de 1942, cuando Juan Vargas, soltero, que aparece como “jornalero”, de 32 años, y de manera equivocada como “originario y vecino de esta población”; hijo de Meregildo Vargas y de la señora Ma Trinidad Lucas, finada, y en la otra parte de la señorita Justina Vargas, célibe, de la edad de 24 años, del mismo origen y vecindad e hija de J. Cruz Vargas y de la señora Justina Martínez.
Don Hermenegildo murió el 3 de septiembre de 1947 en Colima; según el acta, tenía 87 años, era viudo, “filarmónico”, originario de Tecalitlán, Jalisco y vecino en la calle de Gregorio Torres Quintero número 269, según declaró su hijo José Vargas, de 47 años, casado, “obrero de las sandalias”, originario también de Tecalitlán, Jalisco. Murió de enterocolitis De Cron, debida seguramente a una infección gastrointestinal prolongada, intensificada por el consumo de tabaco, su edad y el uso de antibióticos, que no son recomendados para tratarla.
Hemos seguido la vida documental de algunos de los hijos varones de don Hermenegildo, para ver si el oficio musical siguió con ellos; pero como adelantamos, al parecer, sólo Juan Vargas Olivera siguió el oficio musical; cuando menos así quedó registrado en su acta de defunción. Murió de cáncer esófago gástrico, con asistencia médica, a los 75 años; el 16 de febrero de 1987, en San Antonio, pueblo del municipio de Tamazula, ya conurbado con la cabecera. Estuvo casado con Margarita Gutiérrez Andrade, en ese momento finada.
El declarante fue Manuel Vargas Gutiérrez, hijo de Juan Vargas, de 45 años, casado, agricultor, mexicano, con domicilio en Andrómeda 4197, Zapopan, Jalisco. El propio Manuel murió ése año de 1987, el 14 de agosto, por un disparo de arma de fuego en la cabeza.
Don Hermenegildo Vargas, hijo de Vicente Vargas y nieto de Arcadio Vargas, es descendiente de un linaje musical que fue descendiendo paulatinamente de Mazamitla y Quitupan, hacia Zapotiltic, Tecalitlán, y Colima. Don Hermenegildo murió en los 40’s en Colima, pero sus hijos vivieron en Manzanillo, en Colima, luego algunos subieron de nuevo a Zapotiltic, a Zapopan, a Nayarit y algunos terminaron en Puerto Vallarta, la mayoría de ellos dedicados a la agricultura, aunque también desempeñaron oficios, como la fabricación de guaraches, y la música de tradición oral de la región, el mariachi.
A decir de un amigo de la infancia de Silvestre Vargas, don Constantino Mendoza, fue en el mariachi de su tío que se inició en la labor musical. Además, tanto Silvestre Vargas como don Gaspar, vivieron en La Cañada de Taxinastla, municipio de Zapotiltic, en los años 30, como lo muestra el Censo Nacional de 1930, que muestra que Silvestre Vargas montó una tienda de abarrotes, y su padre Gaspar, parece como arrendatario de la hacienda.
Taxinastla fue importante para los Vargas, pues tanto Vicente como José María, al parecer, trabajaban por temporadas cuando vivían en Quitupan, y las guerras de intervención extranjera que sufrió México en el siglo XIX, los obligaron a radicarse primero ahí, y luego hacer algunos derroteros en los pueblos y ranchos de la región, como Tecalitlán, Tuxpan y Tenexcamilpa, del municipio de Tonilá; pero, probablemente el reparto agrario, que desintegró los grandes latifundios en la región, generó conflictos entre las familias de arrendatarios y los agraristas; por ello, Amado Vargas, hijo de Gaspar Vargas, y su primo Julián Vargas Olivera, se fueron con los Ochoa a su hacienda de San José de Mojarras, Nayarit, y por allá los volvió a alcanzar el reparto agrario, así que Julián terminó como “agricultor” en Puerto Vallarta.


La búsqueda documental de los Vargas en Colima no ha sido fácil, porque el apellido se extendió por la antigua Alcaldía Mayor de Colima desde el periodo virreinal temprano, por ser el apellido de familias de nobles locales, que se les impuso a los afrodescendientes esclavizados y a los indígenas que se tuvieron en encomienda y en corregimiento. Además, es el apellido de muchas familias que bajaron de Jiquilpan, Sahuayo, La Piedad, en la zona norte de la Sierra del Tigre, de otras de los Balcones de Uruapan, Puruarán y Morelia, que a fines del siglo XIX se unieron al trabajo en el ferrocarril que unió a Puerto Vallarta con la Ciudad de México y con Guadalajara; por ello también hay familias apellidadas Vargas que llegaron desde Jocotepec, Tonilá, Zapotlán, Sayula, Amacueca e incluso de Guadalajara.

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